Hace más de un año que despierto de madrugada, entre las 2:00 y las 4:00, la hora en que  la línea divisoria entre la vida y la muerte se desdibuja.

Según la superstición, despertar en ese lapso significa que un espíritu observa al durmiente, y que si el hambre o la sed lo levantan, la entidad quiere mirarlo despacio, por entero; estudiar ese cuerpo como una posible casa.

Yo siento hambre, sed y me levanto, pero a diferencia de los que reconocen un miedo hasta la parálisis al sentir que los miran, otra forma de gravidez me ancla al suelo que piso y advierto que las cosas adquieren un peso distinto a esa hora.

Como dando el beneficio de la duda a la conseja, observo los objetos en la quietud y espero que algo cambie, pero todo se pronuncia con más fuerza en el estatismo, todo afirma una razón para estar.

Escucho crujir los cimientos de la casa que se asienta, ya con soltura, como si sólo en el centro de la madrugada encontrara el momento para hacerse más casa, más real.

Lo mismo cuando ha habido flores en la sala y el ramo elige ese tiempo para desprender el aroma más intenso, para decir, al fin, que fue verdad sobre la mesa.

No me cuento entre quienes temen a lo que no pueden ver. Al contrario: pareciera que una distancia física, real, me apartara de las cosas que amo. Vivo la ausencia como una extensión de la presencia.

Nunca he llorado por la falta como lo he hecho por la cercanía: por no saber qué decir en las compañías que se prolongan, los reencuentros o la casualidad. He llorado la obligación del lenguaje; lo inevitable del cuerpo esos días en que he sentido frío sin poder apartarlo o resguardarme de él; por la fealdad y la belleza como signos inequívocos de estar atada al mundo de las formas.

Rara vez asisto a funerales y escapo de los pocos, no por el temor a contagiarme del luto sino por la vergüenza de no saber condolerme.

Ahora, de mis contactos con el ser que me mira, rescato sólo la certeza de ser torpe en ambos mundos: médium fracasada al no comprender las señales de los muertos y tampoco a ciencia cierta los gestos de los vivos; el sinsabor de no saber nombrar y no poder estar callada en un mundo que existe sólo en tanto es pronunciado, mesurable, material.

A las 3:33 de la madrugada, mientras las cosas repiten su nombre y yo corto una manzana que como muy despacio, mientras hierve el agua para el té, me compadezco, al fin, de los muertos que habitan la soledad de no decir cómo es allá donde supieron de qué estaban hechos.

Tal vez también me alegro por ellos, que ya no tienen nada de qué hablar, ahora que nadie los espera y son dueños de la libertad de estar callados, mirando la frontera entre dos vidas.

Comentarios

Comentarios