Mi estática presencia está confinada al umbral de mis oraciones, a la armonía forzada de mis horas de desvelo en las que veo escurrirse los minutos entre los pliegues de mis dedos, para encontrar dentro de la sombra de la realidad que me aprieta los nervios un poco de confinada cordura. Y yo sigo aquí y lo hago con la insana decencia de ser algo más que perturbaciones y asombro, con la esperanza de representar entre la amargura, las horas de felicidad que pagan mis sueldo. Vivo, o mi corazón palpita en la danza etérea que postra mi subconsciente plácidamente frente al desconcierto y mis ojos se cierran al mundo que me fue arrebatado con tu partida. Los autos avanzan, las pláticas de la gente se clavan en mis oídos como una barrera contra el palpitar constante de mis propios pensamientos. Y yo no se ser otra cosa que estas agobiantes eternas horas de existencia e incierto, intento, intento y caigo siempre por las mismas grietas que profieren la veracidad de mi ser gastado. Mi mente me traiciona y cubre de sangre mis mejillas en un momento de incomodidad perecedera que tatúa mi confianza y mis gestos al chocar con un extraño. Inhumano despertar exhalando mis torpes manías, las que alguna vez disfrazaste de virtudes.

Y llego a mi casa después de un largo caminar entre las sombras del mundo que me recuerdan que el día agoniza y perecerá antes de que pueda saborearlo. Y busco cuentos de amor y gloria que me confinen a mis tempestades más abruptas, a mis fantasías más agónicas, a ti y a lo absurdo de tu recuerdo. Es curioso cómo las virtudes pueden apreciarse en otras manos y en otros labios que profieren las historias más prolíficas.

Me siento frente al plasma de mi vida tratando de descifrar el código encriptado de la existencia misma, buscando entre el mundo fantasma despojos de humanidad para reconstruir un ser perfecto, como el que fuiste tú.

Es tarde, la noche culmina con el eco de la luna que mancha de tiza el terciopelo oscuro de la bóveda estrellada y yo sigo despierta. Camino sin cesar por los tres rincones de mi casa como animal enjaulado en la espera de un poco de agua. Camino porque las horas me asustan, por que la noche despide ese aroma a sangre que me desquicia la memoria. Basta. Basta de todo. Basta de ti.

Me meto a la cama con la esperanza de que la inercia me ayude a calmar las ansias que me produce estar sola desde aquel día en el que dejé de articular tu nombre, pero la luz permanece encendida, como si con ello mi resquemor hacia tu persona permaneciera oculto entre los pliegues oscuros de mis sábanas de seda.

La noche avanza siento su caminar entre mis facciones insomnes, siento sus pasos sobre mi almohada y escucho su risa entre mis cabellos, escucho el eco de tu nombre que se escurre por las paredes, escucho el grito helado de tu voz que me levanta de la cama. Estoy sudando, el aire enfría mi piel y acelera aún más mi respiración entrecortada. Es un sueño nada más, el eco de tu persona, es un sueño, el eco de tu voz y de tus manos, un sueño.

Miro el reloj, aún tengo esperanzas de dormir un poco ya que la luz no se ha acercado a la ventana, pero permanezco inerte, con los ojos fijos en la mancha de humedad gris que hay en el techo, con el eco de aquel grito clavado en mis oídos, la reverberación de aquel instante que pretende volver junto con mi insomnio. Basta.

Me levanto de la cama, camino hacia la cocina dejando que el frío penetre mi cuerpo a través de mis pies descalzos. Tengo que olvidar tu nombre y tus manos, aquellas caricias que jurabas sólo mías y las noches de desvelo ceñida a tu cintura.

Pero al acercarme a la cocina escucho el rechinar de tus dientes y el golpe seco de tus cabellos de sol contra el jarrón de la cocina sostenido entre el tremor frenético y frágil de mis débiles manos. Y veo nuevamente tu imagen, tendida entre el rojo encendido de mi amor al consumarse, rendido ante mis delicias y consuelos, rendido ante aquella caricia que te hizo el prisionero de mi casa. Basta. Que ya amanece y con la luz regresan las mentiras. Las horas de incierto que me profirieron tus labios, las noches de insomnio entre tus falsas caricias, tu rostro informe y efímero con lengua bífida y ojos de cielo.

Amanece y el eco de tu sombra me abraza junto con la luz del alba, me sonríe y se clava frente a mis ojos incapaces de olvidarte, y me preparo para un nuevo día entre las sombras y cargo en cada paso las cenizas de tu carne, y me confino al umbral de mis oraciones, a la armonía forzada de mis desvelos para encontrar dentro de la sombra de la realidad que me aprieta los nervios un poco de confinada cordura. Amanece.

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