Por: Yair López

Generalmente mis besos saben a café, a las 10 del noche siempre me llega una marejada de sueño que me marea al punto de quedar dormido en cualquier sitio. En algunas ocasiones en contra de mi voluntad o de mi cuerpo, ponía alarmas biológicas para despertarme a media noche. 
Ella puede dormir mucho, yo estoy maldito (duermo y no descanso). Dejaba que fumara mariguana para que su sueño fuera más profundo, poner mi alarma y así tener ventaja. Durante la semana, comencé a abrazarle menos cuando dormíamos juntos, la entrené para que no me extrañara durante mis expediciones nocturnas.
Salí con una sudadera negra y una gorra, soft pants y unos sneakers. Un contenedor de pet de 5 litros y 1.5 metros de manguera. Desde que tengo uso de razón, recuerdo verme fascinado por las anomalías. En mi barrio de toda la vida, por ejemplo, organizaba expediciones con mis amigos al castillo. Una deformidad que rompía con esa cama de concreto de interés social, una propiedad en semi abandono, en bicicleta o caminando llegábamos para contemplar su torre. Casi podíamos confirmar que escuchábamos gritos de horror provenientes del calabozo del castillo. Por ese mismo tiempo hasta que cumplí 10 años, ininterrumpidamente viajábamos a Tepic todas las vacaciones: Santa, Verano y Navidades… Los primero años, recuerdo las incomodidades de dormir en casa de la abuela hasta que mis padres compraron la casa de mi bisabuelo. Ahí fui consciente de las tejas, la madera y las paredes enormes de adobe. El viaje era largo, antes de la súper carretera, las colchonetas y las almohadas mitigaban el letargo. 
Ahora mismo será prematuro decirlo, pero soy una especie de perro de la calle, que tiene un tipo de suerte extraña y la gente le permite pasar a su casa, lo alimenta y cuida de él. Es decir, soy una bestia de hogares temporales, no me sé estar en paz…
La segunda ocasión que viaje en avión, tenía 11 años y lo hice solo, fui a Tijuana para encontrarme con mi tío, quien ensamblaría mi primer computadora. AMD K5 con 4 gb de ram y 256 mb de disco duro, unidad de CD ROM, tarjeta de sonido. Corría windows 95, tenía Duke Numkem y MDK, además algunos contenidos multimedia en CD. La arquitectura tecnológica más que mi casa fue una especia de refugió, una suerte de casa en el árbol que nunca tuve de niño. Lo más parecido fueron unas tablas que encontré clavadas y que funcionaban como banca casi en la punta del tamarindo en la casa del pueblo. 
Mi primer propiedad fue un comodato que conseguí en la azotea de la casa de mis padres para construir un refugió con plástico, madera y ladrillos. En las alturas me fascinaba tener unas vista clara del paisaje, escuchar los ladridos de los perros, los carros en la avenida etc…  Aquel refugio que no era tan solido termino disolviéndose por la teoría de mi madre quien argumentaba que era un refugió de mariguanos. Años más tarde me di cuenta, que el refugio lo usaba mi viejo quien a su vez años más tarde encontró en como pretexto perfecto la palabra medicinal para justificar su afición al cannabis.
Antes de terminar la preparatoria, trabajé con Arturo en una pequeña empresa que se dedicaba a reparar computadoras. Ahí Panda y yo, dos teeneagers del furioso barrio tapatío, Oblatos, lucharían contra un estudiante del TEC. Whisper, era su nickname y era como un Sheldon Cooper, pero sin sentido del humor. Panda, resentido, quizá, cada que tenía oportunidad le hacía una maldad a la flamante Thinkpad de Alejandro que en esas fechas era fabricada por IBM y costaba más que lo que Panda y yo pudiéramos tener juntos en aquel momento de nuestras vidas. Recuerdo ver a panda sentado en ella, poniendo sus genitales en el teclado e incluso romper la bahía de expansión con un desarmador.  Crack.
Bastaba vernos a los dos por la calle, como para bajarte de la banqueta, cambiarte de acera o salir corriendo. Después trabajé en una estación de radio hasta que terminé la prepa. Y entonces vino la universidad, en Puerto Vallarta, de donde voy y vengo, pero nunca huyo, porque lo reconozco ahora como mi casa. En un principio viví en los condominios Marbella, luego en el centro, tamarindos, ixtapa, cinco de diciembre, Versalles, villas universidad y las juntas. Las ultimas tres mudanzas las realicé con la ayuda de mi amigo Pedro en un bocho amarillo. Era impresionante ver tanta mierda acumulada y como cabía en ese escarabajo de metal.
