En la primavera de 1958, Hunter S. Thompson, quien todavía no era una celebridad periodística y mucho menos literaria, mandó una carta a su amigo Hume, quien le pedía consejos sobre el sentido de la vida. En ella, él escribió:

“La respuesta (que es, en cierto sentido, la tragedia de la vida) es que buscamos entender la meta y no al hombre. Ponemos una meta que demanda de nosotros ciertas cosas: y hacemos estas cosas. Nos ajustamos a las demandas de un concepto que no puede ser válido. Cuando eras joven, vamos a suponer que querías ser bombero. Me siento razonablemente seguro de decir que ya no quieres ser un bombero. ¿Por qué? Porque tu perspectiva ha cambiado. No es el bombero quien ha cambiado, sino tú. Cada hombre es la suma total de sus reacciones a la experiencia. Como sus experiencias difieren y se multiplican, tú te convertirás en un hombre diferente y por lo tanto tu perspectiva cambia. Esto sigue y sigue. Cada reacción es un proceso de aprendizaje sumamente significativo, que altera tu perspectiva.

Así que parecería tonto ajustar nuestras vidas a las demandas de una meta que vemos desde un ángulo diferente cada día ¿o no? ¿Cómo podemos esperar lograr algo más que una neurosis galopante?

La respuesta entonces no debe de tratar de metas en absoluto, o al menos no de metas tangibles en todo caso. Tomaría montones de papel desarrollar este tema a satisfacción. Sólo Dios sabe cuántos libros se han escrito sobre “el sentido del hombre” y ese tipo de cosas, sólo dios sabe cuántas personas han ponderado el tema. (Utilizo el término “sólo Dios sabe” puramente como una expresión”). Hay muy poco sentido en que yo intente dártelo en un proverbial resumen, porque soy el primero en admitir mi absoluta falta de certificaciones para reducir el significado de la vida a uno o dos  párrafos”.

Este extracto de la carta de Thompson que he releído hace un par de días me hizo pensar en cómo la esencia de este proyecto que se llama Planisferio, ha ido cambiando. A lo largo de 24 meses (justo el 18 de marzo los cumplimos) muchas de las metas que nos habíamos trazado como colectivo e individualmente se fueron transformando. Sin embargo, hay algo que vive aún en las letras, las imágenes, los sonidos y aquello que escapa a la pantalla de un ordenador o un dispositivo móvil. Existe un ánimo de hacer un medio de comunicación libre de ataduras, cercano al sitio que lo vio nacer y con una pertenencia inequívoca a eso que nadie puede explicar, pero que muchos vivimos y es el amor a Hidalgo.

En los últimos doce meses hemos experimentado muchas cosas como seres humanos, porque la vida es así y no existe nada que pueda detenerla. Hay pérdidas irreparables, nos rompieron el corazón, nos enamoramos, encontramos motivos para no naufragar, depositamos fichas en el banco de las ilusiones, perdimos, ganamos, nos enojamos con el mundo y con nosotros mismos, nos reconciliamos, ganamos dinero, nos declaramos en banca rota, tuvimos sueños y pesadillas, pero siempre, al final del día, seguimos aquí, resistiendo al presente.

Quisiera ser optimista por lo que vendrá, pero si algo he aprendido con el paso de los años es que sólo podemos tener la certeza de nuestros compromisos inmediatos; y el de nosotros, quienes hacemos Planisferio, es seguir aquí, hacer lo que hacemos, estar de pie. Vivir y mientras tengamos el aliento suficiente, poder garantizar que todo lo que compartimos lleva nuestro corazón y nuestra vida.

A quienes nos han abandonado, a quienes siguen aquí y seguirán, mi agradecimiento infinito, porque en el momento más oscuro de la noche la única certeza es que pronto amanecerá. Y porque como suele citar el Dr. Castillo: “nadie es mejor que todos juntos”.