Por Carolina Bustos Beltrán

Medellín Mon Amour, cuánto te amo, cuánto te debo, cuánto me has dado. Y así es y cambiando de tema, ayer casi muero en el ascensor de un edificio de un barrio normal y tranquilo del sur de París. Aquí estoy, no me morí pero sí del susto y me contagié de una inmensa tristeza, porque cuando a uno lo amenazan quizá eso es lo que queda, ni siquiera miedo, solo tristeza. 

Tres jóvenes adolescentes me querían romper la cara, mandarme escaleras abajo y me tuvieron bloqueada por largos segundos en la salida del ascensor por haberles dicho: ¡ESPEREN! en un tono a su juicio, indebido. Claro, digamos que en este país últimamente o desde hace 18 años, no sé cuál es el tono debido. No me han insultado nunca en Medellín, ni en Colombia en una circunstancia “indebida”. Sin embargo en ese paisito tan incivilizado donde nací, puedo decir que he muerto de otras maneras, sobre todo de indignación cada día, pero nadie nunca me dijo: “te voy a romper la cara”, no miento. 

 

En París ya he muerto varias veces a “hijueputazos” y en francés suenan igual de mal y duelen tanto como lo son los insultos en cualquier idioma. Sin decir más, uno deja pasar el estupor y sigue su vida, se toma tres tequilas y observa con cariño su nueva taza de café que viene de un lugar donde fueron a buscar a un tal Pedro Páramo y sigue respirando aunque no entienda al mundo y el mundo le sepa tan mal que ni siquiera un tequila Don Julio recién llegado de México se lo haga saber mejor.

Me sentí tranquila de despertar en casa y de dejar pasar el día y la tarde y parte de la noche sin más apuros. Luego leo que amenazan a otras mujeres, que son mis amigas, que son valientes y aguerridas por expresarse libremente, y observo la hilera de amenazas e insultos que no se detienen, pues el ejercicio de agredir no tiene fin en ningún lado del mundo y pienso en qué le cabrá a mi muro de lamentos esta noche: varias quejas o varios ascos que se me atragantan en el estómago y en el corazón un domingo de noviembre, mes siniestro, en él coinciden sucesos dolorosos para Francia o Colombia.

Y vienen los recuerdos de Medellín, una ciudad que he narrado, de la que he escrito cuentos de amor y de vida, donde he amado con pasión y sin pudor, donde me he enamorado locamente, donde he soñado sin restricciones, donde he escrito poemas y los he leído frente a muchas personas que sienten y luchan porque este lugar sea mejor.

En esta ciudad he bebido, he cantado, me han decepcionado, en ella me he levantado, la he caminado, no es mi epidermis pero la he sentido palpitar y la llevo y llevaré en mí por mucho tiempo porque me ha dado las mejores sorpresas. En mi caso particular confío, puedo caer en la duda y la sospecha que esté engañada pero confío. Los paisas, mis amigos a quienes quiero y admiro todos sin excepción son buenos y amables, además de talentosos. Y qué pena decepcionarlos pero ninguno es narcotraficante, ni tiran plomo y bala por donde pasan.

Puedo jactarme de conocer grandes filósofos, humanistas, maestros y maestras, poetas, escritores, pianistas, cineastas, bailarinas, artistas plásticas, ingenieros, arquitectos, madres, ilustradoras, editores, documentalistas, padres, campesinos, secretarias, choferes, mucha gente, digna y noble. Con esto no quiero hacer una apología de una ciudad que es demoníaca y perversa como ella sola, donde también, como en todas partes del mundo, hay gente muy mala y sin virtud. Seres despreciables que solo nos avergüenzan y que tanto daño nos han hecho. 

Aún así a esa novia fea y sin glamour, yo la quiero mucho y me pesa y me duele que esa otra novia bonita e hipócrita como es París permita que nazcan lugares tan infames para alimentar la furia de los tópicos que nos han desgarrado como sociedad por varias décadas. A quién carajos o con tan poco gusto se le ocurrió crear un club nocturno en uno de los sectores más exclusivos de la “Ciudad Luz” que se llame “Medellín París” cuyo único vínculo de encuentro sea Pablo Escobar y la cultura traqueta de ese paisito que ya tiene mucho de traqueto muy a nuestro pesar. No entiendo por qué insistir en ese flagelo como si fuera un mal chiste. En serio, vamos mal y Colombia está en el fango, pero como colombianos estamos agotados de la sacralización de la violencia hasta el punto de convertirla en un producto de marketing y consumo que nos sobrepasa. 

Ir a un bar y ver una luz de neón que anuncia la taquería “Chez Pablo”, (Adonde Pablo), me supone que es un lugar que está destinado a un público o clientela de un gran morbo, empezando por usted Monsieur Frederic Beigbeder que además de mal escritor, no me lo imagino caminando en medio de una borrachera hasta el crucifijo con velas que representa la tumba de Escobar, para honrar la memoria del héroe sin pensar en las miles de víctimas que cobró el narcotráfico en Colombia y en el mundo. No, seguro usted señorito burgués, no sabe qué es eso. 

 

Personalmente nunca iré a embriagarme a punta de “plata o plomo” ni de “hijueputazos” ni me quiero cruzar a Popeye, ni a otro criminal mientras bailo cumbia o salsa. Siento una gran vergüenza por todos los suplementos informativos de la prensa local que hablaron de la inauguración de este bar con risitas socarronas, como si fuera très amusant, ohhh oui, very funny ir a pasar una noche de rumba loca con “polvos mágicos” en un bar décalé et branché de ambiente latinoamericano, lo siento pero los bares de Medellín que conozco no se parecen a este, un sincretismo pavoroso entre la decoración de Coco y Del Crepúsculo al Amanecer con “niñitos bien” de la burguesía parisina jugando con armas.

De igual manera siento la misma pena y tristeza como cuando mis alumnos se ríen de manera tonta e ingenua cuando hablan de la serie Narcos de Netflix sin saber como era vivir con el miedo de tener una bomba debajo de la casa o sentir otras más sacudirte la cama o más macabro aún, ver cómo grandes hombres y mujeres, lideres pensantes, perecieron durante toda tu infancia y adolescencia y lo peor de todo aún, hoy los sigues viendo perecer.

 

Medellín Mon Amour, tú tan desdentada y sin elegancia que hueles a flores y aleteas como tus colibríes. Yo sé, no te mereces esto como no te mereces tu historia ni a tus hijos, yo por mi parte no iré nunca ese bar que hicieron en tu honor en París. Me tomaré mis tequilas en otro lugar quizá no à la mode para pasar mis sustos y seguiré viva escribiendo en el ejercicio de mi libertad lo que pienso. ESPEREN un momento, ¿si lo dije bien? Me pellizco. Estoy viva y ya es lunes en París. 

#STOPMedellínPARIS

Lunes 19 de noviembre 01:10 a.m.

Carolina Bustos Beltrán (TaBogo 79)

Poeta, narradora y docente colombiana radicada en París. Apasionada del tarot y los viajes low cost, escribe y lee en el RER A. Sus poemas y relatos han sido publicados en revistas, blogs y antologías y han galardonados en varios certámenes internacionales de literatura. Sueño Stereo (2014 y 2017) y Polifonías Dispersas (2018) hacen parte de su banda sonora. 

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