Dentro de las distintas corrientes que nacen del género criminal, la novela de espionaje puede ser una de las más polémicas por poseer una connotación patriótica, siempre abordada desde una perspectiva nacionalista que busca señalar enemigos y trasladar el mal, de las manos del asesino, a las cabezas de un sistema político.

Aun así, hay obras afortunadas que hacen prevalecer la intriga sobre la disputa ideológica. En 1915, John Buchan publicó Los treinta y nueve escalones, obra que sería adaptada al cine en dos ocasiones por el maestro del suspenso, Alfred Hitchcock y que daría vida al célebre espía Richard Hanney. Desde entonces, la novela de espionaje ha tenido cierta popularidad que pudo haber fenecido salvo por encontrar ejemplos imperecederos como el personaje de James Bond, del escritor Ian Fleming.

Pensé que Puente de espías, la nueva película de Steven Spielberg, sería un claro ejemplo de estas intrigas internacionales que han encontrado buenos resultados en los últimos años, como puede ser el caso de El espía que sabía demasiado (Tinker Tailor Solder Spy, Thomas Alfredson, 2011), en la cual Gary Oldman realiza una extraordinaria personificación de George Smiley, protagonista de las diversas novelas de John le Carré. Consideré que la labor fotográfica de Janusz Kaminski iba a otorgarnos aquella atmósfera, suave y nostálgica, de Munich (Steven Spielberg 2005). Supuse, también, que la inusual intervención de los hermanos Coen en un guión de Spielberg, presentaría una trama humorística, más parecida, por ejemplo, a Burn After Reading (Joel & Ethan Coen, 2008). Casi todas estas hipótesis, empero, fueron contrariadas.

Puente de espías nos narra la historia de Jim Donovan (Tom Hanks), célebre abogado que es llamado a representar a un agente soviético condenado en EE.UU durante la Guerra Fría. Al involucrarse en el caso, Donovan deberá enfrentar los prejuicios políticos de una nación que vive bajo el temor de un ataque nuclear, así como la tensión internacional entre dos naciones al borde de entrar a una guerra.

Debo decir, en este punto, que me sentí decepcionado debido a que esperaba una fórmula clásica del cine o literatura de espías. Puedo argüir, también, que a pesar de que no es mi clase de película se trata de un claro ejemplo del buen cine de Spielberg, quien puede dar saltos temáticos asombrosos y presentar, mayormente, un obra dramática absorbente. La trama nos envuelve sin tropiezos ni situaciones forzadas y el destino de los personajes mantiene en tensión constante al espectador. Respecto a esto último, me sorprendió el talento del actor Mark Ryalance en el papel del agente soviético Rudolf Abel, a quien confieso no haber visto anteriormente, pero cuyo personaje resulta entrañable, justamente, por la sobriedad de carácter. Tom Hanks, en el papel protagónico de Jim Donovan, resulta bastante bueno en su interpretación, de… bueno, de Tom Hanks, y el resto del elenco también logra crear una atmósfera extraordinaria a pesar de que los productores prescindieron de actores de gran renombre por priorizar, quiero pensar, un reparto foráneo que otorgue mayor verosimilitud a la cinta.

De la misma manera, siempre es grato vivir una nueva experiencia Kaminiski, cuya dirección fotográfica enarbola, como en cada ocasión, la atmósfera de los filmes de Spielberg, con esos tonos grises y azulados que despiertan melancolía. La música de Thomas Newman, a quien siempre he buscado por los filmes de Sam Mendes, es, también, precisa y sutil.

Concluyo, por tanto, que Puente de espías es un drama sólido y muy atinado, como muchos otros de Steven Spielberg, un director que sabe aprovechar las fórmulas del cine comercial. Reitero que hubiera preferido un filme de espías más convencional y quizá, por ello, la película tenga más mérito del que supe otorgarle. Aun así, pienso concederle 8 notas en negro.

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