Por Emilio Carrera 

En más de una ocasión, ante el agobio del día a día, he buscado desahogo en mis recuerdos; en los tiempos que la vida transcurría en colores sepias y formábamos parte de la base de la pirámide familiar.  El carácter, las filias, las fobias, tienen origen en nuestras vivencias. Los eventos que vivimos se van acumulando y son los cimientos que nos definen como personas. JM Servín, en una mirada nostálgica de su pasado y su formación como escritor, presenta Nada que perdonar: Crónicas facinerosas.

“Éste es un libro sobre el crimen en las artes y su influencia en mí. Un libro híbrido como casi todos los míos. Ensayo, crónica y autobiografía”

En Nada que Perdonar, el autor intercala episodios de su vida con una selección de trabajos inéditos y publicados en diferentes medios.

El Infonavit de Iztacalco es el escenario donde un infante JM comienza sus pasos. La relación con sus padres, sus hermanos. Las dificultades económicas familiares. Los primeros años escolares y sus conflictos con la autoridad. La ausencia de su padre ante la oportunidad de ejercer su oficio de orfebre en Estados Unidos. La enorme influencia de sus hermanas en su gusto por la lectura. El primer cigarro y la primera borrachera.  Las tentaciones de la vida fácil y la disyuntiva de qué camino seguir. El recuerdo de los amigos menos afortunados, de las riñas callejeras. La intervención de su padre y el perdón del doctor Horacio Ramírez Mercado salvándolo a él y a su hermano de caer presos. Su vida en Estados Unidos y posteriormente en Francia. La decisión de dedicarse de tiempo completo  al mundo de las letras. El ¡Métele brother! con el que su mentor, Sergio Gonzales Rodríguez, le exigía a dar todo y a no guardarse nada. Su profundo cariño y respeto hacia los perros. Sus gustos musicales.

Crónicas sobre El Matacuras: la vida de Pancho Valentino (Pachuqueño por cierto), desde su primer delito, su aprehensión, su redención y muerte en las Islas Marías; El alter ego de Filiberto García: la vida de Valente Quintana, investigador policial de principios del siglo pasado, en el que se inspiraron tanto Rodolfo Usigli para crear a Valentín Herrera, el investigador de Ensayo del crimen, como Rafael Bernal para crear al protagonista del Complot mongol. El fallido sistema de salud y el viacrucis para entender los enredos del servicio por los usuarios; los indigentes y su lógica fuera de nuestra comprensión; la Alameda Central y su ocupación dominical por las auxiliarles domésticas; el 15 de septiembre en el Zócalo, en el festejo del Bicentenario y la parafernalia de la enajenación colectiva; las costumbres etílicas de los mexicanos como medicamento paliativo contra la infelicidad; las tocadas de rock de los ochentas: “Así se baila el ponc en el Chopo”; la devoción y el encuentro soñado, en un avión, con Joey Ramone; el terremoto del 2017: «De regreso a casa le pregunté a un grupo de teporochos acampados en el parque de la Ciudadela si habían sentido el temblor: -Nomás el de la cruda- respondió el más acabado».

Los bares emblemáticos del centro de la capital: “Que se acabe el mundo pero no la bebida”; la generación pérdida y el paso de Burroughs (su estancia en Lecumberri por el asesinato de su esposa y su liberación por Bernabé Jurado, el Abogángster) y Kerouac: “los Beat le deben mucho a México y a esta ciudad maldita y maldecida”;  pero sobre todo el auténtico y único súper héroe nacional: el hidalguense Rodolfo Guzmán, conocido mundialmente como El Santo.

El objetivo de un libro debe ser primordialmente el de entretener, el de ofrecer una ventana para escapar de la realidad, Nada que perdonar: Crónicas facinerosas, cumple a cabalidad el objetivo. JM Servín, con su estilo irónico y mordaz, nos da un tour en el tiempo mostrándonos la idiosincrasia de la capital y su cara menos glamorosa, que nos permite entender, un poco, la tragicomedia que significa vivir en el DF. También rinde un homenaje a quienes influyeron positivamente en su vida, a los que están y a los que viven en su recuerdo.

“Como cualquier escritor, quiero reconocimiento y vivir de mi trabajo, pero bajo mis condiciones. Mi mayor reto es fracasar escalando la cima habitada por mis dioses literarios. No me cansaré de rodar cuesta abajo. Lo demás me tiene sin cuidado”.

Nada que perdonar, Crónicas facinerosas (Literatura Random House, 2018)

 

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