“Podemos hacer el experimento: levanten la mano todos los que conozcan a alguien quien haya sido secuestrado”, dije al vuelo, sin esperar respuesta, como parte de la charla sobre mi novela Indio borrado que me invitaron a tener con los alumnos del ITESM, Campus Guadalajara, el pasado lunes.

Pero la respuesta vino.

Yo estudié en el Tec de Monterrey, ingeniería física, porque cuando era niño me convencieron que era la mejor universidad de habla hispana en el mundo. Eventualmente, claro, por ahí del quinto semestre, me di cuenta de lo obvio: el Tec no era una universidad, era un instituto tecnológico y de estudios superiores. Sin importar el esfuerzo de la gente de Difusión Cultural o de los profesores de los “cursos sello” (esos que pretendían inducir una cultura específica en el egresado y que, buena parte, eran impartidos por el Departamento de Humanidades), la estructura académica del Tec era lo que su nombre indicaba: un tecnológico –y privado- no una universidad.

De ahí partían muchos de los sentimientos encontrados que padecíamos buena parte de los alumnos: en particular los becados y con mayor ahínco los que no estábamos en carreras tecnológicas o administrativas sino en ciencias y humanidades. Queríamos una universidad con todas sus letras, con todo su universo.

Ahora, me parece, lo están logrando. Y de una forma un tanto fuera de serie para los tiempos que corren: todo alumno, me dicen, tiene que leer antes de graduarse cien libros de literatura. No importa si estudian ingeniería civil, mecatrónica o comercio internacional, tienen que leer cien libros de literatura. Y no importa si los profesores dan la asignatura de cálculo diferencial, microeconomía o contabilidad, tienen que incluir en su programa un libro de literatura.

¿A quién se le ocurrió la idea?: No sé, pero me encanta. Puede que me guste porque era lo mismo que hacía yo cuando daba clases en el instituto (ecuaciones diferenciales, filosofía de la ciencia, desarrollo sostenible…) Sólo que yo lo hacía sin decírselo a nadie, por “puntos extras” y por puro gusto por la literatura. Es decir, no había ni un programa establecido ni creía que pudiera servir para gran cosa más allá de despertarle el interés por la lectura a un par de estudiantes cada semestre.

Pero lo que vi y escuché este lunes de parte de los estudiantes me hizo cambiar de opinión: leer literatura no sólo es un gustito, es una forma compleja de aproximarnos a entender el mundo. Y leer cien libros de literatura en cuatro años y medio (cuatro veces más que el promedio nacional según la Encuesta Nacional de Lectura, el doble que España y, aproximadamente, lo mismo o un poco más de lo que se lee en cualquier país de Primer Mundo salvo Finlandia o Islandia) ensancha el horizonte de los estudiantes, su sentido crítico y su capacidad para enfrentar y resolver problemas. Más aún si los estudiantes pueden dialogar después con los autores, pues entonces el texto deja de ser “letra muerta” o “verdad absoluta”: el estudiante cuestiona y rebate al autor, lo reta, se convierte en autor del diálogo.

(Nota para el lector distraído: no, el Tec no paga a los autores por ir a hablar con los alumnos; incluso, las pláticas pueden ser vía electrónica, de modo que casi cualquier universidad puede emular el programa).

Así, dado que mi novela sucede en medio de la guerra del narco, pronto la plática dejó de versar sobre literatura para volverse una lluvia de ideas, de argumentos y contrargumentos, de propuestas sobre qué pueden hacer ellos, sobre qué podemos hacer todos para mejorar nuestras condiciones de vida en este país en guerra, para que por fin haya paz y vayamos fomentando la integración social, llevando a cabo nuestros procesos de duelo y de justicia, las labores de conciliación y verdad.

Cierto es que los estudiantes del Tec suelen ser personas sagaces e inquisitivas, porque eso se les exige en la mayoría de las clases, pero después de dar clases en el instituto (con algunas interrupciones) por más de diez años, creo que sí puedo decir que ahora me parecieron más sagaces, propositivos e inquisitivos que nunca. Y esto, muy probablemente, se debe a este programa de “Pasión por la lectura” que los ha llevado a leer libros ajenos a su carrera, libros de literatura. En otras universidades, como la UPAEP, algunos profesores han bregado por consolidar programas similares. Ojalá se extendiera a todas pues eso, el conocimiento amplio, diverso, es precisamente lo que convierte a un instituto de enseñanza superior en universidad.

Y vino la respuesta: cerca de ochenta alumnos de cien levantaron la mano, todos ellos conocen a alguien a quien hayan secuestrado.

 

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