Como seguramente ya sabes, este verano ha sido especialmente caluroso en España. Aquí en Madrid no nos hemos ido de balde, por ponerte un ejemplo: el Parque del Buen Retiro alcanzó en el mes de Julio la mayor temperatura desde que hay registros.

A tal extremo llegaba el calor algunas noches, que hombres tan ásperos como nosotros nos poníamos de rodillas ante la tarjeta de crédito para que nos echara por la Paloma un aire acondicionado de pingüino. En eso también se nota quién tiene cuna de lana y billetes y quién cuna envenenada. El Corte Inglés recibía hombres bien enderezados consultando los precios de instalación de altos y japoneses aires acondicionados.

Es por eso que aterricé en Moscú con una camiseta de manga corta, por el morbo nostálgico de tocar el hocico del invierno en mitad del verano más abrasador que se recuerda.

En Moscú observé mi propia imagen destruida y descolorida, impresa en aquellos veranillos peso pluma de cinco minutos de ancho. Me perdí 30 segundos y pagué 60 € de roaming y créeme que me lo merecía y Orange lo justificó perfectamente. Lo que valen unas zapatillas nuevas, pienso ahora.

Hay una cadena de restaurantes que se llama Mu-Mu (como la vaquita) donde sirven esa comida rusa, caliente y con cara de pocos amigos como algunas mujeres de allí. Se recogía la comida en la planta de arriba y el comedor en sí estaba en un subterráneo muy oscuro donde nadie quería ponerme una cerveza. En algunos trances de la vida necesito llevarme el vidrio helado a la sien, tú lo sabes bien que me conoces como si me hubieras parido.

Regresé entonces a Madrid unos días. Me iba al trabajo tan contento por el aire acondicionado y las vistas al Bernabeu. Siempre miro el escudo desde mi sitio cuando necesito un poco de suerte.

En París l´interminable se me abrieron las carnes

esta ciudad y sus deseos conyugales

y qué penita que me digas algo así por Whatsapp

Tuve luego un veraneo de secano y Catedrales. Mis amigos hacían mofa, me enviaban fotos de edificios y me decían que estaban teniendo un verano Moncho.

No sabe uno cómo hubiese sido la vida de haber insistido en las clases de natación.

De no haber tenido tanto miedo a hacerse mayor, los niños perdidos.

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