En febrero de 2015 a Oliver Sacks le informaron que le quedaban seis meses de vida. En consecuencia a esta noticia, el profesor de neurología que transformó la narrativa médica de nuestro tiempo, publicó una serie de ensayos donde se reconciliaba con el mundo; uno de estos ensayos fue: “De mi propia vida”, donde apunta: “En los últimos días he sido capaz de ver mi vida desde una gran altura, como si fuera un paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de que todas sus partes están conectadas. Aunque eso no significa que ya no quiera saber nada de la vida. Por el contrario, me siento intensamente vivo, y quiero y espero, en el tiempo que me queda, estrechar a mis amistades, despedirme de aquellos que amo, escribir más, viajar si tengo fuerzas y ser capaz de comprender y conocer más y mejor. Para ello hará falta audacia, claridad y llamar a las cosas por su nombre; intentaré saldar cuentas con el mundo. Pero también habrá tiempo para divertirse (e incluso para hacer un poco el tonto). De repente veo las cosas con claridad y perspectiva. No queda tiempo para lo superfluo. Debo concentrarme en mí mismo, en mi trabajo y mis amigos. Ya no veré cada noche el noticiero de televisión. Ya no prestaré atención a los políticos ni a los debates sobre el calentamiento global. No se trata de indiferencia, sino de distancia”. Estas palabras encajan en lo que pienso cuando observo la manera en que el despertar de la conciencia social del timeline de mis redes sociales va mutando de los problemas con la CNTE, a la solidaridad con Oaxaca, la preocupación por el Brexit y el ejemplo de la firma de paz en Colombia.

Empero, el tren del mame tiene muchos vagones y siempre tiene lugares para pasajeros. Sin embargo, hay una cosa cierta, y es algo que me dijo una amiga “creo que si todos encontráramos la belleza de lo que somos y con eso tener un verdadero amor propio muchas de las cosas que nos lastiman como sociedad no pasarían”, es decir, a mi la preocupación de la gente por los problemas del mundo me parece importante, pero quizá también podría ser relevante en nuestras vidas el detenernos a pensar ¿Qué tan imbécil soy?¿Qué tan mala persona soy con las demás personas?, esto claro sin que con ello pensemos que tenemos una severa superioridad espiritual, al contrario, debería servir para poder cambiar nosotros y poder cambiar a los otros.

Todos los programas de combate a las adicciones inician con un primer paso: la aceptación de la enfermedad. Quizá, al igual que lo hacemos en el ágora de la web, ésta sería la posibilidad de iniciar nuestro propio programa, aceptar nuestros pesares y actuar en consecuencia, pues no se trata de indiferencia, sino de distancia, y desde la distancia, a veces uno ve más y hace más.

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