Pocas son las charlas que recuerdo haber tenido en la primaria. La mayoría giraba en torno a reglas complejas para juegos simples que nos encantaba elaborar en ocasiones de ocio. No obstante, no es poco frecuente que mi memoria divague y encuentre varias veces la respuesta que la mayoría de mis compañeros y yo dábamos cuando nos preguntaban: ¿qué música te gusta?

Como a la mayoría de las personas, asumo, los primeros acercamientos musicales que tuve nacieron en el seno familiar. Para mi fortuna, entre mis hermanas y mis padres, el espectro melódico era bastante amplio, de modo que en la casa bien podía escuchar a Guns and Roses mientras lavaba los trastes o a Bronco durante las horas de estudio. Pero a pesar de que todo tipo de géneros aparecían entre las paredes de mi dulce hogar y los disfrutaba, me era complicado no estigmatizar la que en esos tiempos conocía como música popular. Así que cada vez que un compañero de escuela preguntaba: ¿qué música te gusta? Me rendía ante la poderosa presión social y sentenciaba sin asomo de duda: de toda, menos cumbias ni rancheras. Por aquel entonces, con once años de edad más o menos, decir “de toda” se circunscribía a las oscilaciones entre Génesis, Alberto Vázquez, Pablo Ruíz, Caló, Deff Lepard y demás.

Más adelante, se me enseñó que la música es algo así como una compañera de actividades. Entonces, según lo que hiciera, debía escoger las melodías correspondientes. Así, por ejemplo, hay que escuchar música clásica mientras se estudia, rock con los amigos, electrónica en las fiestas y salsas los domingos durante el quehacer. En esas condiciones, la sociedad (en realidad mis compañeros de escuela) aceptaba cumbias y rancheras, en tanto permanecieran en los límites de sus correspondencias cotidianas: fiestas familiares para las cumbias que se bailan con las tías, y las postrimerías de las mismas para las rancheras, ya saben, cuando de tanto decir salud todos aman a su prójimo con todo el corazón. El transporte público, por cierto, también era jurisdicción de Vicente Fernández, Mi Banda El Mexicano y Cañaveral.

Mi problema fue que poco después de mi instrucción primaria resulté tremendamente inadecuado para los estándares de correspondencias música/actividad. A todos les gustaban las cumbias, pero sólo eran para bailar. Y yo, un paria musical por sintonizar La Z en el walkman durante las horas libres en preparatoria.

Un par de décadas más adelante, aún permanezco en la inconveniencia de mis acompañamientos musicales. A mis vecinos les cuesta trabajo comprender qué hace un hombre de mediana edad los domingos, en bermudas, chanclas y playera roída de la campaña presidencial de Roberto Madrazo que exprime una jerga bajo el dintel de su puerta mientras, al fondo, se escucha Beethoven, Wagner o Mozart.

No sé qué es lo que me pasa. No considero vivir en el error. No veo por qué no puedo escuchar a Los Askis mientras leo a Heiddeger o a Locomía mientras recorro algún museo. Y, por tanto, tampoco me molesta ser conocido entre mis conocidos, por inadecuado, como Iván “Elmatafiestas” Lozano.

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