Por: Ramsés Postiga

Estoy tomando cubas de a diez pesos en un bar en el centro de mi ciudad. Una ciudad mexicana que podría ser cualquiera. Bebemos caña. Cagnac. Mi gusto con el alcohol nunca ha sido demasiado sofisticado. Con que me emborrache me doy por bien servido. Mi amiga acaba de irse y yo tengo ganas de más fiesta. Llamo a Sofía, mi más reciente relación tóxica. Le digo: ven, hay que seguirla. Ella aparece en veinte minutos. Seguimos bebiendo en el mismo bar hasta que cierran. Nos vamos a otro. Y luego a otro, hasta que terminamos bebiendo en casa del dealer. Compramos un gramo de coca y la cotorreamos. El dealer es un tipo muy amable. Conversé con él. Me habló del crico y me dijo que, hoy por hoy, era lo que más dejaba ganancias. Yo ya había leído sobre el cristal, y visto documentales y memes, pero nunca lo había probado. Tengo un compa que es trailero. Le dicen el Jerry y estuvo en un anexo. Jerry dice que el crico es el mismísimo diablo. Que casi lo pierde todo por el pinche foco. Entonces yo jamás pensé en probar algo así. Pero ya en la peda, considerablemente briago, y valiéndome verga todo, decidí comprarle un gramo de hielo a mi compa. Le dicen hielo porque en la bolsita de plástico parecen pequeños copos de nieve, o escarcha.

No me lo chingué ese día. Lo tuve guardado semanas. Hasta que un día llegando del trabajo me dirigí a mi cuarto, a la repisa donde dejo siempre mi cajita metálica de cigarrillos Lucky Strike en la que guardo cosas casi siempre ilegales. Saqué dos bolsitas: una rosa transparente (que contenía la coca que sobró de aquella vez con Sofía), y otra verde transparente que contenía un gramo de pequeños cristales transparentes. Sí, como tal cristales, algunas se asemejaban en su estructura a aun cuarzo.

Agarré el coche y me fui a la smokeshop de Miguel y me compré una pipa especial para crico porque fumar en un foco me resultaba demasiado complicado. Miguel no estaba, así que me atendió el empleado. No me vio raro y qué bueno. No me juzgó por lo que acababa de comprar. Volví a casa con mi recién adquirida pipa y puse un tutorial en YouTube para aprender a fumarlo. El cristal es la metanfetamina. Sí, la que vendía Walter White. Es un poderoso estimulante del sistema nervioso central. Y es sumamente adictiva. Una de las más usadas en México, junto con el alcohol y la mota.

Qué raro es encontrar un tutorial para aprender a fumar en internet. Eran como las nueve de la noche cuando puse en práctica lo aprendido: girar la pipa, mover la gota, inhalar suavemente, etcétera. Le di dos o tres jalones chidos a la pipa y tan pronto la dejé en la mesa comencé a sentir los efectos. Al principio mucha euforia, luego una sensación de fuerza, de omnipotencia. Pasado eso, quedaban la ansiedad y el pecho acelerado y adolorido.

Demasiada energía. Un efecto intenso, como nada que hubiera probado antes. Tomé la pipa de nuevo y repetí el proceso. Y luego otra vez, y otra. Amaneció. ¿Qué hice durante la noche? Terminé Dark Souls, mi videojuego favorito en el PS4. Antes de eso, había fracasado miles de veces al intentarlo. Al menos sirvió de algo…

Me bañé y me fui sin dormir a trabajar. No desayuné, la comida me asqueaba. En la oficina, solo me encontré con el tedio que se nos ha vuelto religión. Mi empleo se trata de traducir al español textos sobre casi cualquier cosa. Textos que luego se utilizan para vender a los incautos productos que no necesitan. Traduje un par de párrafos de un texto sobre el veganismo y de pronto me invadió de sensación rara, como si necesitara algo.

Me sentía como al veinte por ciento. Pensé en una solución, la más fácil, lo admito. Entré al baño con la pipa en el bolsillo y fumé un par de jalones bien profundos. Me puse a trabajar y el tiempo se pasó rapidísimo. Acabé mis responsabilidades del día dos horas antes y, en el elevador rumbo al estacionamiento, le llamé a Adela. Adela es mi crush. Algún día será una gran pintora. A Adela le gusta jalar perico. También le gusta el hielo. Le llamé y le dije: tengo medio gramo de perico y como otro medio de crico, ¿como ves?, ¿jalas? Yo no podía parar. La compulsión es brutal. Quieres más y quieres más. Ella dijo que sí y le caí a su depa. Ahí estaba su roomie, una chica famosa de Instagram. Compramos una botella de whisky y otra de vodka porque a Adela y a su amiga —que luego supe que se llamaba, vaya coincidencia, Cristal— les gusta tomar vodka.

