La comunidad sólo es posible a través del conocimiento del otro, de su diferencia. Lo contrario es una ilusión. Pretender que todos son exactamente iguales a mí, con mis traumas, mis vicios y mis virtudes, con mi pasado, mi idea de futuro y de mundo, es decir, con mi misma cosmovisión, no sólo es ingenuo sino también paralizante pues impide concebir cosa alguna más allá de la homogeneidad y, por lo mismo, se cancelan las ideas del tiempo y la diversidad: de que otros mundos son posibles.

Conocer al otro y su diferencia, ciertamente, puede provocar el conflicto si las partes en cuestión, en lugar de buscar el entendimiento y la empatía, los lazos que los unen, se abocan a recalcar sus diferencias como asuntos irreconciliables. Peor aún si derivan en la estigmatización y la anulación de la humanidad del otro a través de frases categóricas irreductibles, por ejemplo: “Donde termina el guiso y empieza a comerse la carne asada, comienza la barbarie”.

(Entre paréntesis y por aquello de los despistes seudoprogresistas, la RAE apunta en su primera definición que “comunidad” es “cualidad en común” y, tanto la RAE como, más importante, la historia jurídica, han señalado que son las “características” que distinguen a los “bárbaros” –crueles, incultos, toscos, groseros- aquello que los hace ajenos a ser sujetos de derecho. Es decir, salvo por las diatribas a favor del derecho natural –por ejemplo, con los estoicos- y su versión contemporánea en la forma de Derechos Humanos, a los bárbaros, a los otros, al carecer de derechos también se les niega la humanidad. En el caso mexicano la tradición no deja lugar a dudas, a las culturas norteñas ancestrales se les sigue llamando, en muchos textos, “chichimecas”, es decir, “bárbaros”).

Así, a pesar de la posibilidad del conflicto, del temor a una supuesta “balcanización” (¿o habríamos de decir “centroamericanización”, pues este proceso histórico de división de un territorio en otros más pequeños fue anterior en América?), por una exacerbación de la diferencia, a mi juicio es preferible aceptar este reto, esta posibilidad dialéctica que nos lleve a converger en una nueva síntesis de la idea de la identidad nacional, en lugar de enfrascarnos en el conservadurismo y la inmovilidad: “somos esto, lo que nos dijo el programa vasconcelista, y no le movamos”, “mantengamos en silencio lo que ha sido mantenido en silencio”, “que siga siendo invisible y denostado aquello que ha sido invisible y denostado” y frases similares.

En este sentido celebro la publicación de Norte: una antología (ERA, 2015), colección de 49 cuentos compilada por “el norteño por adopción”, Eduardo Antonio Parra. El libro traza una genealogía literaria desde finales del siglo XIX hasta finales de la década de 1970 con escritores nacidos (o también adoptados, como el caso de Julián Herbert o el mío) al norte del Trópico de Cáncer y (casi) la frontera con Estados Unidos.

No me detendré en ese juego poco alegre de cuestionar si faltan o sobran algunos autores, o si el concepto de “norte” tendría que haber incluido también a Zacatecas y a San Luis Potosí (cosa que me habría gustado). Pues, por un lado, la antología incluye a todos los inamovibles (Martín Luis Guzmán, Torri, Reyes, Revueltas, Campobello, Arredondo, Valadés, Gardea, Sada…) y tal vez al único que habría sido bello sumar sería al bueno de José Vasconcelos con algo de su infancia en Eagle-Negras. Por otro lado, fuera de ellos, uno podría canjear a cualesquiera de los otros autores incluidos por autores que no están en la antología y el resultado sería el mismo: tendríamos una excelente genealogía literaria (incluso, también, si quitamos a todos los autores nacidos en la década de 1970 o sumamos a más escritoras nacidas al norte del Río Bravo y/o el paralelo 32, como Sandra Cisneros o Cormac McCarthy pues, citando al vuelo lo que dijo César Gándara durante la presentación del libro: para los norteños la frontera no es una línea divisoria sino un punto de encuentro).

¿Y para qué sirve entonces una genealogía literaria?: para eso, para conocer al otro, para conocernos a nosotros mismos.

Para un lector norteño acostumbrado, desde los libros de la SEP hasta los manejos mediáticos de la guerra contra el narcotráfico, a que el norte es un páramo cultural yermo en el mejor de los casos y bárbaro en el peor de ellos, la aparición de esta antología le puede permitir trazar y/o recobrar una herencia cultural que no es yerma ni bárbara sino profunda, universal y extremadamente rica en sus manifestaciones artísticas. Si el lector es además escritor o escritor en ciernes, mejor aún, pues le dará la oportunidad de ver cómo, quienes le anteceden, han abordado las diversas problemáticas con su entorno y sociedad inmediata.

Para un lector sureño, acostumbrado también a que la idea de la mexicanidad excluya sus manifestaciones culturales, le permitirá encontrar los puntos en común con esos mexicanos que distan más (sólo geográficamente) de su lugar de nacimiento. Por ejemplo, en el maravilloso cuento de Daniel Sada sobre el beisbol, que puede ocurrir por igual en una población yucateca que en una coahuilense. Eso, por mencionar sólo uno, porque podría decirse lo mismo con el de Gardea, el de Toscana, el de Alvarado (cambiando la especie del árbol) o el de Inés Arredondo donde un hombre le ruega a otro para lavarle los pies dentro de una iglesia.

Para un lector del centro, aquí sí, acostumbrado a que la mexicanidad es aquello que ve día a día, acostumbrado a que la historia cultural del país es su propia historia, le permitirá no sólo encontrar que México es un lugar mucho más vasto en manifestaciones culturales sino también sobrepasar la estigmatización y el silencio que los medios masivos de comunicación han impuesto sobre buena parte de la población de nuestro país, acercarse al otro, procurar la empatía y, en suma, darse cuenta de que esos “otros” también forman parte del “nosotros” que constituye a la comunidad mexicana.

Para los conservadores, apuntar la diferencia, lo que se escapa de la norma, causa temor y, en ocasiones, conlleva la procura de la coerción para nulificarla. Es decir, confunden diferencia con disidencia violenta. Vuelvo a Gándara, así como para los norteños la frontera es un punto de encuentro, abordar las diferencias culturales es también un estadio para encontrarnos, ubicar nuestra “cualidad común” y construir una cultura más rica y diversa.

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