En oxford, viví con Pepe, mi mejor amigo de la infancia, era un departamento barato en un edificio de gente mayor y perdedores que vivían de la pensión del gobierno. Para un par de dreamers, era un espació confortable y que nos permitía ahorrar dinero. Mi susto fue cuando pepe me pidió que llevara al Cabe a cambiarse el pantalón a su casa porque se le había roto del culo. 
El cuarto del cabe era un closet, ahí estaba su cama, hay que mencionar que más de la mitad quedaba fuera. Era un recorrido espacial entre latas de cerveza, restos de comida, ropa sucia. En ese momento me di cuenta de la realidad, cómo viven las personas que llegan a otro país con la intención de hacer dinero y no tienen un amigo que los reciba en su casa. Esos apartamentos, se convierten en ciudades sobre pobladas, llenas de conflictos sin planeación y mucho menos privacidad, donde paradójicamente la población vive feliz.
En Madrid, viví en un pisó de cinco cuarto y un sólo baño en ciudad universitaria. El barrio, lleno de fiesta y de ruido, donde las primeras noches además del jet lag fue imposible dormir. Sacar un turno en el baño, era como ganar la lotería, había que tener suerte. Aprendimos a mear en botellas y defendernos de los mala copa aventando botellas por el balcón. En Nueva York me hospedé en el loft de José un puertorriqueño con el que terminé hablando de música experimental, Calle 13 y fumando hash mientras escuchábamos el disco black sea de Christian Fennesz. Daniel nos corrió de Juiz de Fora en Brasil a Elías y a mí, quizá por ser los más morenos, nos aventó en Rió de Janeiro en casa de Pedro, un sonriente saxofonista carioca con la mejor buena onda y ánimos de recibir a dos aztecas que naufragan. Nos perdimos entre los claro oscuros de Río para buscar un pantalón de Capoeira que Elías había prometido a una bailarina de danza contemporánea. En Alemania, Nora dejaba la ventana abierta en el invierno, para que el frió me despertara. Ella se encontraba trabajando en su oficina ubicada en el primer piso de la enorme casa y aveces regresaba a la cama para reclamar la calidez que los germanos no conocen ni de broma. En un barco militar compartí camarote con Adán, y luego con Sócrates. Después como castigo nos mandaron a todos los investigadores a un camarote compartido, nos metieron a los 10 es una sala grande repleta de literas. No me podía quejar, porque había probado meses antes las mieles de un buqué británico, donde tenía un camarote para mí solo y todo lo había en abundancia. En Maraika viví un mes descalzo, entre el océano y la selva, sin ventanas y cobijado con el amenazante sonido de la mar. En Escocia, me rentaron un flat en la ciudad de Glasgow dentro de un distrito bastante bien ubicado. Después me aventaron tres semanas en un pod muy aislado de todo para que me pusiera a producir arte. Debo decir que la primer semana, me la pase leyendo, tomando largos baños dentro de la bañera con un gin tonic al lado.
Creo que para finalizar, sólo puedo decir que soy un pésimo prospecto de cliente, porque aunque soy capaz de adaptarme a cualquier situación soy muy demandante. Más que una casa, podría pedir una mochila o algo similar. Un artefacto, donde quepan todas las cosas que necesito para trabajar en cualquier parte además de tener mis objetos personales y todo lo que siento que voy a necesitar aunque en realidad no lo termine usando. 
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Yair López, actualmente estudia el Doctorado en Ciencias, es Maestro en Ciencias en Geofísica por la UDG. Combina el error, datos geofísicos y la poesía materializando piezas sonoras y audiovisuales. Como investigador ha publicado artículos científicos en el Seismological Rerearch Letters y es autor del libro: LOS TERREMOTOS NO MATAN, LOS EDIFICIOS SÍ. Ha trabajado como curador en Irlanda del Norte, Estados Unidos y México. Además, de haber sido artista residente en: CMMAS, Maraika‐Indocumentados y en Cove Park (Escocía) residencia en el marco de SHUM: Seeing, Hearing UK Mexico, un programa de intercambio artístico de CMMAS y Cryptic, en colaboración con The Anglo Mexican Foundation – Anglo Arts y British Council Mexico.

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