Por: David Ordaz Bulos

@David_Orb

“En Pachuca se morían entre dos o tres animales al día en los tiempos de explotación minera”, cuentan los guías de la tercera caminata Recorriendo Hidalgo. Este recorrido de paisaje árido sigue una ruta de unos 17 kilómetros por un antiguo camino real hasta la localidad de El Arenal, donde está el santuario de El Señor de las Maravillas. Estamos en las puertas de la Ex-Hacienda de la Concepción en Tilcuautla, la cual llegó a tener, con todos sus anexos, 20,000 hectáreas de extensión y sirvió precisamente, para criar mulas bajo los mandatos de Pedro Romero de Terreros.

Una época antes, la zona fue conocida como la “Estancia del Judío” y perteneció a Álvaro de Carrión, a quien la santa inquisición le quitó las tierras y le dio 100 azotes en la Plaza de Santo Domingo, en la Ciudad de México. Carrión fue parte de la comunidad judía que llegó a Venta Prieta y pudo establecerse gracias a la tolerancia ruda de la ciudad, producto de la actividad minera.

Por eso todavía le llaman el Cerro del Judío, a aquellos restos de cerro destruido por la explotación –brutal– de las minas de arena y grava. Una aberración que nadie parece notar, pero que no puede ocultarse, por ejemplo, en las fotos en redes sociales de los entrenamientos del Pachuca en las canchas de la Universidad del Fútbol.

Desde su auto, una vecina exige a uno de los compañeros una explicación del porqué está tomando fotos. Y es que el primer avance de la travesía cruza un territorio mutante que en diez años cambió de humor: de la tranquilidad de las milpas a la paranoia urbana que habita en los nuevos fraccionamientos (que ya se aprecian deteriorados). Poco a poco dejamos el asfalto para entrar en un mar de tierra en el que los zapatos se hunden.

Esta es una de las esquinas de la ciudad, está marcada por mojoneras de piedra. Nos acercamos a ellas pensando en que tendrán algunos cientos de años, pero no. En una está grabado el año 1985, junto a un logo de los Rolling Stones; además de una estrella en la parte superior que marca los límites de: Tilcuatla, Mineral del Chico, Pachuca.

Es grato contar con la presencia en el camino de Jonathan Cerón, quien hace unos años rescató el archivo histórico del municipio de San Agustín Tlaxiaca, cuando el presidente en turno propuso quemarlo a través de un incendio que iba a fumarse el “montón de cajas viejas”. Jonathan ahora trabaja en el archivo, el cual contiene documentos desde 1826 y es uno de los pocos en la región del que el pueblo se ha podido hacer cargo.

Caminamos cerca de la localidad de Tornacuxtla (antiguamente Tolnacuchtla, que significa Orejera de tule), son los límites entre los municipios de San Agustín Tlaxiaca y El Arenal. Jonathan cuenta cómo según la Relación Geográfica de Tornacuxtla que está en el Archivo General de Indias en Sevilla España; en la zona gobernó Nacatzin (el Señor Oreja), un Tepaneca de Azcapotzalco que en 1419, rendía tributo a Tenochtitlán, que estaba en pleno apogeo. Así, Nanatzin se sometió al cuarto emperador mexica: Izcoatl (serpiente de obsidiana) y se casó con una de sus hijas. Se dice que vivían en los bosques y de sus aposentos no quedó nada. Este es un territorio con capas de historia enterradas, negadas, que requieren ser develadas.

“Los indios se morían en los caminos entre los pueblos y las minas; les daban de comer una tortilla al día”, cuenta Jonathan mientras vamos pendiente abajo. Explica también cómo en el siglo XVII los pueblos de la zona quedaron abandonados, porque sus habitantes se refugiaban en las montañas. Es interesante saber que en estas regiones comenzaron las rebeliones mineras (otomies – chichimecas) y que tiempo después, durante la Independencia, hubo pueblos de fanáticos cristianos que apoyaron al Ejército Realista para defender sus trabajos como peones de las haciendas, en contra del Ejército Insurgente.

“Me siento como en la película de Tizoc”, dice una de las compañeras de ruta, le estalló el imaginario de Pedro Infante en las ruinas de una casa a la entrada de “El Caracol”, donde el camino se torna en espiral. Aquí, dice Heladio Vera, “la mirada ya no reposa en cualquier cosa”. El día ha alcanzado un azul embriagador que potencia la silueta inmensa del cerro de los frailes. Ya en la localidad de San José Tepenené (Cerro de ídolos), seguimos una línea recta de concreto que nos cuece bajo el sol de marzo, hasta que llegamos a los portales de El Arenal, bajo la sombra de una enorme cruz.

Marco Díaz, cuenta una de las historias populares sobre El Señor de las Maravillas (la cual aparece en el libro Leyendas y Tradiciones de El Arenal de René Espinosa). Controversial, el relato tiene que ver en cómo el santo “salvó a una mujer adúltera cuando iba ser sorprendida por su esposo llevando comida en una canasta a su amante. Cuando el esposo abrió la canasta, la comida se convirtió en flores que sirvieron para disimular una ofrenda”. Un curioso que se había acercado, chasquea la boca y se va hacia la iglesia donde está el santuario con el Señor de las Maravillas vestido en tonos púrpura y reliquias que los peregrinos han dejado.

El chofer de la combi de regreso explica como “cada metro cúbico de grava del Cerro del Judío cuesta 200 pesos y lo venden ahí directamente, en la mina del cerro; los propietarios son ejidatarios que rentan a otros ejidatorios para trabajarla. Ya se han hecho de sus buenas maquinas y todavía les queda cerro pa rato, otros diez años”.

Nos deja en el pueblo de San Juan Solís para visitar a unos amigos. Los encontramos en un corral donde preparan gallos de pelea para uno de los próximos torneos que son parte de la economía de apuestas millonarias que hay en el estado. Una trecena de gallos están dentro de jaulas “individuales” mientras una veintena de gallinas corren sobre la tierra. Anticipándose a cualquier argumento ecologista, Fernando asegura que los gallos son animales que por instinto pelean; claro, sin las navajas en las patas amarradas por humanos. Y que cuando les quitan la cresta para que sus contrincantes no se las arranquen, ellos mismos se la comen. Comienza a oscurecer y pienso en todos los rasgos que compartimos con estas aves. Pero el cansancio ha inundado nuestros cuerpos, cada vez más pesados. Varios compañeros se quedaron dormidos sobre la tierra.

 

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