A finales de la década de los ochenta –entre 87 y 88- tocaron por vez primera los Caifanes en Pachuca; el concierto se llevó a cabo en la discoteca Borsalino, ubicada en la Avenida Madero. Por la tarde, en los momentos previos a la prueba de sonido, la banda descansaba en la casa de Carlos Cadena –organizador del evento- para luego caminar hasta el lugar –apenas a poco más de una cuadra-. A la hora de que Saúl Hernández se enfiló rumbo a la sala ya iba con su alargada figura y su cabello con tremendo crepé al estilo Robert Smith de The Cure –tampoco faltaba el riguroso negro en el look-. Y entonces ocurrió que el músico –literalmente- detuvo el tráfico de una calle que en aquel entonces tenía camellón y doble sentido de circulación. Los pachuqueños quedaron perplejos ante el estilo dark, tal parecía que jamás habían visto a alguien con esa pinta.

Traigo esto a colación para resaltar que hace no mucho tiempo, Pachuca era una población completamente provinciana y en la que no solían darse ni muchos acontecimientos culturales ni conciertos de rock. A esa altura de la década todavía existían muchos prejuicios ante los rockeros y se les miraba con recelo y extrañeza. Lo diferente, “lo raro” nos dejaba estupefactos. Luego vino un breve exabrupto de la escena local que terminó por desdibujarse.

Tiempo después, en 1994, Radiohead visitó Pachuca, pero el Teatro San Francisco no se llenó debido a que entre los muchos rumores que se soltaron especulaban si eran algunos dobles, si se transmitiría un concierto vía satélite o que simplemente era una tomada de pelo encaminada al fraude. El mítico concierto se dio con éxito, incluyendo la participación de la banda local Almuerzo Desnudo. Musicalmente, fue la mejor de las fechas de aquella gira de los de Oxford.

Cada vez que rememoró aquellas citas cruciales y algunos otros conciertos pachuqueños, no es un estallido de júbilo el que viene a mi mente por parte de los asistentes. Durante los noventa, al menos en dos momentos podemos señalar energía desperdigada. En una presentación de Fobia en el Boliche de lo que después sería la discoteca Vibrance; que más que euforia desmedida lo que falló fue el piso del inmueble y la gente se tuvo de sentar. El otro fue durante la Muestra de Rock Hidalguense que contó con Resorte como invitados estelares; ahí sí la gente alcanzó un nivel de prendidez digno de recordarse. Aquel toquín fue en La Casa de la abuela –en el Centro Histórico-.

Pero en general el público que asiste a los conciertos en Pachuca es demasiado contemplativo; no suele emocionarse de manera notable o al menos no lo expresa con efusividad y eso lo perciben los músicos. El año pasado nos visitó el grupo catalán Dorian y ofreció un show magnífico; digamos que todo salió más que bien en la noche del quinto aniversario del Pub Rata Roja, pero pasado el tiempo la empresa que representa al grupo hizo hincapié en que les extrañaba la tibieza de la gente de Pachuca.

Hace poco tiempo se presentó Belafonte Sensacional; el grupo se sublimó pese a la ausencia de su baterista e incluso improvisó percusiones. Delicatessen total, pero la gente no se brindó como en una tarde de faena completa. ¿Les gustó? Por supuesto, pero su respuesta fue contenida, demasiado mesurada. Y tengo que reconocer que casi siempre es así. No se dan con facilidad noches de verdadero paroxismo, de un desbordamiento sudoroso y de gente saltando o gritando con garbo desbordado. ¿Será Pachuca políticamente correcta al extremo? ¿No se nos enseña a mostrar las emociones? ¿Qué esperamos de un concierto de rock?

Ahora que nos visitan Los Planetas –el jueves 3 en el sexto aniversario de Rata roja- se abre una nueva oportunidad para cambiar las cosas. El grupo granadino tiene una base rítmica apabullante –es como si un tanque Panzer aplastara a los escuchas-, las guitarras hacen acoples casi imposibles y se extienden en largos vericuetos de electricidad y fantasía. Su set se divide entre los temas más recientes –llenos de flamenquismo- y las canciones de antaño que están atascadas de melodías que refulgen como el sol de Andalucía.

Se requiere que la gente expanda sus sentidos, que abra su sensibilidad y que busque propiciar una experiencia única y potente. Ni duda cabe que el grupo alcanza notables cotas de intensidad, de efervescencia rockera a la que no se le puede poner la menor pega. Hay estruendo, hay furia instrumental, riffs de guitarra sinuosos y muchas historias de pasiones fracturadas para explotar el canto.

¿Se requiere algo de desmesura? Por supuesto. ¿Cuál es la respuesta esperada? Que la emotividad se desborde. Ojalá y los convocados dejen la tibieza en la comodidad de sus casas y salgan a bancarse una de las noches de sus vidas. La banda lo merece, el lugar lo merece… los organizadores han hecho su mejor esfuerzo. ¿Será que la gente hará lo suyo? En primer lugar por nosotros mismos debemos dejar atrás esa grisura y timidez que nos acompaña.

Los Planetas nos ofrecen saldar una deuda con la historia del indie hispanoamericano… lo demás será llevar en la memoria al inmenso Lou Reed y aprender a “caminar por el lado salvaje”. ¡Qué el rock sea esa noche!

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