Por: Bishop

 

“Eso no es experimentar: en general, lo único que hacen es usar sintetizadores para tocar canciones muy ordinarias”*

Pete De Freitas (Echo and the Bunnymen)

El 19 de febrero de 2020 Oxomaxoma cumplió 40 años desde su primera aparición en vivo, como dice el registro, en un concierto en la UAM Azcapotzalco en 1980, sin embargo la gestación del grupo se debe a unos cuantos años anteriores.

Oxomaxoma apareció en algún momento en que el rock en México luchaba por legitimar su presencia sociocultural, cuando la música progresiva ocupaba el lugar más alto de los estándares creativos, en los días en que las guitarras tenían una jerarquía aparentemente inquebrantable y el sintetizador era un juguete inútil y caro para presumir entre el gremio y la música electrónica resultaba una curiosidad que poca gente tomaba en serio.

El grupo conformado originalmente por José Álvarez y Arturo Romo es un punto de inflexión en la historia de la música alternativa de nuestro país, y porqué no, del mundo. Son parte de una generación global de creadores que sus habilidades están reconocidas en particulares formas de creación artística fuera del epicentro hegemónico. Una de las características que destacan del dúo es su formación como no-músicos, es decir sin una educación formal u oficial en el estudio de la música como disciplina que emite grados académicos, pero sí como consumidores voraces de la música de su época, sobre todo aquella que no llegaba fácil a nuestro país y que para el mercado tradicional no era una oportunidad comercial de introducir en el conservador público mexicano. Estas particularidades les permitieron desarrollar otras facultades: la exploración como solución a sus inquietudes, la no-instrumentación o el objeto sonoro como invento de instrumentos propios para generar masa sonora como materia prima moldeable en estructuras musicales irregulares. Un campo creativo minado con una constante e inestable probabilidad de estallidos sonoros derivados del azar o de la no-ejecución de “instrumentos” amalgamados la mayor parte del tiempo por la cavernosa voz de Álvarez forjando la identidad de la banda. Es verdad, no fueron los primeros o los únicos, pero el embrionario dueto mexicano había sembrado ya la semilla de la transformación.

En términos generales su impacto fue casi inmediato, para algunos, los aburridos conservadores, se trataba de algún tipo de broma ver a dos personajes tocar con “chácharas” porque evidenciaba su falta de seriedad y educación musical, para muchos otros develaba un mundo distinto de opciones y de ruptura con la rancia tradición musical: en ambos casos Oxomaxoma marcó generaciones. Así es como comenzaron a llamar la atención de la suya y de su entorno para dar paso a un interminable número de colaboraciones inmediatas con otros músicos y no-músicos que gestó imparables fusiones musicales. El resultado de tales dinámicas le otorgó el merecido nombre de El Gran Mutante de la Música en México, título que le acomoda perfecto ya que tras las primeras cuatro décadas su constante ha sido multiplicarse en una diversidad de manifestaciones artísticas y estilos musicales, todo el tiempo fundidos por la voz y el particular estilo para cantar de José Álvarez que funciona como médula espinal, centro neurálgico de todo lo que sobre Oxomaxoma es derramado.

Sin embargo, el grupo (sin importar el número de miembros o activos sonoros) no era el único que se transformaba en cada ciclo colaborativo. Sus conciertos se convirtieron en ceremonias y rituales en las cuales mostraban otras características, la crítica aguda hacia diversos  temas, mientras que Arturo exploraba la sonoridad del objeto y los invitados desgarraban o ejecutaban sus instrumentos, José Álvarez rompía con sarcasmo e ironía para transmitir el mensaje oculto: existencialidad e hilaridad. A veces con máquinas y/o aleatoriedad, otras con jazz, rock, sonidos étnicos, etéreos, oscuros, electrónicos y otros de origen desconocido que pocos descifraban, sólo quedaba disfrutar… o quizá no: podían volverse incómodos, incomprensibles, irritantes y difíciles en el tradicional diálogo de música-escucha, pero es innegable que Oxomaxoma te iniciaba en algo distinto y transformaba tu experiencia musical.

“Destruir es siempre más espectacular que construir”*

Simon Reynolds

Yo fui un iniciado, un transformado a temprana edad. Como es natural al inicio me confundieron, siendo un adolescente no estaba seguro qué tanto los comprendía, si me agradaba o los odiaba por no descifrarlos, incluso llegué a sentirme atacado en momentos en que yo quería ver en el escenario un despliegue de sintetizadores y sus ejecutantes, no  un cajón de madera que ejecutaba uno de ellos sentado en flor de loto, un pequeño tecladito que parecía más juguete que instrumento y un personaje que con una solemne voz cantaba en algo totalmente impronunciable. Sí, mi iniciación fue un poco dolorosa y frustrante porque no comprendía de fondo que me querían decir, me intimidaba al mismo tiempo que me gustaba. Finalmente, cuando ya no era tan inocente en mi apreciación musical, terminó por atraparme en el Museo Universitario del Chopo al inicio de la década de los 90 tras un concierto revelador, me abrió múltiples ventanas hacia posibilidades infinitas, lo comprendí tras una experiencia que he citado múltiples veces y se resume en que Oxomaxoma nada estaba tomándose en serio realmente.