Volvimos al depa de Adela y, mientras ellas preparaban los tragos, yo preparé varias líneas de perico sobre la pantalla de mi cel. Cuando terminé me recliné en el sillón a esperarlas. Las paredes de la sala estaban llenas de los cuadros que Adela ha pintado. Espero algún día ganar lo suficiente como para comprarle uno… Adela y Cristal aparecen con tres tragos. Adela me sonríe y me pregunta: ¿traes con qué fumar? Yo saco la pipa de una bolsa de mi chamarra y la pongo sobre la mesa y pongo también el crico que me queda. Decidimos comenzar con la coca. Cada quien inhaló su línea. Yo fui el último. Delicioso sabor a diesel bajando por mi garganta junto con el whisky. Comenzamos a platicar y a platicar y a bailar y a bailar post-punk y, mientras sonaba una canción de cierta banda rusa que no sé pronunciar, ni mucho menos escribir, Adela me dijo: vamos a fumar. Así que fuimos por la pipa y cada quien hizo lo suyo al menos tres veces. Adela, con las pupilas dilatadísimas, volteó a verme y dijo: no mames, qué bueno está esto, ¿de dónde lo sacaste? Le conté de esa vez que acabamos en casa del dealer. ¿Tienes su número?, preguntó sin parpadear. Por supuesto que tengo su número.

Estábamos por marcarle cuando apareció Cristal, evidentemente consternada, y diciendo: wey, ya no hay coca. Fui a ver si quedaba crico y encontré sólo unas moronitas, minúsculas astillas, al fondo de la bolsa. Se lo ofrecí a Cristal y dijo: no gracias, yo no le entro a esa madre. Dicen que es el diablo. Al final, que nadie lo quisiera me daba derecho de terminármelo yo solo. Y eso hice.

Llamamos al dealer y en media hora estaba afuera del edificio donde vivía Adela. Abordo de su SEAT Ibiza rojo último modelo. Bajé solitario a realizar la transacción. Se ordenaron los productos siguientes: un gramo de coca y medio de meta. Y vienen bien servidos, guero, dijo el dealer antes de irse a seguir repartiendo caos y fiesta por la ciudad. Subí, entré al depa y comenzó, entonces sí, la fiesta. Adela puso un foco de colores como de discoteca y yo puse una canción de Crystal Castles. Luego de un rato, Adela puso reggaetón clásico. Líneas, fumes, sudor, agitación y excitación en exceso. Cristal, con la quijada algo desviada, jaló a Adela hacia una esquina y comenzó a perrearle de un modo casi pornográfico. Yo me fui por otro trago porque no supe qué hacer. Tengo ansiedad social y tantos estimulantes en mi cuerpo no ayudan. Necesito un trago que me baje este rush, pero la botella está vacía.

Vuelvo hasta donde Adela y Cristal perrean hasta el subsuelo y les grito —la música suena muy fuerte—¡Ya no hay alcohol! ¿Vamos a un bar? Adela, gritando, responde: OK, pero antes ven. No me moví de donde estaba porque me sentía en pánico así que fue ella quien me jaló y nos puso a ambos frente a Cristal. Rostros muy cerca uno del otro. Adela intenta contar hasta tres, pero en el dos ya estábamos uniendo nuestros tres pares de labios. Así sucedieron las cosas durante los cuatro minutos siguientes. Todos estábamos muy excitados, calientes, sobre-estimulados. Todos queríamos coger. Pero esa noche no. Esa noche el plan era acabar hasta el culo, y eso era lo que íbamos a hacer.

Pedimos un Uber, guardamos las drogas en nuestros escondites secretos, y nos fuimos a un bar. Ahí nos recibieron con tragos estrafalarios servidos con fuego que bebimos jubilosos, turnándonos para visitar el baño. Tristemente todavía no es legal esnifar ni fumar meta en público. Desde luego, todos se daban cuenta de lo raro que eso era menos nosotros. En algún momento de la peda salimos a la banqueta a fumar cigarrillos y meternos unas llaves de coca. Nadie en la calle había salvo nosotros. Ya era tarde, pero el deseo de autodestrucción cuando es puro es, por ende, insaciable.

Así que fuimos a un after. Estuvimos como dos horas ahí. Lo de siempre. Baño, coca, nariz. Luego de aprendernos el mosaico del suelo del baño de memoria y haber bebido como adolescentes deprimidos, nos sentamos en varios sillones que había libres. Todos con el corazón a tope, las quijadas chuecas, parecíamos monstruos.  Nos fuimos y éramos en la calle bestias caminando erráticamente por la ciudad. Cristal, la más sobria de todos, dijo: pues ya hay que irnos, ¿no? Adela insistía en seguir la fiesta. Para ese momento la pipa de hielo se había vuelto una extensión de su cuerpo. Hubo que darle un par de clonas para que aterrizara. Clonazepam de 2mg, me lo recetaron en un momento oscuro de ansiedad y depresión, pero nunca me las acabé. Un poco más lúcida, o más bien un poco menos trabada, rompió su silencio y dijo: bueno, si ustedes no quieren, yo me la sigo en mi casa sola. ¿Dónde está la bolsa de crico? La bolsita estaba en mi cartera, pero bastaba verla para estar seguro de que no se la iba a dar. Pretendí hurgar en mis bolsillos, puse cara de preocupación y dije: verga, creo que se me cayó en el bañó. Adela se llevó las manos a la cara, encabronada, y fue la primera en pedir su Uber. Antes de abordarlo, se me acercó y me tendió su mano izquierda cerrada. Dejé que depositara el objeto sobre la palma de mi mano. Era la pipa. Añadió: ya no la necesito. Gracias por nada, pendejo. Cristal sacó de su brassier la bolsa de coca y se dio un par de llavazos. ¿Me la puedo llevar?, preguntó refiriéndose a la blanca. Yo asentí. Ella se fue a su depa y yo al mío.

