Se despertó bruscamente quedando sentada e inmóvil sobre la cama, su respiración se entrecortaba irrumpiendo en el silencio espectral de aquella habitación grande y blanca. Sintió cómo una gota helada de sudor la partía en dos mientras se deslizaba, corriendo a zancadas, por su espalda; sus ojos desorientados intentaban acostumbrarse a las penumbras de la estancia.

¿Qué fue aquel ruido?, el golpe seco de la realidad que le golpeaba, o un escalofrío escondido entre sus huesos? Trató de tranquilizarse y lentamente, como casi no queriendo, apartó las sábanas de su cuerpo y se deslizó hasta un costado de la cama, buscando con los pies sus zapatos y encontrando el frío del piso para revestir sus dedos.

Se levantó y se colocó velozmente detrás de la puerta, el corazón se azotaba frenéticamente contra su pecho semidesnudo; posó lentamente su oreja contra la puerta… silencio, de pronto, un ruido aún más cercano y la sacudió con violencia alejándola de la puerta. Había alguien abajo.

Con el temblor de la manó abrió lentamente la puerta y asomó sus pestañas por el filo, pero no vio nada.
Balanceándose lentamente con las puntas de sus pies salió de la habitación para dirigirse a la escalera, no sabía si el miedo o el frío sacudían sus miembros, una sensación de angustia llenaba toda la oscuridad con su fragancia.

Se detuvo, tragó saliva y comenzó a descender tan lento como su cuerpo la dejaba, tratando de no hacer ruido. Tan pronto como llegó a la mitad de la escalera, se detuvo, estaba paralizada. Petrificada, clavó la mirada en la penumbra allí, donde un par de ojos amarillos la miraban inmóviles escudriñándole hasta el aliento; la envolvió el silencio, su respiración se detuvo en seco, algo le rodeaba lentamente el pie izquierdo, algo helado y tieso; bajó lentamente la mirada y vio esos mismos ojos amarillos que la observaban debajo de la escalera. La respiración entrecortada atrapó su grito de terror en la garganta, se zafó velozmente y corrió de nuevo a la habitación blanca, corrió hasta saltar a la cama y cubrirse hasta la nariz con las sábanas blancas.

Entró dejando entreabierta la puerta, mirando fijamente a esa ranura con la desesperación constante de lo que se avecina; y allí estaban: un par de ojos amarillos que se aproximaban asechándola, acercándose lentamente por la escalera. El corazón parecía escapársele del pecho y el sudor frío de su cuerpo ahora humedecía las sábanas blancas; y los ojos amarillos, se acercaban, cada vez un poco más y más. Cerró los ojos y pudo escuchar el chirrido de la puerta, los sentía cada vez más cerca, casi podía oler el fétido aliento que estaba a punto de alcanzarla, sintió algo en la cama, su respiración se detuvo nuevamente absorbiéndolo todo en el silencio…

Abrió los ojos… vio el techo blanco de su habitación iluminado por los relámpagos, giró la cabeza hacia un costado, llovía afuera, el viento había golpeado con violencia la ventana, abriéndola y azotando con furia la tela de las cortinas de seda. Fue sólo un sueño. Respiró con alivio, se sentó en el borde de la cama y cubrió con sus manos su rostro, disfrutaba la noche y el llamado de la lluvia que le serenaba el alma.

Después de un instante alzó la mirada, un torrente de gélido espanto cubría las marcas de su rostro, una punzada le recorría las venas erizándole la piel. Se quedó inmóvil, sus ojos desorbitados bajaron tortuosa y lentamente hacia sus pies, allí, donde algo helado y tieso le rodeaba el pie izquierdo y un par de ojos amarillos la escudriñaba fijamente, desde la esquina de su cama.

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