Desde los inicios de la historia, el combate del hombre con la naturaleza ha sido materia de épica, lírica, odas, leyendas, mitos y demás. En el ámbito de la literatura, en el siglo XX, aunado al ímpetu de los grandes exploradores, surgieron las obras de autores como Joseph Conrad, Jack London, Rudyard Kipling, mismas que retrataban esta confrontación entre la modernidad y el mundo salvaje. Dentro de los clásicos, podemos mencionar, por estar relacionada con la película de esta reseña, la novela que Herman Melville publicó en 1851: Moby Dick. En esta obra, encontramos el enfrentamiento entre un capitán, ahíto de venganza, y una legendaria ballena blanca que parece ir más allá de su comportamiento natural.

En el caso del cine, numerosas películas han abordado el tema del ser humano y su encuentro con la bestialidad. Encontramos clásicos como King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933), así como ejemplos más actuales como la tetralogía de Jurasic Park. Por lo mismo, el cine de terror no se ha mostrado ajeno a este discurso, mostrándonos que las criaturas de la naturaleza pueden resultar mucho más peligrosas de lo que aparentan. Así, encontramos grandes piezas como Tiburón (Steven Spielberg, 1975) o Garras (Stephen Hopkins, 1997), y otras, fútiles y mal logradas, como en el caso de Anaconda (Luis Llosa, 1997).

 Miedo profundo entra dentro de esta última clase de historias, en las que el ser humano se ve asediado por una criatura que trasciende su conducta natural y representa los temores más arcaicos de la humanidad. En este caso, el antagonista es, nuevamente, un tiburón. Desde el ya mencionado filme de Spielberg, los selacimorfos han protagonizado un gran número de películas, como en el caso de Alerta en lo profundo (Renny Harlin, 1999), Mar abierto (Chris Kentis, 2004) o la divertidísima Serie B de Sharknado, en la cual, cientos de tiburones son levantados por un fenómeno meteorológico para llegar, con la tormenta, a ciudades como Los Ángeles o Nueva York.

Aún así, Miedo profundo se separa un poco de la simple premisa del animal, injustificadamente violento, para centrarse, también, en una historia de supervivencia en el estilo de 127 horas, de Danny Boyle. Por lo mismo, la trama no se agota en la persecución y caza de un grupo de víctimas, sino que logra situarnos en la posición de una sola sobreviviente; en este caso, de Nancy, una surfista que queda varada en una roca en el mar después de ser atacada por un tiburón.

A pesar de que la situación de Nancy puede resultar interesante, al tiempo que las vicisitudes que debe franquear para sobrevivir, creo que Miedo profundo se estanca en una premisa demasiado conocida y predecible. No me refiero, únicamente, al hecho de que el tiburón actúe de manera arbitrariamente agresiva, sino a que sabemos que Nancy se mantendrá con vida durante toda la película. Por lo mismo, al no lograr establecer personajes secundarios entrañables, que sirvan, al menos, de carne de cañón para despertar las emociones del espectador, la historia termina por sentirse plana y sin giros interesantes. A pesar del par de surfistas mexicanos y el borracho de la playa, no existe una verdadera atmósfera de terror en la historia.

No niego que Miedo profundo posea auténticos momentos de suspenso. Creo que su director, Jaume Collet-Serra, sabe mantener al espectador “al filo de la butaca” (o al menos no tan pegadito al respaldo). Este cineasta, de origen catalán, es muestra de que los españoles han sabido consagrarse como auténticos maestros del terror. A pesar de que La huérfana, y el remake de La casa de cera me parecieron proyectos fallidos, considero que Collet-Serra puede llegar a consolidar una buena carrera, tal como lo ha hecho Alejandro Almenábar o Adrián García Bogliano. Aun así, creo que Miedo profundo difícilmente puede ser considerada una pieza maestra.

En resumen, Miedo profundo es una buena película para pasar el rato, que entra en la categoría de filmes “palomeros” o “domingueros” a los que uno acude cuando no quiere concentrarse demasiado en una historia. Quizás, los más susceptibles pasarán un buen momento de suspenso. Los más exigentes, en cambio, comprenderán que se trata de una película que no vale la pena ver más de una vez.

6 notas en negro.

 

 

 

 

 

 

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