No.

Una sala de juntas bien iluminada debido a la ventana de piso a techo con persianas corridas. Del otro lado de la mesa, un ejecutivo pulcramente vestido y con excelentes modales esbozaba una educada sonrisa, sin malicia.

– No podemos aceptar su renuncia.

No era momento para un cambio de proyecto, la junta directiva estaba conforme con los resultados, el plan se estaba cumpliendo, los involucrados éramos los indispensables.

– Estamos dispuestos a renegociar, esto incluye su contrato o cualquier cosa que afecte su estadía.

Su forma de pronunciar “cualquier” me erizó la piel. No sé de qué pueden ser capaces, pero mi imaginación es lo suficientemente grande para temer ese “cualquier cosa”.

Empiezo los movimientos propios para retirarme, mientras doy por terminada la reunión sin abrir la boca.

– Gracias por compartirnos sus intenciones, recuerde que estamos a su disposición. Usted sabe cómo localizarnos cuando así lo requiera. Hasta pronto.

Afuera un pasillo alfombrado, puertas sin número, oficinas a prueba de ruido; en estas instalaciones se garantiza la privacidad. La puerta del elevador me espera abierta, mi tarjeta de acceso señala el piso en el cual me están esperando para regresarme a casa.

El trayecto es silencioso, afuera el tráfico, las ventanas cerradas a prueba de todo.

Se abren los seguros, puedo salir.

– A su disposición, señor. Buenas noches.

Se despide el chofer amablemente. Todos son amables, ése es su trabajo, o mi paranoia.

Hace varios meses encontré una página: “Escritores Anónimos”, el sitio ideal para publicar mis intentos de cuentos sin exponerme a la burla de mis conocidos y obtener retrospectiva honesta basada en el anonimato.

La página tiene pocas opciones de interacción para los usuarios; estos sitios suelen ser sociales (todos usan máscaras, pero hablan unos con otros). Pero este no es el caso, sólo tenemos una barra de comentarios al final del texto que suele permanecer vacía y foros encriptados para los usuarios Premium.

Los comentarios que recibo son a propósito de la forma subjetiva en la que escribo. El comentario más común es: “sé para dónde vas, es muy simple”; otros no son tan amables, uno de los que más me gustó fue: “eres como una ventana sucia que no termina por esconder nada”. Me gusta y funciona esta comunicación.

Corregí algunos textos haciendo caso a las recomendaciones, comenté algunos otros; nunca entré a los foros, no me gusta la interacción inmediata. Recibí invitaciones para escribir a cuatro manos o en alguna forma epistolar, a lo cual siempre respondí con “Leído” en el estatus del comentario.

En el tapete de mi puerta un papel doblado por la mitad con una leyenda escrita a mano con tinta azul en una perfecta letra cursiva.

“Le queremos contratar, ponga el precio”.

Sonreí igual que cuando uno oye una vieja broma sobre su persona. Releí la nota, abrí mi puerta, no había nadie, no supe a qué hora dejaron la nota; mi puerta no tiene número, probablemente era un recado para algún vecino que no conozco. Realmente no conozco a ninguno de mis vecinos.

Salgo al supermercado para comprar mis víveres habituales: pan, carnes frías, aderezos, café y té. Regreso; después de meditarlo estoy seguro de que la nota no es para mí, la dejo fuera de mi casa en el centro del tapete para dar a entender a quienquiera que la dejó que estoy seguro de su equivocación; sin molestias ni rencores se la devuelvo.

Voy al cajero automático a secar un poco más mi ya muy venida a menos cuenta de ahorros; este tiempo de búsqueda de empleo sólo me ha dejado claro cómo gasto dinero. Hace poco todo lo pagaba con las tarjetas, despreciando el efectivo y renunciando a cargar con él. «¿Para qué el efectivo cuando todos usamos tarjetas?», era una de mis sentencias favoritas. Ahora rehuyo de mis tarjetas y pago todo con efectivo, me da esa sensación de tener control sobre mis finanzas, como abrir y cerrar una llave mientras controlas el flujo el agua.

