Por: David Ordaz Bulos

 

A San Juan Solís se llega después de atravesar una carretera en línea recta que está rodeada de vegetación y una vista panorámica de los cerros. Luego el camino sigue curvas que van hasta el centro del pueblo, donde está la iglesia, el kiosko y la cancha de basquetbol. Desde hace algún tiempo he tenido la oportunidad de participar en un pequeño peregrinaje que es parte del festejo local del pueblo, con valiosos elementos sincréticos. Estando ahí, he explorado los significados alrededor del rito gracias a conversaciones con gente de la comunidad, a manera de hacer historia oral. San Juan Solís está localizado en la zona metropolitana de la ciudad de Pachuca y su geografía conecta con el Valle del Mezquital, una región que alberga a pueblos originarios de raíz Ñahñu u Otomí.

El origen del pueblo

El origen de San Juan se remonta a las transformaciones derivadas de la Revolución Mexicana durante las primeras décadas del siglo XX, que dieron fin al territorio político que tenía como eje rector a la Hacienda, que era la institución colonial típica. Dicen por ahí en el pueblo, que con el reparto de las tierras entre los peones y los campesinos, varios hacendados de la región huyeron y abandonaron sus propiedades. Y que además, aún están las marcas de un antiguo Camino Real por donde “varias veces pasó la carreta de Benito Juárez”.

Ya entrado en décadas del siglo XX, la gente del pueblo encontró en una de las cañadas cercanas a una estatua de una Virgen de Guadalupe. Doña Juanita me explicó: “piensan que los hacendados no creyeron en ella y la vinieron a abandonar”. Y que además, “la encontraron de aquel lado del río, en un lindero propio de los hacendados de Chicavasco, enrollada en un lienzo dentro de una cueva y la trajeron. Pero cuando la llevaron al pueblo, se fue la virgencita porque no le gustaba el lugar donde la pusieron pues era de palma. Entonces se fue y “la trajeron otra vez”. Por eso se afirma en el pueblo, el gran milagro de que la imagen no fue comprada sino encontrada.

Ante el escape de la deidad, la comunidad se puso de acuerdo para construir una capilla digna. Sin embargo, una vez echados a andar los trabajos para la construcción tuvieron una de las más apremiantes problemáticas para la supervivencia en la región: la falta de lluvias y la escasez de agua que impedía hacer la mezcla del adobe.

Se dice que fue en aquel entonces cuando comenzaron las procesiones hacia uno de los cerros para que lloviera. Un acto que revela un elemento sincrético importante del ritual, que tiene conexión con el antiguo culto indígena a la lluvia, relacionado con Tláloc y los cerros como fuentes de abundancia, pues como ha explicado Brotherston (1997), los cerros tenían que ver con el origen, pues “engendran lluvias y ríos, flujos de líquidos, comida, linajes humanos y el fuego de la ambición política, el mismo fuego terrestre de nuestro Sol”.

A la par de las procesiones al cerro, surgió una alternativa en la comunidad para no demorar la construcción de la capilla: hacer la mezcla para el adobe con aguamiel, producto emanado de los magueyes que son abundantes en la zona y que han sido, a lo largo de los siglos, plantas clave para saciar la sed, obtener alimentos y construir casas. Pues como me decía doña Juanita, “mi papá me platicaba que esa capilla fue hecha en un tiempo que no había agua y éste se comunicó con todo el pueblo, juntaron el agua miel del maguey y con eso hicieron la mezcla”.

El aguamiel da un aura de sacralidad oculta a los muros de la capilla. Como sabemos, al fermentarse se transforma en pulque, bebida llamada antiguamente octli y era considerada una deidad para las culturas prehispánicas. Al mismo tiempo, la arquitectura de la capilla muestra una construcción basada en el uso de recursos locales.

La danza y la fiesta

En la conversación con las personas del pueblo, encontramos varias anécdotas que dan cuenta de cómo se vivían las festividades en los tiempos en que surgió la capilla. Por ejemplo, don Miguel dijo que cuando los peregrinos llegaban a las puertas del recinto: “enredaban una espada de diferentes listones de colores, y entraban danzando, no había bancas, el espacio estaba libre y bailaban dentro de la iglesia”. O bien, don Martín decía que “mientras Juan del Río el violinista, danzaba dentro de la iglesia, Juanito Gómez el del cerrito, se puso un calzón apretado que se reventó y a todo mundo le dio risa”.