Al abrir la puerta, la luz se precipitó a través de la ventana quemando mis retinas. Otro día sin dormir. Otro día sin comer. Ni pedo. Saqué la pipa que Adela me había entregado durante su berrinche y dejé caer dentro de ella un par de cristales con ayuda de una llave. No tenía una razón para hacerlo, pero lo hice. Encendí el fuego, giré un poco a la izquierda, luego un poco a la derecha e inhalé el vórtice de humo que se había formado en el fondo de la pipa. Sentía como si no fuera yo quien lo decidía, como si una fuerza superior a mi capacidad de decidir se hubiera apoderado de mí. De todo el tiempo que llevaba consumiendo sustancias, nunca había sentido algo así. Nunca tan lejos de cualquier control.

Una vez más: la euforia. Aunque esta vez noté algo raro: el pecho había comenzado a dolerme. Guardé toda la parafernalia para fumar en mi mochila del trabajo y guardé la bolsita con lo poco de droga que me quedaba en el pantalón. Me metí a bañar, me vestí, procuré no verme al espejo, y me subí al coche rumbo al trabajo. Al bajar el elevador de mi edificio sentí disforia, debilidad y taquicardia. Las rodillas se me doblaban. Entré a la oficina, dejé mis cosas en su lugar y saqué de mi mochila la pipa. Caminé rumbo al baño. Me metí a un cubículo y cerré la puerta. Miré la bolsita y pensé: tengo que sobrevivir todo el día con esto. Me tiene que alcanzar, no me puedo desvanecer en horario laboral. Podrían descontarme.

Puse en la pipa lo suficiente, según mis cálculos, para mantenerme con vida durante las primeras dos horas de jornada. Encendí el fuego, la pipa se llenó de humo e inhalé. Estaba listo para comenzar a trabajar. Traduje un cómic de ciencia ficción bastante malo en el que un extraterrestre tenía sexo con Katy Perry. No sé quién escribe estas cosas, ni cómo puede ser vendible una idea así para el gran público, pero como dicen: chamba es chamba. Repetí mis idas al baño con una frecuencia de dos a tres veces por hora. Terminé de traducir el puto texto, empaqué mis cosas y, justo antes de subir al elevador, pensé: todavía me queda un poco. Si lo fumo aquí puedo llegar al departamento directo a descansar. Y dormir, por fin, por favor. Me metí al baño, vacié el contenido restante de la bolsita por el boquete de la pipa y le di el último jalón. La euforia me llegó, exactamente según mis cálculos, hasta que llegué al departamento. Entonces de nuevo esa contradicción que es tener el cuerpo vuelto un rastrojo y al mismo tiempo el corazón a todo lo que da.

Me quité la ropa, me quedé en calzones y corrí al cajón de las medicinas. Clonazepam de dos miligramos. Abrí el frasco y saqué dos pastillas. Reflexioné. Tomé otra más. Busqué agua para pasármelas y me llevé el frasco al buró. Me metí a la cama a esperar que hicieran efecto.

Acostado, fumando cigarrillo tras cigarrillo. Pasó una hora. Nada. Qué horrible es esperar. Y es horrible porque mientras uno espera, sólo puede pensar en eso: en que está esperando. Y es tedioso y es frustrante. Ojalá pudiera distraerme con algo. Tomé otras dos pastillas y abrí una cajetilla nueva de cigarros que acomodé sobre mi buró. Estaba comenzando a desesperarme. No podía bajar, el crico se había apoderado de mi sistema y no había manera en que me dejara descansar esta noche.

Volví a tomar el frasco de clonas. Tres. Sin agua. Alguna vez escuché que la gente puede morirse por no dormir, y ese no será mi destino. Definitivamente no, no iba a permitirlo. Mientras pensaba en eso encendí un nuevo cigarro. Es lo último que recuerdo. Desperté quince horas después, con cientos de notificaciones en el celular y una quemadura en mi colchón. Tenía pavor de tomar el celular y ver las IG stories de Adela o Cristal y recordar que fui capaz de fumar crico tres días seguidos. Siempre dije que era algo que nunca iba a hacer

Me levanté y me sentía como si me hubieran absorbido el alma. Una debilidad sin limites provocada por tantos días sin comer. Fumé un poco de weed para abrirme el apetito y desayuné huevos con pan y té. Me sentí mejor, pero no curado. Tenía razón el pinche Jerry: esa chingadera es el diablo.

Llamé a la oficina para reportarme enfermo, respondí algunos WhatsApps y pasé el resto del día fumando weed y viendo series. A la medianoche, antes de quedarme dormido, recordé la pipa de cristal que seguía entre mis cosas.

Sonreí

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