En la miniatura los valores del mundo se condensan y enriquecen.

Bachelard

I

Pasé las fiestas en la casa de mi padre, una construcción entre el campo y la ciudad, fronteriza también por la forma de habitarla. En la ventana, detrás de un espacio interior como el de cualquier otra casa citadina, el paisaje urbano se desvanece, comienza a ser carretera, campo y médanos. Llegamos ahí a encontrar un diciembre más bien templado, diferente al de los de años anteriores en Chihuahua. Con la benevolencia del clima, mi madre, que tenía semanas ideando la decoración de la mesa, quiso cambiar las flores artificiales por un ramo natural. Al día siguiente fuimos a buscar rosas frescas en una bodega del centro. Las conseguimos, pero ella no lograba ver con claridad el acabado de su mesa imaginaria. Faltaban las copas de cristal, según me dijo. El corredor lleno de importaciones y antigüedades por el que caminábamos debía ser el lugar para encontrarlos y habría sido imperdonable que nos fuéramos. Pasó más de una hora cuando le pregunté─ ya ofuscada─ cómo eran exactamente las copas que buscábamos. No supo explicarse, pero por su entusiasmo, mi pensamiento ya lograba una intuición, una imagen del comedor decorado en color plata y el salón con las luces encendidas. Me fastidié como nunca entre los pasillos llenos de trebejos, y no encontramos esa tarde, las copas que exigía su deseo. Ella siguió la búsqueda en las tardes sucesivas, obstinada en una idea de perfección secreta para mí,  y yo pasé a ocuparme de obsesiones distintas. Esa semana hicimos otro viaje campo adentro en las tierras de mi padre.

II

En algún momento empecé a escribir una larga carta ─una muy ridícula, diría Pessoa─ que cada noche destruyo por parecerme insustancial. Tenía razón el poeta. Me detenía y el paisaje inabarcable me confrontaba con la misma sensación que tenía ante la hoja en blanco. De pronto era pequeña, ínfima, sin edad. Veía los caballos bajo la máxima claridad del aire, y más allá el espesor del verde seco, la casa entre los cerros y me parecía haber encontrado una imagen capaz de sobreponerse al tiempo. Todo el campo existía en ella y mi mirada lo apresaba. Esa visión limitada me reveló la esperanza de los miniaturistas: ver el todo contenido en la parte, representado según la posibilidad de sus manos.

III

La yeguada es blanca. De cerca es posible  imaginarla como una hueste angélica con su jerarquía: La princesa es altiva y pasta lejos del  resto; Alas blancas, madre reciente, vigila el primer año de Grandioso, que es aún oscuro y frágil como si hubiera saltado  el cerco que divide al sueño de los días; Javita, la que es entrometida, asoma la cabeza en todas las fotos y Sinsa, el rebelde, vive exiliado en el corral de la casa después de que las yeguas lo echaran a patadas; Antares, el otro macho joven, es albo con la crin negra y los ojos de un azul casi transparente. Ingobernable y bronco, domina la parcela en la que habita, igual que la estrella que lo nombra y reina solitaria en un tramo de cielo. Pero el principio y el fin de esta visión, su condensación en una única imagen, es Falco, que mira a su progenie con la serenidad de un rey viejo.

Toda la tarde vi a mi padre empeñado en sacar una fotografía de la manada. Solo su afán de miniaturista conocía la perfección que buscaba: captar a los animales quizá en el extraño encanto de la sequía en invierno o en un instante que solo él habitaba y comprendía, tan incomunicable como la imagen de la mesa puesta que obsesionaba a mi madre, o la carta que yo no lograba escribir.

Mi hermano se reía de nosotros, o con nosotros de vez en cuando y sabía ser cercano lo mismo que mantener la distancia. Pasaba el tiempo frente a un libro de no sé qué disciplina esotérica (¿física cuántica?, ¿astrología?) haciéndonos pensar que su silencio, el más privado de todos, tenía que ver con lo que leía. Le obsesionaba tal vez, bordear la miniatura de un mundo suyo, lejos del ruido, la fiesta y la conversación. Detenida en las lindes de su territorio, quise y no quise mirar más allá.

Aprendí de las miniaturas familiares lo que hacía falta saber. Hay decoraciones tan delicadas que pueden existir apenas en el pensamiento, paisajes inaprehensibles para la lente o la mirada y leyes no comprendidas por la lógica común.

En el momento álgido de la celebración, vi la mesa adornada de imposibles copas cristalinas, una fotografía, también imposible, de los caballos en el campo y el universo cerrado de mi hermano en comunión con el exterior. El detalle, la belleza y la particularidad formaban las escalas perfectas. Me senté y escribí. Después de todo, ¿Qué podía ser yo ante mi sentimiento, sino una miniaturista?

 

 

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