Cómo es que la forma de cada paso marca los minutos de las posteriores acciones del hombre y cómo la horma de cada pie se va adecuando a los caminos sin quejarse.

Quería guardar cada una de sus imperfecciones en las profundidades abismales de sus falacias más conspicuas, como un tesoro; verterlas en un pozo sin fondo en donde quedaran sepultadas para siempre y nadie encontrara entre sus resquicios los restos agónicos de su precariedad.

Siempre su mundo era vacuidades y desolación, siempre sus días absortos y banales, y dentro de su falacia existencial se mordía las uñas esperando que el hilo que unía sus retazos no sucumbiera ante el peso de sus verdades escondidas.

Quería ser perfecto, cada parte de él quería serlo y lo anhelaba con la ferviente ansiedad que lo confinaba a los tormentos más absurdos, a las acciones más inconexas.

Se arrancaba las uñas en la espera de florecer, en la espera de un manto tibio que aliviara sus trémulos penares y lo sumergiera en un ensueño en el que la realidad de su humanidad fuera vasta y prolífera.

Se veía cada día frente al espejo y la imagen reflejada no se transformaba en arte, era el error y la desolación de todo lo que en él faltaba; la imagen que volvía a él reflejaba la veracidad de sus defectos golpeándolo en el rostro con los rastros de su propia inercia, su falta de todo, su eterna angustia; y no sabía si vivía por vivir o porque esperaba que cada reto que plantara ante sus cabales lo deshojara y lo desangrara hasta dejarlo rendido, para sumirse en la desolación de sus fallas y encontrar en su pesar la realidad.

Horas más tarde, embriagado con una sustancia plúmbea y fresca, liberaba sus miedos y sus deshonras, liberaba su ansiedad y sus desasosiegos, y se permitía existir más allá del eco de su nombre resguardado entre las comisuras de sus labios; se permitía ser y explorar en cada grieta, las profundidades y los olores, las cargas y los pesares, e intentaba con el esfuerzo de mil noches en vela postergar sus agónicas palabras para dejar de enjuiciar cada segundo de su errar mundano. Era encantador encontrar entre los licores del mundo la carga sensorial que lo mutaba en otra piel y otros sentires, que lo desconectaba de lo terreno para añadir una carga etérea a su subconsciente.

Se permitía existir con la carga significativa de sus ecos y sus noches mojadas y sus noches nodrizas, velando sus sueños en la impasibilidad de sus ademanes y dando significado a sus acciones. Fue entonces cuando todo se reveló y dejó que sus dedos lo guiaran a tientas por el mundo mientras su mente profunda dictaba las reglas. Encontraba en sus palabras el vasto camino de lo cierto que le permitía explorar sus propios límites impíos. Se permitió encontrar entre los vestigios de las sombras los caminos que le fueron vetados.

Era magia, mundanidad impalpable, como sus anhelos y sus prisas por florecer en un mundo sin agua. Ya no importaban ni la humanidad ni el consuelo, ni el amor ni las mañanas ni los días. Ya no importaba no encontrar en las palabras los restos de su caducidad y los puntos suspensivos.

Todo era todo y nada entre los retazos de arena de letras caducas, todo era todo cuando la nada lo arrastraba efímeramente al silencio.

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