Hace un año me divorcié de la cerveza. Después de una etapa muy larga de estar en una relación complicada, descubrimos que había incompatibilidad de caracteres. Así que decidimos poner punto final de común acuerdo, sin pleitos, reclamos ni demandas. Nos despedimos y ya.

Nada que ver con mis otras tres pérdidas:

1.- Puntas de flecha. A los 11 años dejé ir mi colección de puntas de flecha. No eran 10 ni 20. No. Se trataba de poco más de 200 puntas de flecha que encontré durante una larga etapa de niño explorador. Lo mismo hallé en Teotihuacan, que en Tepoztlán, Tula o los desiertos del norte. Tenía puntas de obsidiana, pedernal, jade, ofita, ágata y sílex. Algunas estaban completitas, otras casi enteras y algunos más, solo eran unos trozos. Para tener 11 años era una colección interesante. Metidas en una bolsa, las llevaba conmigo casi a todas partes y así, una noche que dormimos en la terminal de autobuses de San Luis Potosí, mi padre me despertó de sopetón para decirme que nuestro camión estaba por irse. Medio dormido, cargué con la maleta y la cantimplora, sin saber que en el asiento de aquella central camionera se quedaba mi mayor tesoro de la niñez. Cuando entré en razón que las flechas no iban conmigo, le dije a mi padre que regresara el autobús. Él me regañó y solo dijo: “luego buscas más”. Lloré todo el camino. 30 años después su ausencia me sigue doliendo.

2.- El hombre del ventilador. En mi juventud, el poeta Carlos F. Ortiz me habló de un libro fascinante, desquiciado y absurdo. Se llama El hombre del ventilador, de William Kotzwinkle, publicado por Tusquets, en su colección La flauta mágica, en 1988. Ortiz juró prestármelo, tan solo se lo devolviera Jacinto, un amigo en común. Unos meses después, en que encontramos a Jacinto, Ortiz le pidió el libro de vuelta. Jacinto adujo que él también lo había prestado a un amigo. Juró regresarlo nomás tenerlo en sus manos. Nunca ocurrió. Y durante años lo busqué por todos lados. Una tarde que navegaba por Mercado Libre, lo encontré y sin dudarlo, lo compré. Me llegó dos días después, todo hermoso, con su pasta blanda color rojo ladrillo y su misteriosa ilustración de portada. Empecé a leerlo y sí, era como lo había descrito Ortiz. O mejor dicho, era aún mejor. Llevaba solo unas 5 páginas, cuando mi madre llamó por teléfono para pedir que la llevara a la casa de mi abuelo. Ir, implicaba estar todo el fin de semana, así que hice una pequeña maleta, con libro dentro y la eché al coche. Llegué a la central y fui en busca de mi madre. No tardé ni 15 minutos. Al volver, noté que la cajuela del auto estaba abierta. La maleta no estaba, ni el libro. Maldije al ladrón mil veces, no por la ropa, ni el par de tenis que iban ahí. Sino por el libro de Kotzwinkle que seguramente terminaría en la basura. Entre las peores cosas de la vida, están las lecturas inconclusas. A pesar de que lo he buscado, no lo he podido conseguir. Antes de terminar este texto descubro una nueva edición, a cargo de la editorial Capitán Swing. Veré si esta vez logro terminarlo.

3.- Rey Azúcar. Durante lo más furioso de mi juventud, bailé con la música de los Fabulosos Cadillacs. Lo mismo en alguna discoteca, que en los slams de algún toquín o en el Foro Sol, en abril de 2002, donde asistí y me desmadré la garganta de tanto gritar. Tuve tres cidís de Rey azúcar y los tres los perdí. Actualmente tengo uno que no compré, pero lo pongo de cuando cuando para contrarrestar algún arranque de nostalgia. Le guardo mucho cariño a ese disquito porque me trae recuerdos de juventud. Hace unos tres años, en una página de subastas de viniles, un tipo puso a la venta la edición colombiana del disco, la única en LP. Su precio, una ganga: dos mil pesos mexicanos. Ya había hecho tratos con ese vendedor, así que le llamé de inmediato para decirle que me interesaba. Yo no tenía los dos mil pesos para ese día y le dije que me aguantara para esa misma semana. El tipo vio mi interés y envió fotos del producto: El estado del disco era impecable. Le deposité mil pesos ese mismo día y quedé de ponerle el resto al día siguiente. No pasó tanto tiempo. Esa misma noche me escribió para decirme que alguien le había ofrecido 5 mil pesos, al chas chas. Que si pujaba más. Supe perder y me abrí como madera húmeda. Me devolvió mi dinero y nunca he vuelto a ver ese vinilo. Posiblemente nunca lo vea. Era mío y lo dejé ir, como dice el Perre Bermédez.

Bebí mucha cerveza durante mucho tiempo. Empecé desde los 13 años y mi clímax estuvo entre los 20 y los 30. Había épocas en que no recuerdo haber tomado agua en varios días. Pura cebada. Probé de todas: algunas inolvidables como la maravillosa y hoy extinta cerveza Casta, hasta la infumable Sol Brava. Mi predilecta, la Victoria. Cuando vivía en Acapulco, llegué a traer un cartón de envases de caguama en la cajuela, listo para ser rellenado. Con el tiempo vinieron los problemas, molestias y síntomas cada vez más notorios. Empecé a percibir que me sentía mejor cuando no bebía cerveza. Así que después de varias visitas al médico, concluyó que ya no estaba procesando alguna enzima de la cerveza, por lo cual, comencé un proceso de prueba: durante varios meses, bebí otro tipo de licores. Todo estuvo la mar de bien. Confiaba en que tal vez mi metabolismo se normalizara luego de un descanso de cebada. No fue así, bastaron dos vasos para hacerme ver que lo nuestro había terminado. Y así fue. Le brindé la mejor de las suertes y hasta donde sé, a ambos nos va muy bien.

@balapodrida

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