Mi saldo no es el que esperaba, ni el que recordaba; imprimo el comprobante, no hago ningún retiro y subo a la sucursal bancaria. Agradezco mi sentido común y mi buen tino por haberme bañado y salir a la calle usando ropa limpia, no se me da muy seguido.

Los ejecutivos de atención al cliente están siempre ocupados, con sus sonrisas automáticas. Espero mi turno, diez minutos después:

– ¿En qué podemos servirle? … Claro, no se preocupe, permítame realizarle unas preguntas de seguridad, ya sabe cómo es esto, es por su bien.

– Efectivamente, aquí podemos ver su saldo y es igual al de su comprobante.

– Entiendo, permítame revisar las transacciones.

– ¿Quiere que le imprima el resumen de movimientos?, no tiene ningún costo.

– ¿Algo más en que podamos servirle?

En casa de nuevo, me queda muy claro que todo esto debe ser un error. Me tranquilizo, continúo con mi rutina de buscar rezando no encontrar y disfrutando de mis vacaciones obligadas.

Sigo publicando en el sitio bajo el mismo número de usuario; las historias crecen, parecen capítulos de una misma obra, ya no me da tiempo de revisar los comentarios. Las letras fluyen, hay que aprovechar estas tormentas antes de que lleguen las sequías.

El dolor de cabeza me recuerda el hambre, las páginas me han llenado pero el cuerpo reclama; el refrigerador está vacío, la alacena también.

En el tapete una nota, perfectamente doblada por la mitad, un mensaje escrito a mano en tinta azul con una perfecta letra cursiva.

“Muy buen trabajo, siga así”.

De nuevo me confunden con el vecino del buen trabajo, no me gustan los halagos y menos recibir los que no me corresponden. Dejo la nota en el tapete frente a mi puerta.

Repito la rutina del cajero, trato de no hacer gestos, cara de jugador de ajedrez; imprimo el saldo, subo a la sucursal, el joven ejecutivo me reconoce.

– Adelante, por favor, no se forme.

La gente voltea y nos quiere matar con sus miradas de desagrado, pongo cara de no saber por qué me trata así, pero lo sé.

– ¿En que podemos ayudarle?

– ¿Sigue el mismo problema? Permítame hacerle las preguntas de rutina.

– Veamos, sus movimientos, se los imprimo. Claro, no es ninguna molestia. Vaya, qué error tan desafortunado lo persigue.

– ¿Algo más en lo que podamos servirle? Permítame darle mi tarjeta, quedo a su disposición.

– Hasta pronto.

Hablo con mi padre de la situación, nos comunicamos muy poco, pero siempre hemos confiado el uno en el otro en estas materias; no es que estemos acostumbrados a situaciones similares, pero en cuestiones monetarias confiamos en nuestro criterio mutuo, en otros terrenos tenemos opiniones dispares. Sé que hablará con mi madre al respecto, espero que no se preocupen, ya sabe que intenté regresar el dinero, pero me dicen que el número de cuenta no existe a pesar de seguir las referencias que están en mi estado de cuenta.

Regreso a casa, ensayo mi letra, tiene mucho que no escribo a mano; pruebo todos los bolígrafos que tengo en casa, opto por uno de los confiables. Tomo una ficha bibliográfica de las que solía llenar para mi biblioteca (apenas un par de libreros que no terminan de tener una clasificación). Escribo lo que creo pertinente y dejo la tarjeta fuera de mi casa, justo en el centro del tapete. En mi cabeza: la imagen de un náufrago lanzando una botella con un mensaje dentro al mar, sin saber si éste es el mar en el que se puede enviar mi mensaje embotellado.

Tocan a mi puerta.

– Su auto lo espera en la puerta.

Recibo un correo electrónico de Hacienda, me solicitan mis últimas declaraciones de impuestos, las cuales no tengo porque me di de baja temporal debido a mis vacaciones obligadas; no tengo ingresos aunque mi cuenta de banco diga lo contrario. Tengo diez días hábiles para presentar la documentación correspondiente.

