Es hora de la hora de aventar las memorias empolvadas a través de las grietas que surcan el alma, dejarlas salir al mundo para que se condenen o se eleven hacia el infinito en la búsqueda de una expiación que les permita seguir palpitantes y conspicuas entre los cabellos de los hombres.

Pequeñas creadoras de tempestades, multiformes calcinadoras de sueños, madres de ilusiones, figuras retóricas que surcan los mares del subconsciente en la búsqueda de una deriva en la cual perecer, o aparecer de entre los muertos resucitando al tercer día.

Son la cal que el tiempo esparce al caminar entre el contorno de las jornadas, son el eco de las sombras que se retuercen al rozar la luz de un paraíso utópico, son el viento que brota entre un par de labios antes de que perezca un ocaso.

¿Acaso no evocan los temblores más profundos al mezclarse con el aroma de lo antiguo, un objeto, una sombra, un parecido? Palpitando como un ser consciente entre nuestras sienes, deterioran nuestra imagen rasgando el manto de nuestra carne. Nos cambian, nos hablan, para que al nacer el alba nos crezcan alas y nuestros colores cenizos se transformen en el sol radiante que cubre con sábanas blancas nuestro ser informe. Para renacer de nuestros restos, para elevarnos, para mutilarnos, para dictar el capítulo en blanco de nuestra sin fin historia.

Pero transcurrimos, nos escurrimos, nos diluimos y nos fundimos entre sus roces, entre sus ecos que nos desprenden del mundo real para transportarnos al inframundo, un más allá constante y vacuo que nos despoja de realidad, que nos oculta y nos deteriora.

Nos levantamos por la mañana pensando que no es un sueño, que algo grita y dentro de poco terminaremos por repetir la misma historia, porque no aprendemos, porque nos arrojamos a las cenizas para arder sin renacer, para sufrir sepultos en la llaga de las horas que expiraron, en los triunfos no cumplidos, en amores consumados.

Aventamos a cierta hora las memorias, para que nos arañen y nos persigan por toda la eternidad, para sentir lo que se ha olvidado, para vivir lo que se ha perdido.

 

 

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