Ave Barrera @avebarrera

Desde que tengo memoria recuerdo a la abuela Felicia abrazada a las ramas del ahuehuete, preparándose para su transformación en orquídea. Al principio eran solo dos o tres horas diarias. Mi madre le ayudaba a llegar al pie del árbol y la abuela se quedaba ahí, prendada del tronco hasta que el sol terminaba de ocultarse y la primer ondonada de viento fresco hacía que le dolieran las articulaciones. Sin embargo, poco tiempo después sus huesos comenzaron a volverse flexibles, su piel adquirió un verdor abultado y tierno. De su vientre comenzaron a nacer delgadas raicitas pardas, largas como canas, que le dolía mucho desprender de la corteza. Nada le proporcionaba más alivio que volver cada mañana y adherirse al cuerpo rugoso del ahuehuete. Hasta que un día dijo: «Yo de aquí ya no me muevo», y no se movió.

Recuerdo que el proceso fue lento y difícil. Durante años había estudiado la naturaleza de las orquídeas. Sabía con toda precisión la especie en la que deseaba convertirse: una epifita de corola rosada y labios rojos a la que llamaba Dendrobium Phalaenopsis, cuya imagen me mostraba en fotos, dibujos y esquemas anatómicos que reunía con esmero. Me hablaba acerca de las características de la planta y de las fases que atravesaría para llegar a la transformación. La mayor parte del tiempo, cuando no estaba estudiando o abrazada al ahuehuete, entraba en un trance profundo para despertar dentro de sí, en cada una de sus células, la inquietud por dejar de ser esto para convertirse en aquello. Y su cuerpo la escuchaba. Paulatinamente fue reduciendo sus dimensiones humanas hasta llegar a ser más pequeña que yo, hasta cambiar la piel por hojas y las extremidades por bulbos esponjosos.

Poco antes de que sus ojos se convirtieran en dos puntos amarillos, fijos en la luz, cuando sus largas orejas verdes todavía podían oírme, le prometí a la abuela Felicia que rociaría sus hojas con el aspersor cada mañana durante todos los días de mi vida. Y eso es lo que hago en este momento. Como cada mañana, antes de salir, antes de tomar café con leche, salgo al patio, coloco la escalerita y con el aspersor voy disparando el rocío sobre la orquídea hasta cubrir de humedad cada hoja y cada bulbo, hasta dejar bien empapadas las raíces. Disparo el rocío por arriba y por abajo, en todos los ángulos posibles hasta estar bien segura de que toda la planta ha recibido su buena dosis de agua. Mientras lo hago, casi siempre me da por pensar en qué voy a querer convertirme yo, si es que llego a convertirme en algo.

Ya sé que falta mucho, que siempre puede ocurrir lo inesperado, que de buenas a primeras podría caerme una maceta en la cabeza y perder la vida de forma repentina, como quien pierde una muela comiendo piñones. Entonces no tendría tiempo para convertirme en nada, ni siquiera en chimpancé. Sin embargo, siempre que la vida siga su curso sin contratiempos, las personas llegan al momento en que deben decidir en qué quieren convertirse y comenzar con la transformación. En el templo y en la escuela se la pasan dándonos lecciones para eso. Nos dicen que debemos tener mucho respeto por los seres transformados y por los anacoretas que dedican su vida a protegerlos sin recibir a cambio prácticamente nada. Y digo «prácticamente» porque a leguas se les nota que algo reciben, algo que no se ve, pero que llevan puesto en los ojos y en las manos.

Cuando hablamos entre nosotros, fuera de las clases, nos encanta contar historias de transformaciones inauditas, como la del monje budista que logró convertirse en roca. O la del maestro sabio que de tanto que había estudiado a los míticos dragones logró transformarse en uno. Nos encanta decir que vamos a convertirnos en algo asombroso y espectacular. Yo siempre digo que voy a transformarme en ballena. Felipe quiere ser morsa y Susana quiere ser una tortuga gigante, de las que viven más de cien años. Mi hermano Paco tiene pensado transformarse en una boa constrictor. Cuando me abraza le creo. Pero por supuesto que nada de eso lo decimos en serio. Claro que nos gustaría ser esos animales, pero a final de cuentas, cuando la gente crece, cambia de opinión. Algunos ni siquiera tienen las fuerzas, la disciplina o la voluntad suficiente para transformarse en nada.

Y es que puede parecer algo sencillo, pero la verdad es que se trata de un proceso realmente complicado. Yo pude verlo con mi abuela, que tuvo que seguir cada fase con una precisión micrométrica, de lo contrario algunas de las funciones como planta podían matar a su remanente humano antes de tiempo, y demorarse en alguna función fitoquímica podía dañar de forma irremediable a la planta en la que iba a convertirse y malograr la transformación. Es por eso que la mayoría, a final de cuentas, si no tiene de otra, decide convertirse en chimpancé. Es lo más rápido y lo más fácil. Si se siguen puntualmente las instrucciones, a los dos meses empieza a crecerte pelo por todas partes, se te achica la cabeza y tus manos empiezan a buscar ramas en lo alto.

En cambio, los de alma valiente y libre suelen convertirse en perro o en lobo. Los que se cansan de vivir sobre la tierra se transforman en delfín. También hay quien se deshace en agua junto a un río o junto al mar, pero casi siempre son filósofos, poetas o gente con el corazón roto. Se sabe de casos milagrosos en que una muerte repentina y trágica hace que el corazón de la persona se convierta en colibrí, o que de unos malignos ojos salgan volando dos escarabajos negros. Únicamente aquellos que tienen mucha, pero mucha fuerza y determinación, consiguen convertirse en árbol. Y es que si se pierde la calma a mitad del largo proceso la conversión se arruina y pueden quedar como troncos secos con forma de hombre o dejar sus gestos de dolor atrapados en los nudos como un grito congelado en el viento. Pero si la persona es suficientemente íntegra y la transformación se lleva a cabo sin percances, sus raíces seguirán prendadas de la vida durante siglos y no tendrán nada qué temer además de los rayos, los huracanes y las largas filas de hormigas rojas.

La verdad es que no estoy segura de llegar a reunir todo lo que que se requiere para llegar a ser una ballena. Claro que me gustaría ser así de enorme y tener una memoria infinita y poder sumergirme hasta el corazón del mar, pero creo que extrañaría muchas cosas. La abuela Felicia decía que ni siquiera pensara en eso, que uno no extraña nada, porque deja de ser lo que era para convertirse en algo distinto, y que justo de eso se trataba la transformación. Pero yo no estoy muy convencida. Creo que sí extrañamos algo de lo que dejamos en la vida humana. De no ser así, entonces por qué la abuela Felicia habría decidido emprender una transformación tan complicada y riesgosa como la de una orquídea, de no haber sido por su deseo de quedarse aquí por siempre, entre las ramas de mi abuelo.

Éste cuento aparece en El hambre heroica, una antología de cuentos mexicanos recopilada por Gabriel Rodríguez Liceaga y publicada en la editorial Paraíso Perdido. “Son 16 cuentos que yo defendería enfrente del diablo”, cómo él mismo lo explica.

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