Hablo por teléfono con el ejecutivo bancario, él muy amablemente me comunica con el gerente de la sucursal, ambos me dan el mismo discurso. Es imposible reversar los depósitos de mi cuenta porque todas las cuentas de las que provienen parecen estar cerradas o las instituciones de las que proceden no autorizan la transacción.

Me intento asesorar, los fiscalistas a los que consulto se ríen de mi problema; nadie se quejaría si recibe depósitos semanales por esas cantidades, y si eso sucediera, harían los recibos de honorarios por esas cantidades y se los quedarían, de esa forma ante el fisco mi ingreso estaría justificado. Yo me niego a hacer eso, de ahí su risa.

“Escritores Anónimos” te asigna un número de usuario que puede cambiar cada vez que ingreses un texto si así lo deseas, o mantener tu primer número asignado. Cuando te registras, el sitio te remite a sus servicios de ocultamiento de dirección IP, una vez completo esto, puedes hacer uso del servicio. Llevan el anonimato a un nivel que no esperaba. Para poder leer cualquier texto anónimo debiste subir en primer lugar un texto, compartir; para juzgar primero te tienes que exponer a ser juzgado. No sé cuántas personas alimenten un sitio como estos, pero el flujo de escritos es impresionante.

Reviso mi correo electrónico, no hay respuestas a los currículums enviados. Reviso mi bandeja de correos enviados para revisar a cuál de las vacantes intentaré insistir; veo correos de recibos de honorarios profesionales digitales y un correo al fisco con un archivo anexo.

Salgo a caminar, a despejarme, a poner las cosas en perspectiva, como si pudiera imaginar la foto completa, uno de esos momentos en los que todo encaja, como en las películas, cuando de fondo se escucha la música incidental y en la edición nos ayudan con fragmentos de detalles pasados en los cuales no nos habíamos detenido en su momento, un modo de representar el aún desconocido funcionamiento de la memoria en nuestros cerebros y eso hace que todo se ubique en su lugar… No sucede, no en este caso.

Ingreso al servicio de chat de Hacienda:

– Por favor, su número de contribuyente.

– Sus declaraciones fueron presentadas el día de ayer a las 17:03, como dice claramente la confirmación que le enviamos a su correo electrónico.

– Gracias por presentar su documentación en tiempo y forma.

En el buzón de correo no deseado está el correo de confirmación de Hacienda junto con varios recibos de donaciones a asociaciones civiles que no conozco. Hago un ejercicio rápido, una conciliación entre esos donativos, el estado de cuenta que me imprimió el ejecutivo del banco y mi estado de cuenta actual; el ejecutivo me tramitó mis accesos de banca en línea. El saldo es el mismo, los movimientos son diferentes.

El fisco me responde, al parecer solicité una devolución de impuestos, la cual va a proceder y el depósito será realizado en los próximas dos días hábiles, a más tardar.

Apago el servicio de datos de mi teléfono, desconecto el módem de casa y cierro la conexión inalámbrica de mi computadora. Empaco, me voy a casa de mis padres. Todo esto empezó de la nada y así debería terminar.

Me levanto del lado izquierdo de la cama, solía levantarme del lado derecho, son de esos pequeños cambios de los que eventualmente te das cuenta. Reviso mi teléfono, aún tengo esa manía. Está nublado, salgo a correr, a pensar; el aire frío es bueno para pensar.

Logré lo que quería, a todas luces tengo la vida resuelta: dinero en el banco, situación fiscal en orden, al parecer tengo un trabajo que cumplo con creces, aunque no tengo idea de lo que estoy haciendo, creo que eso nos pasa a todos, pero yo recibo un pago por eso. Pienso más a fondo, creo que todos estamos en una situación similar aunque la mía parezca absurda; mi inspiración está funcionando de buena forma, todo está perfecto, salvo el hecho de no elegir, no hice nada para alcanzar este confort.

