Por Carlos A. Ramírez @Estilo_Perro

Para los viejos todo tiempo pasado fue mejor. Suele ser mentira, por supuesto, pero dicha creencia tiene una razón de ser poderosa. Acaso la única razón que importa a fin de cuentas: lo es porque en ese pasado, irremediablemente perdido, fueron jóvenes. Y cuando se es joven, aunque no se sepa, se tiene todo. Principalmente vigor, sueños, esperanzas. Y está bien que así sea porque, conforme pasa el tiempo, la vida se encarga de llevarse todo a la mierda. De derrotarnos año tras año, machacándonos con la parsimonia de un boxeador experimentado que liquida a sus oponentes lentamente, hasta que no queda nada de aquellos que alguna vez fuimos.
Pienso en eso mientras recuerdo a la distancia la modestia con ínfulas burguesas de mi viejo barrio. El sitio donde crecí y, para bien o para mal, aprendí a vivir. Ese barrio, suburbio de los suburbios de la Ciudad de México, que fluirá por siempre en mi sangre con sus calles, sus mujeres, sus bravucones, sus canchas de futbol y basquetbol y los quicios de las puertas donde me hice hombre.
Viví muchos años en ese lugar y lo conocí como al alma de una mujer amada, con sus oasis y sus abismos. Con sus alegrías y sus tragedias. Sin embargo, hay cosas de las que me puedo permitir hablar y otras que preferiría olvidar para siempre.  Puedo evocar a ciertos personajes y contar su historia, que en algún punto se entrecruzó con la del grupo de adolescentes post punks al que pertenecí, una pandilla compuesta por una docena de arrogantes y malcriados que tratando inconscientemente de escapar de aquel agujero, terminamos coincidiendo en la esquina de la calle 16.
De tipos como el Chupiro, por ejemplo, puedo hablar porque a menudo pienso en él, en su vida de borracho solitario y desamparado, y en su triste final. Ven, te voy a presentar al Chupiro, me dijo una tarde de verano, sonriendo maliciosamente, El Novato, un chico más grande y avispado que yo a mis 16 años. Y me llevó hasta la paletería de la esquina en donde estaba, temblando como una gelatina, vestido con una camisa blanca llena de lamparones, un hombre incipientemente calvo pero joven aún: el Chupiro.
Háganme un paro, manitos, nos dijo en cuanto nos acercamos a él. Dispárenme un agua. De lo que sea. Por favor, manitos. El novato sacó unas monedas y yo completé para un litro de agua de horchata. Al verla, el hombre, de rostro abotagado y enrojecido, sonrió y nos dijo, ansioso: pero tómenle, manitos, déjenme nada más la mitad. Cuando se la entregamos, ya había destapado una pequeña botella de alcohol y, tirando unas gotas al piso por la temblorina, rellenó el vaso. Después se bebió, de unos tres o cuatro tragos, todo el contenido. Gracias, de verdad, manitos, agradeció y se alejó zigzagueando, sin rumbo, por la avenida.
¿Cuántos años tendría en aquel entonces el Chupiro? No lo sé pero no era tan viejo. Aunque nosotros, como los adolescentes imbéciles que éramos, lo miráramos como a un anciano, seguramente no rebasaba los 50 años. Puede que incluso tuviera 40. Lo que quiero decir con esto es que aún hubiera podido “tener toda una vida por delante”. Pero era evidente que ya no le interesaba. Lo que ocurría con él, ahora lo entiendo, es que se había cansado del absurdo de la vida ordinaria. Había abandonado todo para lanzarse de cabeza al báratro terrible del alcoholismo sin placer ni esperanza.
A veces se rumoraba que antes de tirarse a la borrachera había sido contador en un banco. Otras que abogado. Se decía que tenía hijas y esposa. Que a veces lo recogían de la esquina donde se quedara a dormir la mona y lo llevaban a su casa y por eso de vez en cuando aparecía con ropa limpia, bañado y afeitado. La verdad es que nunca supimos a ciencia cierta quién era aquel hombre. Él no decía nada y nosotros tampoco le preguntábamos. Se limitaba a estar ahí, riéndose tímidamente de nuestras idioteces, a pedir que le invitáramos un agua de horchata o un jarrito de grosella para sus teporochas y a temblar, sobre todo a temblar.
Convulsivamente.
Lastimosamente.
