Dicen que Einstein tenía en su armario una colección idéntica de trajes, camisas y zapatos. No quería perder el tiempo en pensar qué ponerse; tenía otras cosas más importantes que resolver. Por ejemplo, la teoría de la relatividad. Supongo que de ahí viene que, hoy en día, se asocie al genio o al creativo con una persona que, en cuestiones de ropa, hace de su capa un sayo. Los ejemplos de Steve Jobs (siempre de negro) o de Zuckerberg (playera gris y pantalones de mezclilla) son de sobra conocidos. Quién sabe.

Pensar qué ponerse cada día es agotador. Y la idea de diseñarte tu propio uniforme no me parece tan descabellada. En eso sí que me quito el sombrero; vestirse o ir de compras son actividades sumamente aburridas. Por eso, mis intentos suelen ser fallidos.

El caso es que últimamente me he estado fijando en cómo viste el personal (vaya usted a saber por qué) y, pese a que no tengo ni idea ni gusto en el arte de vestir, me sorprende ver tanto uniforme pululando por las calles.

¿Seré yo o en México hay demasiada cultura de uniforme?

Entiendo que hay profesiones que lo exigen por temas de higiene, comodidad o por simple visibilidad de su oficio. Aquí y en cualquier país, por otro lado. Según dicen, por la facha y el traje, se conoce al personaje. Pienso en los overoles grasientos del mecánico, los mandiles de tela de los meseros, las filipinas blancas de los chefs o las batas de los enfermeros, por ejemplo. Y qué decir de los guardias de seguridad; no sólo los ves en bancos, joyerías o edificios del gobierno, aquí te los encuentras en cualquier establecimiento. De tiendas de celulares hasta en abarrotes los he llegado a ver. Y acabas hasta el gorro, la verdad. Ahí están firmes como estatuas, con sus camisolas y pantalones comando con su piola planchadísima. De no ser por la beisbolera corporativa, a veces uno no sabe si es el tipo de la entrada de la mirada perdida es el de seguridad, un policía o un elemento del ejército. No llegan a tanto, pero el otro día, el hombrecillo que flanqueaba la puerta del Office Depot llevaba un traje de montaña color desierto con botines militares de rigor. No es broma. Sólo le faltaba el quepis ladeado, porque sujetaba su metralleta (quién sabe si real o de juguete) como si le fuera la vida en ello. La imagen cuesta creerla. ¿De verdad tienen permiso para disparar al ladrón ocasional de una papelería? Qué locura.

En otras profesiones no comprendo por qué tienen que ir uniformados. Los conductores de autobuses, por ejemplo. Aunque fuesen en fachas (nuestro equivalente a ir de trapillo, desaliñados) no habría duda de su profesión: son los que están al volante. Y aquí les obligan a ir de camisa, pantalones de sarga grises y zapatos negros. Y algunos, hasta con gorrita de la empresa. ¿No trabajarían mejor en playera y con un calzado más cómodo? O los empleados de servicios. Su herramienta de trabajo es más que identificativa, ¿no? Si hasta en las zonas ricas, al parecer, los que trabajan en las tareas domésticas (internos o no) dicen que también llevan uniforme. ¿Seguirán las mujeres llevando mandiles, cofias y guantes blancos? Supongo que no, aunque aquí los ricos (según dicen) son muy ricos, así que cualquiera sabe.

Aun así, el uniforme estrella es el escolar. Pese a no ser obligatorio en ningún estado de la República, en todas las escuelas públicas lo llevan. En España se asocia, curiosamente, al ámbito privado. Y así es; vayas por donde vayas, ves a cientos de niños con sus mochilas de un lado para otro. Caminan por las banquetas de las calles ordenados e igualitos, en fila de a uno, como colonias de hormigas que cargan a diario sus trocitos de pan, sin saber muy bien por qué. Niñas con faldas grises (pata de gallo o escocesas parecen ser los modelos más comunes), de tablilla azul marina o los famosos jumpers: conjuntos de falda tableada, tipo petos. Los niños, más homogéneos, con pantalones oscuros de algodón, camisas o playeras tipo polo y chalecos. Y todos luciendo el escudo de la casa en lugares muy visibles. Y la variante deportiva, claro. Según el día, es habitual toparse con bolas de chavitos con sus pants identificativos: pantalón azul marino y playeras blancas de cuellos redondos o en V, según. El chándal del cole de toda la vida, vaya.