La música y la danza son elementos fundamentales en el desarrollo de la festividad altruista. Pues, la mayoría de los habitantes de la comunidad cooperaba para hacer la fiesta, siendo un acto fundamental para la cohesión del pueblo. Un ejemplo de ello lo dio doña Juanita: “te acordarás que don Seferino no cobraba la orquesta si sabía que era en beneficio de algo para el pueblo y fue la primera orquesta que acá en San Juan Solís se organizaba”.

El santuario

Me interesó saber que la capilla, de no más de cincuenta metros cuadrados, no pertenece a la iglesia católica ni a ninguna otra iglesia, a pesar de los intentos que la primera ha hecho por apropiársela. Más bien, siempre a pertenecido a la familia de don Anatolio, pionero de la tradición, la cual con el paso del tiempo ha venido transformándose.

Al respecto, De la Torre (2016), describe a los santuarios de este tipo como escenarios “donde se representan los dramas sociales de la Conquista, el mestizaje, y en la actualidad de las comunidades transnacionales”. Además, de verlos como palimpsestos, que son: “espacios cargados de sentido histórico, es decir, donde se acumulan capas sobrepuestas de memorias desniveladas, pero que narran los dilemas de nuestras identidades colectivas y regionales”.

Todo parece indicar que el recinto fue construido mucho tiempo antes de que se hicieran las peregrinaciones como tales, iniciando como un rito personal y familiar. Don Beto: “esto viene desde don Anatolio, esposo de la Sr. Conchita, que vivía en la capilla y se iba solo a cargar chiquihuites y calar sus cohetes”. Don Anatolio era el mayordomo del Santo Patrón San Juan, designado por el cura y encargado de organizar las fiestas de finales de junio. Caminaba de ida y vuelta hasta lo que era en aquel entonces el pueblo de Actopan para comprar flores de Cempaxúchitl que son cultivadas y vendidas en el tianguis todo el año.

Pasó el tiempo y más gente se sumó a “la traída por la flor”. En la actualidad los peregrinos llegan al tianguis de Actopan en automóviles y regresan a San Juan caminando, cargando chiquihuites, que son canastos llenos de flores de cempaxúchitl y romero. Vale decir, que la tradición dicta que las mujeres solamente pueden cargar las canastas con romero.

El trayecto

Desde Actopan, la flor recorre treinta kilómetros en las espaldas de los peregrinos entre veredas y cerros acompañada de una banda musical. En el intermedio del trayecto, justo después del punto más crítico que es la subida del “Cerro de la Cruz”, donde en la cúspide, la comunidad comparte carnitas de cerdo o un borrego en barbacoa, además de música, palabras y la basura que genera la convivencia.

Sobre la marcha, los coheteros toman la delantera sin dejar pasar mucho en tronar uno de los petardos pegados a varas de madera, que van cargando sobre sus hombros y que al explotar dejan un aureola de humo y pólvora que envuelve a la procesión.

Al frente de los peregrinos va la reina de la feria del año, portando una corona de fantasía. Detrás ella, van los cargadores de los chiquihuites. Y más atrás un grupo de jinetes a caballo que crece conforme avanza el trayecto y cruza algunas rancherías. El galope de los animales es forzado al ritmo del paso humano, provocando una tensión que atraviesa a la peregrinación y la apresura. La caminata adquiere dificultad entre los charcos a esquivar y las piedras que salen rodando fuera del camino

Llegando a San Juan, el sudor ha traspasado todas las telas que cubren al cuerpo. El terreno deja de ser pedregoso para abrirse a cuadros de concreto. Los vecinos se asoman y saludan, ponen mesas con manteles y garrafas que ofrecen agua de jamaica y refrescos, los pasantes se arremolinan alrededor.

El automóvil profano y la llegada de la flor

Después del zigzagueo por las calles, la procesión llega a la capilla de la Virgen de Guadalupe. Es recibida por un grupo de ancianas, una de ellas carga un sahumerio con copal para envolver a cada peregrino antes de entrar al recinto. Adentro, las mujeres discuten con el mayordomo del pueblo sobre cómo deberá ir acomodada la flor. Los chiquihuites emanan vapor derivado del sol y del sudor de las espaldas. La flor es dispuesta sobre una “cama de árbol”: ramas del pirul frescas sobre petates para que la flor no se queme. Ahí se prepara durante tres días para convertirla en ofrendas que serán regaladas.

De entre todos los pueblos de la zona, San Juan es el único que camina con la flor. Los demás pueblos van y regresan en automóvil por ella. Conversando con don Mundo, en medio del campo bajo la sombra de un mezquite junto a una casita hecha con pencas secas de maguey, supe que alguna vez en el pueblo dijeron “mejor ahora al ir por la flor no la traemos caminando, la traemos en carro. Y no faltó que llegando acá, la flor la verdad se hizo muy fea”.

