El lenguaje no es la vida, el lenguaje da órdenes a la vida;

la vida no habla, la vida escucha y espera.

Brice Parain.

Boris Groys dice en “La Postdata Comunista” (2006) que todo discurso crítico sólo se puede pronunciar desde el comunismo: “Bajo las condiciones del capitalismo, en cambio, toda crítica y toda protesta necesariamente carecen de sentido; porque en el capitalismo la propia lengua funciona como mercancía, es decir, es muda desde el origen”.

Y bien, si el comunismo no existe: ¿En qué se transforma toda enunciativa “crítica”, que yace precisamente desde el entorno neoliberal? Mercancía, responderá el filósofo alemán, el cual, no duda en afirmar: “Los discursos críticos o de protesta se reconocen como un éxito si se venden bien, y como un fracaso si se venden mal”. En este sentido, escribir en contra de la institución, el colegiado, o cualquier otro organismo: genera utilidades. En pocas palabras: es otro negocio más. No obstante, no nos podemos conformar con esta cualidad del fetiche discursivo. Es necesario, replantear, o girar la pregunta en otro sentido:

¿Cómo usar el lenguaje en tiempos del capital para que realmente adquiera un sentido transgresor?

¿Cómo ejercer la crítica (la meta-critica) sin convertirla en mercancía?

Una posible respuesta, la podemos encontrar en la tesis de Deleuze en el apartado “Postulados de la lingüística”, Mil Mesetas (1988), donde medita que el lenguaje no es información sino una consigna: “el lenguaje es transmisión de palabra que funciona como consigna, y no comunicación de un signo como información”.

Bajo esta premisa, quizá uno de los errores en los que ha incurrido el pensamiento crítico, sea el de utilizar el lenguaje como medio informativo y no como consigna. Más adelante Deleuze, ejemplifica con un discurso de Lenin para comprender esta aseveración:

Lenin declara que la consigna “Todo el poder a los soviets” sólo era válida entre el 27 de febrero y el 4 de julio, para el desarrollo pacífico de la Revolución, pero ya no vale para el estado de guerra, y el paso de una a otra implicaría precisamente esa transformación que no se contenta con ir de las masas a un proletariado director, sino que va del proletariado a una vanguardia dirigente. El 4 de julio exactamente, se acabó el poder de los Soviets.

El lenguaje como consigna nunca deviene mercancía, da órdenes a la vida como anuncia Parain. De esta forma, un pensamiento meta-crítico utilizaría las consignas como un medio para transformar el mundo y no sólo señalarlo desde su perspectiva demoníaca, por nombrarlo así. Esto implica el uso consciente de la sintaxis enunciativa y comprender que el lenguaje es una entidad viva que genera posibilidades de realidad. “Todo el poder para los mexicanos”. “Todo el poder para la humanidad” “Toda afirmación vital para la existencia”. “Toda la vida y la salud” “Libertad en el infinito, y así, sucesivamente…”

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