¿Ustedes dicen chándal?

, y te recuerdo que nos abrochamos los cordones de las zapatillas de deporte.

¡Es verdad! Aquí nos amarramos las agujetas de los tenis. Las zapatillas son las de mujer.

Lo , . Te recuerdo que a las pantuflas las llamamos zapatillas de andar por casa.

¡Cierto! ¡Qué chistoso!

Pues sí. Todos uniformados, decía. Hasta los que no llevan uno reglado parecen haberse puesto de acuerdo en temas de ropa. En las oficinas, por ejemplo, parece que la estética Godínez (el oficinista típico mexicano) es la que manda: traje, corbata y gafete de la empresa enganchado en el cinturón. Y viernes libre de playera corporativa. En un bar o en un restaurante no cuesta mucho identificarlos. Recuerdo que trabajé un tiempo para el gobierno. Y sí, también me tocaba la cosa cásual de final de semana. De hecho, aún tengo un par de sacos colgados en el armario. Y sí, me resulta muy curioso: saber cómo vestirse, según la situación que toque, es algo que todo el mundo da por hecho. Y no es tan fácil. Me explico.

Cuando entré en agosto en la universidad la pregunta del primer día fue, obviamente, cómo ir vestido. No tengo mucho fondo de armario (ventajas de ser emigrante), y casi todo es muy parecido: camisetas, camisas lisas de Bodega (el súper más barato) y un par pantalones de mezclilla (los vaqueros). Y, curiosamente, parece que reproduzco un mismo patrón; la mayoría llevamos chaleco, por ejemplo. Supongo que ése es el uniforme no oficial de los docentes. Mi razón es muy simple: no me gusta planchar y así disimulo las arrugas de la camisa.

Todo esto viene a cuento porque ya se están llenando las calles de anuncios del Buen Fin (la adaptación mexicana del Black Friday) y conviene aprovechar para comprar ropa antes de la locura consumista de esos días. Además, me hace falta. Lo odio, pero una vez al año, toca. Eso sí, el pasatiempo del día fue pensar en la cantidad de expresiones relacionadas con la ropa, más que buscar lo que necesitaba. Cualquier cosa, con tal de no hacer lo que me había propuesto, ya sé. Pero es increíble ver cómo crece la lista en tu cabeza, mientras pasas los ganchos de las camisas sin mucha gracia: bajarse los pantalones, no llegarle a alguien a la suela de los zapatos, estar en paños menores, sudar la camiseta, estar al abrigo de alguien, quedar como un guante, la españolísima ponerse los huevos por corbata o la fabulosa metáfora de la muerte mexicana de colgar los tenis.

El caso es que añadí sin querer una nueva a mi lista.

Un tipo discutía con el empleado (camisa a rayas y pajarita corporativa). El hombre no llevaba dinero, no le alcanzaba o quería que le hiciesen el paro, como dicen por aquí, de una forma muy curiosa. El cliente le pedía que le dejase la prenda más barata e hizo el gesto ad hoc: se cruzó el pecho con la mano dibujando una imaginaria franja diagonal.

Móchate, ponte de la del Puebla, ¿no?

Al parecer, el equipo local tenía en efecto una banda azul en su playera, parecida a la segunda equipación del Deportivo de la Coruña. De ahí el origen de este fantástico modismo mexicano equivalente a nuestro tírate el pisto o a lo de pagar a escote, según el contexto.  Sea como fuera, me encantó lo que dijo. Apuntado queda. Aunque, eso sí, al final salió de la tienda igual que yo: con las manos en los bolsillos. Otra semana más sin renovar mi vestuario. Gajes del despiste permanente y de no estar a lo que hay que estar. Como bien dice la paremiología peninsular, es lo que hay: no se puede nadar y guardar la ropa.

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