En últimos días el nombre de Hermann Nitsch ha gastado la saliva de múltiples neófitos e ignorantes del arte. El museo Jumex -tras mostrar Autoconstrucción, de Abraham Cruzvillegas-, en marzo de 2015 nos regalaría el placer de apreciar entre sus muros la obra del artista austriaco; pero no, al parecer los litros y litros de saliva que han fluido lograron disolver las intenciones -pertinentes y acertadas- de llenar el museo con la inteligencia del accionista vienés.

Como aseguró hace unos días Carlos Amorales en el periódico Excélsior -tras ver el anuncio de la exposición-, “varias personas buscaron su nombre en Google y después de mirar las impresionantes imágenes sangrientas en las que se ven rituales con cuerpos de animales, acusaron al artista de ser un hombre cruel y exigieron la cancelación de la muestra mediante una petición de change.org”. Se trata de una suerte de activistas como guerrilleros de fin de semana, que hablando entre manoseos a sus smartphones y persignadas, critican y arremeten contra manifestaciones que no son propias de su bagaje cultural, ni tan cortas para el recoveco existente entre los blinkers que usan al deambular en óvalo.

A estos personajes los imagino como a aquellos hipsters de los que hablara el poeta Daniel Fragoso en su libro Oficio de estar solo (2014), mismos que “gustan de las causas nobles por las que pelean en aguerridas batallas verbales…”, interpretando a su forma el budismo y haciendo uso de “su fuerza de voluntad para ejercer el veganismo, aun en sus recaídas, cuando inflados por el alcohol se alimentan de pizzas y kebaps”.

Pero eso es lo de menos, ewoks y C-3POs siempre habrá, lo terrible aquí es que la incongruencia haya arropado a una fundación que promueve y enriquece las posibilidades de consumo y producción de arte contemporáneo desde México, y que ésta sostenga y reafirme, por medio de su autocensura, el discurso propuesto por los detractores de Nitsch.

Y si el presente texto parece enojado, es porque estoy indignado y no quiero escribir sin las tripas entre las letras. Theodor W. Adorno, en Teoría estética (1970), escribió: “Los artistas cumplen su función social al ayudar a hablar a las antinomias sociales mediante la síntesis de la obra”. Supongo que eso quiere decir que el artista no está para apapachar gobiernos, convenciones sociales o para decorar muros institucionales -si están ahí, colgados, es para significar de alguna manera-; por ello es que sostengo que la valía del arte radica en la posibilidad de confrontar los pensamientos entre la sociedad, no por ser poseedores de la única verdad, sino por tener entre sus manos la posibilidad de construir productos que provoquen la reflexión por medio del consumo cultural. En este sentido, podemos pensar que si las instituciones procuran funcionar a partir de lo que consideran “políticamente correcto”, considero que lo correcto políticamente sería no censurar manifestaciones política, histórica y artísticamente serias por inocentemente considerarlas fuera de lugar.

Wittgenstein argüía que ética y estética eran lo mismo, así que desviando el sentido de dicha aseveración, para beneficio y conclusión de este texto, diremos que la obra de Nitsch es estéticamente ética, pues su construcción por medio de la acción, los materiales y soportes cumple con las exigencias de una postura política y artística frente al tipo de realidad que busca confrontar. En menos verborrea, consideremos la palabra “coherente” para adjetivarlo y como contrapunto de sus temerosos cuasi anfitriones.

Este texto sólo es un berrinche visceral de alguien al que le habría gustado conocer de cerca la obra de un artista consumado como Hermann Nitsch, por ello es que si usted busca una opinión más interesante e inteligente, le recomiendo que lea el artículo del ya citado Carlos Amorales.

Aquí el link.

http://m.excelsior.com.mx/expresiones/2015/03/02/1011093

Y como encore, les comparto esta melodía musical.

https://www.youtube.com/watch?v=0pAWHig_lJw

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