Me arrastré en cada instante por las mismas teclas pensando en un día, en «EL» día que se asomará el brío de mi porvenir pintando una sonrisa roja entre mis raíces.

Que alentador futuro, ensimismarme para encontrar que entre las grietas de mi alma, las hojas de mis días fueron más que tinta hereje y gastada. Torbellinos sin viento y sin fragancia.

El resplandor de mi sordera me acongoja, me permite bailar con los aromas del mundo para alimentar en mis pupilas las ansias imberbes de un porvenir egocentrista.

Y me veo, me veo mutando, dejando los rastros de mi piel en los rincones vacíos de cada estancia de mi casa, que ahora se enfría lenta y tranquila con el futuro inmediato de mis horas. Yo lo sabía, siempre lo supe, que dentro de mis palabras etéreas y agónicas se escondían las verdades más tangibles, que entre lo abstracto de mi nombre y de sus días arrancaba las flores de los jardines más floridos.

Sabía que, detrás de mis dientes, la verdad absoluta tomaba la forma de una musa, la inspiración sublime y gastada para los días sin luz ni encanto.

¡Yo lo sabía! Yo que cuidaba cada acto, yo que cuidaba cada gesto y cada punto, para que mi alma no se desbordase en el sacrilegio de lo absurdo y lo barato, ahora entiendo.

Ahora todo es claro y palpable, ahora todo es certero y tenue como los labios de un niño al pronunciar escrupulosamente sus oraciones nocturnas; ahora todo está bien y sé que sigo el camino de lo cierto, sé que sigo los pasos ilustres que me abren camino entre melodías angelicales llevándome entre sus tiernos miembros a las puertas del paraíso.

Y yo me dejo transportar al infinito, dejando de buscar entre mis resquicios los rastros de lo que pude llegar a ser, lo que pude nutrir con mi horas de incierto plasmadas fantasmalmente en antagónicos retazos entintados como orgías. Me dejo vaciar el alma una vez más para encontrar entre la comisura de mis labios el añejo ardor de lo sublime quemándome con sus palabras jamás dichas, quemándome con las letras de esos nombres que me orillaron a encontrar en las penumbras la vacuidad de mi eternidad.

Pero hoy ya no hay ruido. Ya no hay dolor ni sombra ni sentidos, ya no hay amor ni luz ni alientos. Solo este camino, en donde todo se funde para acariciarte la cara, para mostrarte que estabas en lo cierto mientras escondías entre la inercia tus palabras y los rastros de tu alma ya vencida. Solo este camino donde tus pies se postran para admirar tus cicatrices, para encontrar entre tus vendajes y la blancura espectral de tus manos inertes la verdad absoluta de tu existencia.

Que lástima, no pronunciar estas caricias, que lástima dejar entre mis restos un último exhalar para que pronuncie mis delicias, que lástima, que a pesar de cada incierto el frío me inunde, para poder encontrar en mis adentros, que todo aquello que me fue vetado me ha dado un nombre.

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