Por: Tes Nehuén*

«Observante» de Rocío Cerón (Liliputienses, 2019) es un poemario delicioso sobre la importancia de luz en el paisaje. ¿De qué forma construir un poemario lleno de paisaje, de personas y de tiempo sin hablar de geografías, de cuerpos y de experiencias? Hay que leer Observante de Rocío Cerón (Liliputienses) para saber cómo hacerlo. Lo que a simple vista promete ser una tarea imposible, en la poética de Cerón se vuelve ineludible, el único camino posible. Es éste un libro que se identifica a la perfección con esta idea: «Lo antes visto, ahora visible», porque aquí el lenguaje parte de la mirada. Los acontecimientos también. Todo lo que sucede en el poema es una imagen que se compone no de lo evidente, sino de aquello que lo rodea.

Si «Toda deriva es un canto a la desestabilización», entonces la única forma de construir una noción del mundo que lo represente y con el que podamos establecer algún tipo de conexión es desde una mirada torcida, que rompa los esquemas de lo pautado y permita un pulso-rumbo insólito. Una mirada que sea capaz de nombrar del mundo lo que late, y que pueda definir una nueva forma de interpretarlo y de construirlo. «Sin filtro y ciegos, con el muérdago de la vida contemporánea bajo la lengua, drogando a la humanidad entera».

La construcción de la poesía de Cerón surge de la contraposición de imagen y lenguaje, o de lo que ambos producen en nosotros. Dice: «La imagen muestra, el lenguaje da sentido, el cuerpo entra en cautiverio por la lucha de ambos», y se empeña en una búsqueda estética que parte de la guerra entre realidad y deseo y se interesa por una nueva posibilidad: los márgenes como espacio de creación, de alivio, de esperanza. En ese sentido, estamos ante una poesía contra el olvido y la decepción, cuyo origen es la misma herrumbre: allí donde todo parece perdido, habita el poema.

A medida que avanzamos en la lectura descubrimos que el objetivo está bien definido. «Transparencia: la tarea de observar los bordes». Cerón se escapa de lo tangible y de lo predecible y escribe desde la orilla, donde tiembla la palabra y el significado. Porque es allí donde se encuentra la verdadera historia. «En el ángulo de la observación, la superficie habla». Toma entonces la luz como punto de partida. Si la luz no alumbra, no hay imagen. Si la luz no se asoma, no hay poema. La luz, aquello intangible que hace posible nuestro entendimiento de la materia, es quizá uno de los elementos más importantes, del que surgen algunas de las frases más interesantes del libro. La luz permite la comprensión del mundo: «El gesto, la materia, lo que queda de la caída del cielo»; y en la voz de Cerón es también la memoria, donde todo lo visto permanece cuando vuelven las sombras. La posibilidad que ensancha la memoria, capaz de iluminar la oscuridad, es otro de los puntos interesantes del libro.

En lo que respecta a la estética, en Observante encontramos una poesía que se apoya en frases cortas y aforísticas pero que, paradójicamente, se encuentran contenidas en poemas largos. Asimismo, aunque el origen de las frases es la duda, se encuentran planteadas casi como certezas, como premisas de un aforismo, y esto contradice en ocasiones el verdadero sentido de este tipo de oraciones. Pero no es llamativo. Desde el propio título, el libro se presenta como una sucesión de oposiciones y contradicciones.

Es ésta una poesía rebelde, que se atreve a nombrarse desde lo que no es. Si pensamos que un observante es alguien que cumple a raja tabla los preceptos, lo que en el territorio poético podría ser alguien que afronta una poética predefinida y que se adapta a las corrientes impuestas por el mercado, podríamos esperarnos una poesía mansa y ordenada. Pero cuando empezamos a leer vemos que cada paso es un ir contra todo lo definido. ¡Y qué maravilla este juego de opuestos que plantea con tanta audacia Cerón en todos los aspectos que rodean este libro! No interesa lo que empuja la corriente, sino aquello que arrasa en el camino. La mirada dislocada. «Escucha la risa disonante del loco, su manto tímbrico de crepúsculo náutico. (…) Abre el oído, resiste gravedades y timbres; memoria, una granada de silencios. Discontinuidad. Atadura».