El automóvil es un elemento profano frente al caminar y el sacrificio físico que da la posibilidad de intercambiar la ofrenda con lo sagrado. No se trata de una obligación para nadie pero se entiende que “el santito no te pide nada, pero si le prometes, cúmplele”. El trayecto y la duración de la caminata son elementos  indispensables pues como dijo Doña Juanita, “fíjese que si la traen en carro la flor se quema. Por eso a fuerzas la tienen que traer caminando, desde allá hasta acá”.

Portadores del Dios.

El peregrinaje de la Flor de San Juan se celebra unos días antes o después del 24 de junio: día de San Juan Bautista. Y unos días después del equinoccio de verano, lo cual nos habla de una celebración que está conectada con los ciclos agrícolas.

Se trata de un rito sincrético que desde las peculiaridades de la festividad local conjunta la cristiandad con lo prehispánico y da tela de donde cortar para reflexionar sobre la figura del peregrino que, cargando chiquihuites o canastos rellenos de cempaxúchitl y romero envueltos en ayates, remite a la concepción del peregrino que aparece en la Tira de la Peregrinación como los Teomamaqueh, que son los portadores del Dios y van cargando a los Tlaquimilolli o bultos sagrados. De acuerdo con Guilhem Olivier (2010), estos bultos sagrados eran fundamentales para la identidad y la memoria de los pueblos antiguos de Mesoamérica, pues materializaban a las deidades protectoras con reliquias y símbolos sagrados. Se dice, por ejemplo, que cuando eran robados por el enemigo, las batallas terminaban.

Además, servían como vía de comunicación con lo divino a través de los Tetzahuitl, entendidos como señales, agüeros, maravillas o escándalos que, según Pastrana (2014), eran las “manifestaciones de los dioses nahuas en el ámbito humano, que rompían el orden habitual y cotidiano”. Y aunque no se sabe con certeza su significado, existe la suposición de que a partir de ellas eran obtenidas las direcciones a seguir de las peregrinaciones y las estrategias militares.

Por otra parte no hay que olvidar, que la palabra cempaxúchitl de origen náhuatl, que siguiendo al Vocabulario de Fray Alonso de Molina (1571), está compuesta por dos elementos: cempoualli y xuchitl. Entendiéndose como “veinte flores” o “los 400 pétalos”. Y, de acuerdo a la tradición nahua, la flor evoca a los rayos del sol, la diversidad y simetría, de ahí que sea utilizada durante las celebraciones de día de muertos como guía para los difuntos.

La flor como metáfora de lo bello

En el presente, el peregrinaje de La Flor de San Juan nos lleva al encuentro con la comunidad que a través del caminar, se quita el mal humor, ofrenda y reconstruye su realidad. A mi juicio, el peregrinaje colectivo abre las posibilidades de conexión con el paisaje, con territorios imaginarios y cartografías ocultas. Recuerdo cómo mientras caminábamos rodeados por la neblina de la mañana, uno de los tlachiqueros del pueblo me explicaba que la humanidad dejará de existir cuando ya no sea posible sembrar magueyes.

El caminar de la Flor vive una tensión con las nuevas formas de festividad en el pueblo. Apenas si aparece en los carteles que anuncian el programa de actividades, entre conciertos de bandas de música norteña, jaripeos, juegos mecánicos y torneos deportivos. Al respecto doña Juanita dijo: “nos hemos dado cuenta que se está perdiendo la tradición, porque el día que se reparte la reliquia se cortan pedacitos con la flor que se trae y se le se añade romero. Entonces se le da a las personas pero la gente joven dice no, ya no me dé reliquia porque como voy ir a los toros, voy ir aquí, voy ir acá”.

Alfredo López Austin, ha explicado como “con el despojo de las formas de vida tradicionales del campesino pierde también la vida afectiva que es parte de su trabajo”.  De ahí la importancia de divulgar el mito de la Flor de San Juan que construye relaciones entre los habitantes y el lugar.

Pues al final, la Flor de San Juan se trata de una historia no contada y casi borrada por las máquinas del progreso que hoy destruyen el paisaje y los cerros alrededor de San Juan Solís. Antes eran valorados como fuentes de abundancia para la supervivencia, y ahora, son explotados para extraer arena y otros materiales. Como por ejemplo, el “Cerro del Judío” localizado cerca de Pachuca.

 

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