Hay museos que huelen a perro muerto. Puede sonar como una comparación injusta, pero necesaria para comprender la situación cultural de Pachuca y de la Ciudad de México.

   Desde mi punto de vista, en la Ciudad de México las mejores exposiciones de arte pueden verse en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la Universidad Nacional Autónoma de México; el Museo Rufino Tamayo, administrado por el Estado, y el Museo Jumex, propiedad de la empresa del mismo nombre. En Pachuca tenemos el Museo Cuartel del Arte, administrado por el Estado y la Casa Grande en Real del Monte, administrada por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

   No sería sano argumentar que uno u otro museo es mejor debido a la enorme diferencia de recursos económicos asignados a cada uno. Imagine usted el presupuesto de la UNAM para que, además de cubrir las necesidades académicas de la comunidad estudiantil, tenga recursos suficientes para invitar a los artistas de mayor renombre a nivel internacional a hacer obras específicas para su museo, como fue el caso del artista chino Cai Guo Quiang en 2010. El Museo Tamayo también ha presentado recientemente exposiciones muy importantes de artistas de la talla de Sophie Calle, Yayoi Kusama y, actualmente, Francis Alÿs. Por su parte, el Museo Jumex en este momento presenta una exposición del escultor norteamericano Alexander Calder.

   Si usted vive en Pachuca y no conoce a ninguno de estos artistas, déjeme decirle que no me sorprende. Pero no se preocupe, es lógico, ya que en los museos pachuqueños que mencioné anteriormente usted puede ver únicamente la obra de pintores mexicanos y latinoamericanos de mediados del siglo XX. Los últimos años, en Pachuca, ha tenido que gozar -o sufrir- varias veces la obra de José Luis Cuevas. También pudo ver, primero en el Cuartel del Arte y después en la Casa Grande, la obra del artista hidalguense José Luis Romo, de quien tampoco me sorprendería que usted no se haya dado cuenta que su obra es un refrito de la del pintor oaxaqueño Francisco Toledo (ya que no recuerdo haber visto alguna obra de Toledo expuesta por estas latitudes).

   Si pensamos en el dinero que cuesta montar una exposición de las que se presentan en la Ciudad de México, concluiremos fácilmente que nunca veremos una de ese tipo en nuestros recintos culturales. Pero no hay que rendirse, en Hidalgo hay recursos suficientes para traer esculturas de Salvador Dalí al Cuartel del Arte (las más decadentes de su producción, por cierto), y también hay recursos para imprimir y montar la obra de fotógrafos extranjeros de renombre en la Casa Grande con motivo del Festival Internacional de la Imagen (FINI). Por supuesto que de esas exposiciones podemos ver pocas, menos que en las ciudades más grandes.

¿Calidad o cantidad? Me parece que los encargados de los espacios culturales han optado por la opción más viable: menos exposiciones pero de mejor calidad. Entonces, ¿por qué tenemos que seguir viajando a la Ciudad de México para ver buen arte? Una respuesta que se me ocurre tiene que ver con política, probablemente con el “amiguismo”, en donde un político que llega al poder reparte a sus amigos un puesto (o hueso) en donde no se le complique mucho sacar la chamba. Se piensa que de arte y cultura cualquiera sabe y que cualquiera puede, pero a leguas se ve que el saco les queda grande. Es una pena ver gastar los pocos recursos en exposiciones mediocres conformadas por obras de la bodega del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México.

   Otra respuesta que se me ocurre, aunque dudo que este sea el caso, es que un grupo de poder esté al tanto del poder político y subversivo del arte, por lo que se empeña en la presentación sistemática de exposiciones apolíticas, pasivas y anacrónicas para que el ciudadano se distancie de su presente, de su situación precaria e injusta.

   Douglas Crimp decía que el museo y el mausoleo se parecen: ambos son sepulcros; los museos guardan arte del pasado, muerto. Algunos museos luchan por sacudirse esta sentencia, por poner un ejemplo, en la Ciudad de México hay un espacio que se llama Laboratorio de Arte Alameda para proponer una noción de museo como espacio vivo en donde el arte acontece. En lo personal, disfruto el arte del pasado pero me identifico más con el arte del presente porque los artistas contemporáneos y yo guardamos más cosas en común.

   En la Ciudad de México y en Pachuca hay museos que huelen a perro muerto, perros que siguiendo el “hueso” murieron en la comodidad y el estancamiento. La mayoría de las veces el olor es tan fuerte que no me permite entrar.

Imagen de Jeff Koons obtenida en http://www.ifweweredogs.com

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