En ocasiones, el Chupiro se iba a beber con el escuadrón de la muerte, un grupo de seis o siete borrachos viejos que se juntaban en los alrededores del Mercado. Pero siempre regresaba golpeado y revolcado. Con un ojo a punto de reventar o el hocico sangrando. ¿Ya ves, cabrón, por qué te vas con esos pendejos? Ya te dijimos que son culeros, le reñíamos y él sonreía y nos pedía que le compráramos su agua de horchata. No hay pedo, manitos, no hay pedo, decía. Luego temblaba más fuerte. Aún hoy no consigo imaginar cómo se habrá sentido en aquellos momentos ese hombre, rechazado hasta por la escoria; paria entre los parias.
Para vengarlo, nos acercábamos por la noche al Mercado, y ocultos en la oscuridad le lanzábamos piedras al escuadrón de la muerte. Pinches viejos culeros, les gritábamos y después escapábamos corriendo a toda la velocidad que nos permitían las piernas, cagados de risa, mientras aquellos se retorcían de dolor, quejándose a gritos.
Puedo decir que durante ese verano nos acostumbramos a la presencia del Chupiro y de alguna manera le quisimos. Como quisimos también al Enchilado, ese perro amarillo, mañoso y cabrón, que un día llegó, se sentó a nuestro lado y empezó a seguirnos a todas partes. Escudero fiel y siempre dispuesto a hincarle los colmillos a nuestros enemigos, gracias a lo cual le agregamos a su nombre los apellidos de “Arma Biológica”.
El Enchilado, hay que decirlo, vino con un harem compuesto por tres hembras y era el perro más inteligente y cariñoso que he conocido. Amo de la calle, curtido en la dura vida del asfalto, era sumamente territorial y un ladrón consumado. Todos los días se las arreglaba para llegar con una pieza de carne o un pollo entero. Lo mismo le daba asaltar una carnicería que la bolsa del mandado de alguna señora. Incluso una vez tuvo la osadía de robar un paquete con algo así como dos kilos de carnitas.
No obstante, la peor de sus malas costumbres, y la que terminó por costarle la vida, supongo, era morder a los extraños que pasaban por la paletería. Otros perros, niños, mujeres, hombres, todos sin distinción sintieron la fiereza de sus colmillos hasta que un día alguien nos lo envenenó y lo vimos morir ahí, sin poder hacer nada, tirado en la banqueta.
Nunca olvidaré sus ojos inocentes, sus gemidos de dolor y la espuma sanguinolenta que le escurría del hocico mientras su cuerpo se sacudía en estertores de muerte. Un veterinario vino y nos dijo que no había nada que hacer por él más que estar a su lado durante su agonía y ahí estuvimos, dos o tres horas terribles, acariciándole la cabeza y diciéndole zalamerías hasta que dejó de respirar.
Lo llevamos a enterrar al cerro, a la sombra de un gran árbol. Nos turnamos para cavar el agujero y al final, mientras le dábamos sorbos a una caguama, le pusimos una cruz malhecha que armamos con dos palos que encontramos por ahí. Sobre el travesaño escribimos “Enchilado Arma Biológica” y nos largamos jurando darle muerte a su asesino. Por fortuna, nunca estuvimos seguros de quién lo hizo porque podría jurar, por Satanás, que a varios no nos hubiera importado ir a la cárcel con tal de vengar la muerte de nuestro amigo.
Unas semanas después, el Chupiro también se murió. Lo encontraron tirado en una esquina, solo y tieso, tan muerto “como las estatuas de la iglesia, te lo juro, mi Charly”, me contó el Novato. “Pero estaba tranquilo. No tenía los ojotes abiertos, como siempre. Y ya no temblaba”, decía, excitado. “Será que los muertos no tiemblan, güey”, le escupí, inexplicablemente molesto con él y me fui a caminar solo por las calles del barrio tratando de calmar la desazón provocada por aquel jodido agujero en el estómago que siempre acompaña a la muerte.
Debí haberle preguntado su nombre al Chupiro, me he lamentado infinidad de veces desde aquellos días, pero las cosas pasan como tienen que pasar y yo era casi un niño. Tal vez se llamaba Carlos, como yo, he pensado. No tendría nada de extraño. A fin de cuentas, en ocasiones, durante algunas de mis peores resacas, tiemblo, y sí, supongo que se lo imaginan, he visto sus ojos en mis ojos.

Este relato es la segunda entrega de la serie #ViejoBarrio que podrás seguir en PlanisferioMx

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