Hace unas semanas, viajando de Apizaco a la Ciudad de México para dos conciertos previos -uno en cada ciudad- al Encuentro de Música Experimental y Arte Sonoro organizado por VOLTA en Tlaxcala, conversábamos de diversas cosas y entre ellas surgió un comentario de Mat (MAREABOBA), quien decía que en su proceso si algo le resultaba bonito, lo tiraba a la basura, comentario que todos en la camioneta festejamos. Y es que no sé hasta qué punto los demás compañeros de viaje pensaran en lo feo como categoría estética que identifique su trabajo, pero para mí, de alguna forma, lo gacho puede ser agradable, suelo decir que me gustan algunas cosas por cutres, raspas, piratas o corrientes.

Para el contexto del viaje, todo aquello que no es fácil de digerir era normal y eso me hacía sentir cómodo, pues el dueto que tengo con Carlos Chinchillas (MIDI/VIDI/CIRCUIT) suena brutal y estruendoso, lejos completamente de la armonía que tan placentera puede ser para muchos.

Por otra parte, también hay que aclarar que MAREABOBA, a pesar de ser una oscura, densa y pesada acid cumbia, tiene un affair tétrico o de amor/odio con el bit y que de las manipulaciones electrónicas de Manrico Montero salen texturas deliciosas de drone, ruido elaboradamente texturizado, atmosférico y elegante que envuelve todo el espacio.

Así entonces, podemos decir que lo que para unos es feo y lastimero para otros puede ser agradable, satisfactorio, no bonito pero apreciable; o como bien dijo alguna vez Masami Akita: “Si por ruido nos referimos a un sonido incómodo, entonces la música pop es ruido para mí”.

Por esos días andaba bastante satisfecho por la idea de la fealdad y recordé que hace tiempo salió la revista COMBO bajo la temática de lo “feo”, en la que colaboré con un texto sobre Gustave Courbet que concluía: “El origen del mundo de Gustave Courbet es un parteaguas en el arte universal por su fuerte golpe de realidad, frente a la mojigatería social ocultadora de lo impúdico, de la locura, de la fealdad, de la genialidad; tanto Courbet como Caravaggio, o Goya-con sus pinturas negras-, han sido trascendentales navajas de ruptura y dignos defensores de la llamada “fealdad” dictada por los paupérrimos cánones sociales de su época, siendo así inspiradores de pensamientos más amplios. Courbet aparece para los protoimpresionistas y con ellos surge la explosión del arte moderno y las vanguardias hasta llegar a algunas manifestaciones del arte contemporáneo, siendo dignas descendientes del origen del mundo, por su inteligencia, su agresividad, por su genialidad, pero por sobre todas las cosas, por ser todos hijos de la fealdad”.

Así es, me regodeaba; en mi mente venían uno tras otro: Divine, John Waters, El Muerto de Tijuana, el de las tachas y el perico, la Cumbia del Monje, las instalaciones de Thomas Hirschhorn, pinturas de De Kooning y Jenny Saville, el Show de Rocky horror, los personajes de Paul McCarthy, Arnulf Rainer y sus fotografías intoxicado, cuando de pronto… me salió el tiro por la culata.

Me dolieron los ojos, el espíritu y la pachucaneidad. Orgullosa como si supiera de mi aprecio por la fealdad, se mostró apabullante y desparpajada como cita a Paulo Coelho en capítulo de “Mujer: casos de la vida real”: una pretendida paloma, materializada por herrajes antes empuñados como armas de fuego y posteriormente intercambiados por algún otro bien material, acción emprendida por el ejército y que tiene como fin sacar del cotidiano estos instrumentos de violencia, lo cual es muy loable, pero que no viene al caso en el tejido de este texto. Así que, volvamos al tema. Pues sí, ahí estaba frente a mí, en pleno parque Hidalgo, con su ramita en el pico pintada bien verde, teniendo como pedestal y respaldo una construcción cubierta de azulejo negro; en total, supongo que dicho adefesio -en el sentido más despectivo que usted pueda imaginar- ha de medir 4x3x3 metros. Como diría Juan Gabriel -ya que andamos por estos o rumbos-: “¿pero qué necesidad?”.

Esta invención muy estética, viéndola desde una categoría de lo grotesco, lo cómico o lo trágico, no puede ser sino la invención de una mente pobre, mediocre, ignorante y con un bagaje cultural muy por debajo del que permiten los primeros años de la infancia. No hay un criterio inteligente, ni en la forma, la coherencia espacial, conceptual o la pertinencia en cuanto a lo social y el espacio público. Me da escalofrío pensar cómo nuestra ciudad se está convirtiendo en el sueño expandido de una abuela kitsch que guarda los recuerdos de los 15 años, bodas y bautizos en la vitrina, siendo que la paloma en miniatura seguro le iría bastante bien a un pastel de bodas o un arreglo floral.

Por ello es que ahora reflexiono que no es por lo feo que me atraen ciertas situaciones u objetos, sino por lo que son frente a diferentes circunstancias, pensando que todo objeto sea físico o conceptual corresponde a una función, y por ello es que muchas veces ser contestatario, contracultural o anti-algo, es la estructura que los sostiene, los hace funcionar como objetos y verse, escucharse o saborearse de esa manera. Ahora me siento confundido en cuanto a la fealdad y por ello concluyo preguntándome: ¿cuál es la función de este objeto y muchos otros que se nos han impuesto?, ¿a quién ha beneficiado la imposición de estas cosas?, ¿cuántos más de esta naturaleza aparecerán por nuestra ciudad para justificar el presupuesto?, y en dado caso: ¿qué es lo más feo de esta situación?

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