¿Cómo construir un poemario lleno de paisaje, de personas y de tiempo sin hablar de geografías, de cuerpos y de experiencias? «Lo que hay en la forma que fue. Lo que está». Piedras, fuego, soles, árboles, miradas se atraviesan a lo largo de la poesía de Cerón para permitir que entre luz y memoria se pacte una nueva visión del mundo. Esta búsqueda deviene imagen: todo es una imagen en una poesía que opone lo visto de lo recordado. Y el resultado es una serie de insinuaciones gráficas que se superponen y permiten una obra donde lo material y lo imaginado deben entrar en discordia, para provocar esa desestabilización: único lugar posible para construir lenguaje que explique lo que tiembla.

A esta idea habría que agregarle otra: la poesía de Cerón es plástica. Y lo es en tanto y en cuanto la autora se aferra a la materia y desde ella construye el lenguaje apuntando a un significado que se halle desprendido de la existencia-experiencia. La luz y la memoria le sirven como perfecto argumento para desarrollar dicha poesía, es decir, la mirada fotográfica, la memoria como hilo conductor, la intuición y la observación arqueológica, son todo el material que necesita para hacer florecer un libro crítico que contradice aquello que lo forma.

Sacar de la materia lo que hay de blando en ella. Así se traduce todo esa búsqueda de la exactitud poética. Y creo que Cerón lo consigue de una forma soberbia, ¡fascinante! Explora en la materia, claro, pero lo que en verdad le interesa es aquello que la rodea, lo que hay de invisible en lo visible, que diría Juan Ramón Jiménez. Y ¡Qué mejor forma de conseguirlo que desde la imagen como concepto! Porque en todo encuadre hay dos planos: el visible y el inmaterial (el que se define en píxeles, atributos y código alfanumérico) y el que se define en el interior de quien observa. El primero se mantiene intacto al paso del tiempo, el otro se modifica con la memoria, con la luz, con las voces de otros ojos. Y es ésta la mirada que más le interesa a Cerón. Y esta mirada tan literaria, además, resulta muy útil desde la escritura porque la impulsa a apostar por un lenguaje donde las voces se cortan y las dudas controlan el pulso de las imágenes.

Este libro nos permite llegar a una percepción profunda de la creación poética, cuyo lema o punto de partida resulta ser «ensayar límites de esfuerzo y resistencia». Solamente desde una nueva forma de contar y decir, y de explicar y pensar, se puede extraer un nuevo significado. Porque solamente desde un nuevo significado se puede cambiar lo que está roto, lo que araña el paisaje, de la realidad.

Y, quizá no estaría mal despedirnos con otra idea enlazada a ésta última. Si la poesía no sirve para eso, y quiero decir, si no busca ese cambio de paradigma tanto desde el terreno del lenguaje como desde el aspecto social que lo contextualiza, ¿para qué sirve? Y que no sirva para nada, como rezan los escépticos no parece tener mucho que ver con la relación que Cerón mantiene con la poesía, puesto que se lanza «hacia el precipicio» donde dice «el salto, es siempre hacia las alturas». Y esta poesía, definitivamente se corresponde con una obra de altura, sólo apta para lectores que busquen en la lectura el sentido no tanto la emoción superficial de lo que somos sino de la forma en que nos nombramos, es decir, aquello que nos circunda.

 

*Tes Nehuén es una escritora argentina que reside en Málaga desde hace casi una década. Es una de las creadoras y responsable de contenido en el portal literario Bestia lectora (www.bestialectora.com). También colabora de forma asidua la web literaria Poemas del alma (www.poemas-del-alma.com), donde publica reseñas y entrevistas a diversas personalidades de la literatura hispanoamericana, y realiza también tareas de gestora de contenido en las redes sociales.

 

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