¿Cuál es el punto donde somos capaces de usar la conciencia para encontrar el sentido de lo que acontece en nuestro mundo y entenderlo?

Vivimos en un cosmos tan atestado de problemáticas, insignias, reglas, criterios; nos hostigan tanto a cada paso, que pareciera vamos deshumanizando nuestros actos; parecemos resignados a aceptar nuestro frívolo destino.

De pronto desprendo mi curiosidad por el tema de los indigentes, trillado para algunos, pero no por eso menos significativo para estas personas, pues cada vez es mayor el número de  individuos en situación de calle. Pareciera que este sector pasó a ser meramente un desencanto de la sociedad, dejando intangible la responsabilidad de los gobiernos para otorgar  una mejor calidad de vida a los otros que la integran.

Alcoholismo, problemas emocionales y mentales, drogas, entre otros factores que pudieron arrastrar a estas personas a las calles, no justifica que sean olvidados.

La gente puede llamarles de mil formas, o incluso inventarles una historia, pero mejor que ellos mismos nos cuenten:

Manuel llama la atención por el color de su piel; una mezcla de grasa para carros cubre su rostro, costumbre adquirida, quizá, por la que fue su vida laboral en un taller, como él lo recuerda. Manuel perdió su brazo izquierdo, le cayó un pesado fierro cuando trabajaba juntando PET en una especie de basurero que se encuentra cerca de la calle Narciso Mendoza. No recuerda a su familia, pero dice que desde niño estuvo en las calles de Pachuca y ahora pareciera conocer la cuidad más que ningún otro. Duerme donde puede. La gente de Pachuca ya lo ubica y algunos no temerosos se acercan a él para darle agua y comida. “Sólo camino para ver qué encuentro; no tengo miedo, a veces me duele y tengo sed”.

Nación: Aunque su nombre quedó olvidado como muchas otras cosas, él se autoproclama defensor de las tierras de México, con un peculiar sistema de conteo (montoncitos de semillas que representan las tierras del país). Reclama al gobernador Francisco Olvera por haber robado sus tierras y ser agredido por miembros de su equipo de trabajo, incluso recuerda haber sido sometido en una camioneta y abandonado en un barranco. Dice que la tierra son los mexicanos y que ellos deben trabajarla: “Nos han robado  y estoy haciendo cuentas de lo que han robado a la nación”.

Miguel. El rápido caminante, conocedor de zonas como la calle Patoni, el mercado Primero de Mayo, el Reloj, Santa Julia, Constitución; duerme con compañeros en las mismas condiciones, en casas abandonadas del fraccionamiento Colosio. Es originario de Puebla, pero el mal tiempo en las calles lo condujo al Distrito Federal, donde no tuvo suerte. Nos contó que siempre lo agredían y decidió tomar otro rumbo. Sólo caminar lo trasladó hasta Pachuca; no recuerda hace cuánto tiempo está en la cuidad, pero es donde ha encontrado la serenidad que buscaba. Miguel dice que está enfermo del estómago y de los riñones debido a una pelea que tuvo en la que lo apuñalaron, pero que algunas personas le brindaron medicamento y ya se está recuperando.

José se caracteriza por llevar siempre con él a su gran acompañante de camino: un perrito cocker color beige que siempre está a su lado y que le hace menos tediosos sus días, además de protegerlo. José tiene más de 60 años, es originario de Pachuca, regularmente se encuentra en la calle de Guerrero. La gente del mercado Barreteros le comparte alimentos. Según cuenta, su familia a veces le da alojo para dormir, pero no recuerda cómo llegar a casa y si tiene suerte espera a que algún familiar lo recoja. Con el cansancio sobre su espalda, toma siestas cerca de las iglesias  y toma rumbo al Reloj o la calle de Guerrero para esperar algún conocido y ser llevado a dormir a casa.

Con una sonrisa prominente, Pablo realiza cada día su faena como recolector de PET; él dice que viene de una colonia muy lejana que está en China y cada que puede visita a su familia;  narra también que Pachuca es una ciudad tranquila, que nadie hasta ahora le ha dado una golpiza, pero cuenta que los policías y trabajadores de la Plaza Juárez siempre lo corren, incluso le han aventado agua como si fuera cualquier vil animal. Siempre recorre las calles del centro de la ciudad y ocasionalmente duerme en el mercado Primero de Mayo y cerca de la iglesia de San Francisco.

Rebeca es una transeúnte constante de la avenida Revolución y la Plaza Juárez; escapa del manicomio cada que puede, no le gustan los doctores, ni los medicamentos que la ponen a dormir por días, ni la vida dentro del “loquero”, como ella lo llama. Gusta de encontrarse por las mañanas con las personas que le ofrecen comida cerca del estadio Revolución. Doña Rebe, le dicen y la protegen, le brindan cobijo; la gente hace lo que puede. Rebeca no recuerda si tiene familia, o si es originaria de Pachuca, sólo tiene el recuerdo de los doctores. Duerme en cualquier lugar cuando sus piernas ya no le responden. A veces se acerca a los bares para que le ofrezcan una cerveza, sin embargo, dice que no tiene mucha suerte.

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