Soy incapaz de permanecer despierto una noche entera. Lo he hecho alguna vez, algunos años atrás. He trabajado durante noches de fin de año que terminaban en días de año nuevo, he salido a horas deshonestas y he regresado a casa al día siguiente.

Ahora mismo soy incapaz.

Y eso que lo deseo fuertemente. Y que tampoco somos unos ancianos. Tú puedes y yo no, de hecho, tú lo haces cada cinco o seis días, soy testigo de ello. Salgo contigo de casa a las ocho de la mañana, y nos retuerce el frío las mejillas hasta dejárnoslas coloradas, y antes de separarnos me aprietas la mano como yo hacía con la de mi madre la primera vez que me llevaron al hospital. Amígdalas. Anginas, que las llamábamos en nuestra tierra. Luego te veo partir hacia el día sin noche; te dejas engullir por el suburbano para llegar al hogar de la vida, la muerte y las batas blancas y no regresas hasta el día después, con las ojeras puestas a secar al sol en tu fachada y la piel menos transparente cada vez. Más dura, más curtida.

Sentado frente al ordenador, siempre, todas esas noches solitarias, pienso que debería quedarme escribiendo como si no fuera a amanecer a las pocas horas. Empezar una novela larga, el texto fundacional de una nueva escuela, las memorias de la interesante vida que nunca he tenido. Es lo único que me haría permanecer a tu altura. En el mejor de los casos rasco un mal poema o dejo escrito algún relato de cuatrocientas palabras. Luego me quedo sin palabras y sin alcohol en las venas, hace huelga la calefacción, se cuelgan de mis párpados los paracaidistas de Morfeo y saltan al vacío.

Mientras tanto, tú salvas niños, te manchas de sangre tus manos blanquísimas, corres por los asépticos pasillos con los zuecos que te regalé, aquellos que no te gustaban, discutes procedimientos quirúrgicos. Y no duermes. No sé cómo lo haces, con lo que te encanta abandonarte al sueño, con lo bien que se te da esconderte entre las sábanas y que no pueda penetrar bajo ellas ni el más duro de los vehículos acorazados.

Esta noche es una más de tus noches en vela. La línea de la luz ha ido descendiendo, el día ha bajado la cortina y ha quedado ya detrás de los edificios. He abierto una página en blanco y he hecho un poco de café.

Vamos allá.

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