Por Carlos A. Ramirez

Oye tú, payaso, ¿a ti no te pasa que cuando llevas dos o tres días seguidos bebiendo, se te comienzan a encender lucecitas frente a los ojos que titilan, risueñas, como burlándose de tu miseria? ¿No se te mueven los objetos inanimados? ¿No ves rostros extraños? ¿No escuchas susurros maliciosos? Eso pensé. Seguramente tampoco despiertas y tu cuerpo te exige otra cerveza. Y no te vas a esa cantina solitaria donde ponen jazz todo el tiempo y el dueño es una especie de asceta que después de servir las bolas camina constantemente, con los brazos cruzados en la espalda, de su mesa a la puerta, en donde permanece inmóvil, cinco, diez minutos, mirando casi con piedad a la gente que pasa por Bucareli.

No, no hace falta que me lo digas. Sé que tampoco tienes un amigo que te cuente que ese anciano le dijo una vez a un escritor, del que incluso tiene una fotografía en la pared, que ahí “se iba a beber, no a payasear”. Que aquello “era una cantina, no un circo”. Y no te ríes con él hasta atragantarse. Ni tampoco hablan horas y horas de basquetbol y de mujeres. Ni se cuentan las insensateces que hicieron durante su adolescencia porque desde entonces decidieron caminar por el lado salvaje de la vida.

No, no digas nada, payaso. Sé que tus amigos no tienen que irse a cubrir un concierto porque no se ganan la vida escribiendo de música como nadie más lo hace en México. Y tampoco te quedas a beber solo en ese agujero hasta que llega otro amigo al relevo con el que sigues bebiendo hasta que el anciano gruñón aquel los echa en medio de una tormenta que va a terminar inundando la ciudad, que nunca olvida que en otro tiempo fue un lago esplendoroso.

Basta, no te esfuerces, payaso. Se nota en tus cuentos que no atraviesas Reforma corriendo bajo la lluvia para alcanzar a tu dealer que tiene ya 10 minutos esperando y te está amenazando con irse y dejarte en la eriza por lo que resta de la noche. Se puede leer que después de conectar no te vas con este camarada, que por cierto tiene uno de los olfatos de editor más agudos que has conocido en tu vida, a refugiarte en un agujero cercano a la escuela de periodismo Carlos Septien. En esa calle llena de trannies que te sonríen meneando el culo cuando sales a fumar y te acercan las tetas falsas preguntándote “si vas a ir, papito”. Estoy seguro, payaso, que nunca te has planteado seriamente la posibilidad de follarte a un hombre con tetas y minifalda.

Está bien, no importa. Pero dime, ¿de verdad alguna vez te has levantado a una mujer en un bar o en alguna cantina, payaso? ¿Te la has cogido toda esa noche hasta sentir el sol sobre tu espalda desnuda? Porque las mujeres reales no hablan como en tus cuentos. No reaccionan de esa manera. No se vienen así… Mira a esa señora que se ha sacado las tetas y ahora baila cumbias con ese anciano afortunado. Después fíjate en esa gorda del fondo que no ha dejado de sonreírnos y carcajearse vulgarmente desde que llegamos. Esas son mujeres reales, payaso. No insistas, yo sé que nunca te dejarías manosear por Yuriko, la gorda, ni permitirías que se dijera tu esposa, ni mucho menos que intentara drenarte la sangre y la vida arrastrándote a un agujero siniestro de donde solo puedan salvarte tus amigos que han regresado para arrancarte de las garras de la gorda hematofaga justo a un paso de las puertas del infierno. Después, por supuesto, tampoco te subes con ellos a un taxi ni atraviesan la ciudad aullando de contentos, riéndose a carcajadas por haber conseguido escapar de esa horda de vampiros hambrientos. Ni terminas en un departamento en las entrañas de Martín Carrera esnifando cocaína y hablando de la vida trágica de esos cantantes de jazz que erizan la piel con lamentos del alma transformados en música maravillosa. Pero no te preocupes, payaso, tampoco es que sea la gran cosa. Hay miles de cosas más interesantes y menos peligrosas de las que escribir. Pero es importante vivirlas. Hazlo.

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