El grupo comenzó a merecer el culto que ya le rendía a otros grupos internacionales, pero en el caso de Oxomaxoma, yo veía todas las fronteras geográficas y musicales derruidas, convertidas en ruinas y llevadas a un apoteósico apocalipsis, un lugar distópico en donde la solemnidad se auto criticaba a través de las fóneticas figuras retóricas que José Álvarez construía exhibiendo el amplio territorio heterotópico de acción. En palabras de E. Cioran: “El hombre que se respeta a sí mismo no tiene patria, la patria es una cosa pegajosa” (Desgarradura, pág. 91, E.M. Cioran, 1979), sí, para mí eran apátridas -y amátridas- sonoros, como Cioran, cínicos al momento de traducirlo en música.

“Mi sensación , después de haber escuchado sus canciones y de haber charlado con ellos [acerca de Devo], es que están seriamente interesados en burlarse de todo, en verdad no les importa un carajo nada”*

Allen Ravenstine (Pere Ubu)

Crucé la década de los 90 conservando su referencia e influencia (a la que, por supuesto, se sumaron otros proyectos mexicanos) cuando comencé mi carrera en la producción musical, recuerdo bien mi inquietud por conseguir un sampler para grabar todo lo que tuviera próximo, para entonces ya sabía que aquel tecladito no era un juguete sino un sampler Yamaha de primera generación. Adquirí los casetes y discos compactos editados por Opción Sónica y los hice sonar hasta el cansancio, los conservo y atesoro, como muchos otros materiales de esa época para mi tan prolífica. Me convertí en un devoto raver que siguió su camino presentando sus primeras producciones, consumiendo y explorando nueva música que para poder captar mi atención tenía que alcanzar el nivel de percepción que Oxomaxoma depositó en mi. Para la llegada de los dosmiles la música comenzó a cambiar, mucho de lo que sucedía o sucedería estaba predicho. Comenzó una cascada de música imposible de dejarla ir, artistas y géneros emergentes, nuevas herramientas y una endeble situación a nivel económico, político y sociocultural en el mundo que servía como impulso creativo para ser impreso y transmitido a través de la música, solo quedaba sumergirse en toda esa música y sus atributos curativos.

En 2002 Oxomaxoma lanzó “Espíritus en Rojo y Negro” (Luna Negra, México) su último disco con los integrantes originales, posteriormente se separan y entran en un letargo en el que se supo poco de ellos durante los siguientes años. Pero como sucede con todos los proyectos que gozan del culto y reverencia de sus seguidores, su música comenzó a ser ampliamente demandada, se inició la búsqueda de los demos, el rastreo del material editado por la extinta Opción Sónica, además del publicado en el extranjero. Lo que estimuló que Álvarez y Romo editaran en 2012 un boxset artesanal que incluye los discos en CD’r y un booklet informativo, de edición limitada y de manera totalmente independiente conocido como “Obras Completas”.

Fue el momento en el que comenzó mi reconexión con Oxomaxoma. Los que consumimos música de manera compulsiva no nos conformamos únicamente con escucharla, necesitamos el objeto físico para poseerlo con impulsos eróticos, apropiarnos de fondo del concepto encerrado en el soporte que lo contiene: no importa si es casete, CD o vinil, además si viene en una edición especial, limitada y diseñada para que le pertenezca a un número limitado de personas seguro la necesitamos sin importar si tenemos la discografía completa. Así fue como contacté a José Álvarez para adquirir ese boxset, que además incluía la entrega a domicilio y una foto con él. Honestamente la foto no me importaba, pero la caja sí, también hablar con él por primera vez porque tenía muchas preguntas de mi temprana juventud y sentía que me debían respuestas. Porque yo sabía quiénes eran los personajes pero nunca crucé palabra con ellos, de esa manera el día de la entrega del boxset comenzó un intercambio de energía que ha durado hasta el momento en que estas líneas son escritas. Tras la charla y dudas resueltas, acordamos vernos para resolver algunos menesteres técnicos que él tenía con unas cintas y como requería hacerlo en algunas horas decidimos comenzar con los palomazos, las improvisaciones y los ejercicios creativos: en poco más de un mes habíamos resuelto 10 pistas que dieron como resultado el lanzamiento en 2014 de “Con Ojos de Fuego” (PI-E Sounds, Subunda & Breakbeats, México).

José Álvarez durante el letargo de Oxomaxoma participó en otros proyectos: Stultifera Navis – La Noche de la Reclusión (Terra Morte S.C., 2009. México), El Arca de Valjós – Water Nimphs (Independiente, 2015, México), entre otros. Mientras tanto yo ya había recorrido algunos territorios culturales y musicales que me permitían una flexibilidad creativa, así que para el encuentro con José la chispa se encendió expontáneamente dejando fluir el trabajo de manera inmediata, para él retomar el nombre de Oxomaxoma tenía la misma naturaleza como cuando se le ocurrió el nombre a finales de la década de los 70. Y como en todo una cosa llevó a la otra, el trabajo de estudio nos llevaría a los conciertos y éstos a buscar apoyo en vivo: lo que derivó en reclutar a Rabdoll.

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