Te dejo un mensaje abstracto con la absurda necesidad de buscarte entre mis heridas y volverte uno de mis miedos, y ahí estás, etéreo y transparente, bailando con la saliva de tu encanto y soplando entre mis dedos la vacuidad de mis melodías.

Ese sopor me invade, la eterna penumbra de mi alma que se desborda por el atardecer dormido se burla de mis divagaciones diarias.

Es un acontecimiento encontrar de nuevo tu presencia entre lo irreal de mis palabras y que con la sombra de tus pasos revivas mi desasosiego. Te mato y escondo tu cuerpo, y porto tu cadáver y su aroma en cada gesto de mis días, escondiendo su pestilencia entre mis amores, escondiendo entre mis errores y mis manos que se cansan de pronunciarte con sus huellas y recuerdos.

Ya no quiero, ya no quiero.

Sí quiero.

Te imagino en cada instante bello y distante, no con la forma de tu aspecto sino con el contorno de tus manos que supieron siempre embriagarme cada poro y que hoy se vuelven sangre encendida en mis mejillas, fruto de mis deseos. Y quiero gritar tu nombre y quiero morder tus ansias y correr a buscar entre mi pasado un lugar para esconderme y que nadie descubra que mis oraciones llevan sílabas de tu nombre escondidas entre sus pliegues.

¿Por qué contestas mis mentiras? ¿Por qué te transformas en la imagen tangible que saborean las puntas de mis dedos, tan sólo para darme cuenta que me rehúso a barrer el polvo de mi almohada?

¿Por qué aún siento ese ardor en el pecho, el mismo, con la misma intensidad de una memoria apenas vivida? ¿No eras ya un momento lejano y abstracto que tan sólo servía de alimento a mis memorias?

Y aquí va de nuevo, el vaivén de mis ojeras, el resplandor de la concupiscencia y la sordera que me absorbe, para renacer entre las hojas muertas de la tinta, para encontrar entre la oscuridad de mis tempestades que nunca he dejado de ser la misma arpía.

Creo que comienzo a tener consciencia, la escucho resoplarme en los oídos y cierro los ojos para viajar a la Luna.

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