Hace algunos años vi la consolidación del Cuartel del Arte como un espacio digno para presentar las exposiciones de arte más destacadas y significativas en la ciudad de Pachuca por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo. Es un lugar muy amplio y bello en el complejo cultural del exconvento de San Francisco; frente a la cara posterior del Cuartel está la Fototeca Nacional con el archivo fotográfico más valioso del periodo revolucionario de nuestro país. En mi opinión, este complejo cultural es el lugar más agradable de la ciudad; el Centro de las Artes le da vida a este espacio gracias a la afluencia de estudiantes de todas las edades que asisten a tomar cursos de arte.

   Un día, de regreso a la ciudad de Pachuca, pasando por Indios Verdes, ya a la salida de la Ciudad de México, vi un anuncio espectacular con la difusión de la obra de Fernando Botero en el Cuartel del Arte. Cuando llegué a Pachuca para hacer mi vida habitual, me encontré con más espectaculares de la exposición e incluso vi anuncios en paradas del transporte público. Esto era inusual en nuestro estado, ya que nunca se había difundido con tanto entusiasmo (y dinero) el arte en Pachuca. El Cuartel del Arte se engalanó con unas puertas de cristal sensibles al movimiento, las cuales cumplían dos funciones: a) aislar a las pinturas del clima hostil, y b) darle una presencia ostentosa a la galería de arte. Además, se adecuó una cafetería en el espacio de una de las salas que habitualmente funcionaban como espacio expositivo.

   Hacía unos diez años ya había tenido la oportunidad de asistir a una inauguración de la obra de Botero en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en la Ciudad de México. La exposición fue horrenda, así que no me molesté en asistir a la del Cuartel del Arte y mucho menos el día de la inauguración (algunos conocidos que no llevaban invitación me dijeron que ni siquiera los dejaron entrar). Pero lo que me inquietó fue el dispositivo publicitario de la muestra: vi camiones llenos con niños para asistir al Cuartel del Arte, acarreados, como futuros adultos que votarán a favor del partido político más ventajoso.

   En Pachuca el arte ha salido del museo, está en todas partes. El día de hoy, un par de años después de la exposición de Botero, todos los días veo en el puente peatonal más cercano a mi casa una enorme lona anunciando una exposición de pintores latinoamericanos modernos de la colección FEMSA, la cuarta o quinta desde que, en mi impresión, alguien que desconocemos tomó las riendas y decisiones, aparentemente incuestionables, de lo que se debe exponer en el Cuartel del Arte.

   Cuando subo las engorrosas escaleras del puente veo la lona y pienso en el arte políticamente correcto. Hace unas décadas el artista alemán Joseph Beuys acuñó el término escultura social, imaginando a la sociedad como una materia flexible y maleable. Supone que el artista debe moldear a la sociedad así como el artista de la antigüedad moldeaba la arcilla.

   Los funcionarios de la actualidad no conocen la obra de Beuys, incluso ignoran que éste hizo una enorme escultura usando como molde un puente urbano y, sin embargo, también hacen escultura social. Los carteles y espectaculares regados por todo el entorno moldean la ideología de los ciudadanos. A pesar de que no asisten a los museos, en la calle, inconscientemente asimilan lo que es “arte”. En todas partes ven las imágenes de Dalí, Tamayo, Botero o Posada.

   La última obra monumental de Beuys se llamó 7 000 robles y consistió en el mismo número de árboles que deberían sembrarse gradualmente en una ciudad alemana. Hoy los robles están destruyendo, literalmente, la ciudad con sus raíces.

   Cada que atravieso el puente, dejando atrás la lona de Posada, deseo que exista un artista que haga una contra-escultura social, que destruya la Rotonda de los Hidalguenses Ilustres o el Museo del Paste en Real del Monte. Necesitamos, urgentemente, contra-escultores sociales que rescaten, que arrebaten, el poder escultórico de las manos de los funcionarios pachuqueños.

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