Regreso a casa, conecto el módem, entro al sitio de escritores, subo en un solo archivo lo que escribí en ese periodo fuera de línea. Reviso mi correo electrónico, tengo una entrevista programada para mañana; investigo un poco de la empresa, sigo con mi revisión de buzón, varios correos de propaganda, cadenas, la basura digital habitual. En el buzón de correo no deseado más recibos de donaciones, al parecer soy un ciudadano modelo. Abro uno de los correos y marco a la asociación:

– Buen día, está usted hablando al albergue para animales “La casa del gato”.

– ¡Oh, es usted! ¡Muchas gracias por esa donación!, la operación de cadera de “Alfonso” salió muy bien. ¿Quiere venir a conocer el lugar y saludar a estos angelitos que ayudó a salvar?

Estoy molesto por no haber elegido nada de esto; claro que lo hubiera hecho, de haber podido. Soy un pasajero.

Me presento a la entrevista:

– ¿Cuál sería su trabajo ideal?

– ¿Qué haría para mantenerlo?

– Muchas gracias por venir, nos pondremos en contacto con usted.

El día de hoy me di cuenta de que la única forma de extraer información de este sitio es transcribirla a mano; las capturas de pantalla aparecen con los márgenes del sitio, pero el texto completamente subrayado, como los archivos confidenciales de cualquier agencia de investigación que a los productores de películas o series se les pueda ocurrir. La función de copiar el texto está inhabilitada, de hecho no permite tener ningún procesador de texto abierto al mismo tiempo, ni algún otro sitio.

¿Qué sé acerca de “Escritores Anónimos”? Una búsqueda rápida en Google me dice que no hay nada especial en este sitio, ya que no aparece en las primeras diez páginas de resultados. ¿Cómo la encontré?, recuerdo el link pegado por un usuario anónimo en un sitio de reseñas literarias que solía visitar para confirmar que alguien más leía los mismos libros que yo y confirmaban mis gustos y disgustos, en fin, un placebo, yo no escribía reseñas, pero las leía. Buscaba una frase que creía recordar de la reseña de un libro que no había sido de mi completo agrado; leí una discusión entre dos usuarios, ambos tenían puntos a favor, era un diálogo divertido: el reseñista argumentaba que estaba en todo su derecho de hacer reseñas kilométricas, el usuario enojado le concedía ese punto, pero su batalla era que este sitio en particular no era el lugar adecuado, etcétera, etcétera, etcétera. Después de una entretenida lectura de 40 minutos, un post anónimo con el link.

Esto se parece mucho a ver por la ventana de un tren, vagón del metro, o cualquier otro transporte que no manejas, pero usas para llegar a algún lugar en específico, como un pasajero. Tu ticket es compartir, exponerte; la ventana es la pantalla del ordenador, el destino para mí, la retroalimentación y un extra por los comentarios. Ya que lo pienso así, es algo patético por el anonimato.

En el tapete una nota, perfectamente doblada por la mitad, un mensaje escrito a mano en tinta azul con una perfecta letra cursiva.

“La ausencia como forma para crear expectativa, simplemente BRILLANTE. Siga así”.

Dentro de todo lo perfecta que es esta situación hay una duda que no me permite disfrutar y vuelve todo artificial a mis ojos. ¿Quién? Me siento como adolescente que se cuestiona todo, hasta su felicidad infantil que hace pocos días era su única verdad. Aunque, pensándolo bien, o pensándolo más, obtener esa respuesta que ahora creo como “final” me abriría más dudas, y así sucesivamente. La certeza de la duda es lo que obtengo con este anonimato y ya no la quiero.

Le pido ayuda a mi madre; crecí con muchos comentarios acerca de la belleza de su letra cursiva, nunca me lo pareció hasta ahora.

– Madre, ¿me puedes escribir… en una hoja, le tomas una foto y me lo mandas?
– Claro, ¿te urge?, porque estoy preparando la sopa.
– No, cuando tengas tiempo.

Practico mi letra cursiva, trato de escribir espontáneamente esta palabra tan pensada. Abro mi puerta y dejo la tarjeta perfectamente doblada por la mitad en mi tapete de entrada con un “Gracias.” Y mi firma.

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