Por Mariela Castañeda

Serán varios cruces de los que hable en esta reseña. Por un lado, el cruce entre la lectura del poemario Materia oscura de Rocío Cerón, publicado por Parentalia Ediciones, y el performance homónimo que se presentó en  LAV: Live Cinema / Arte Sonoro # 89 en la Facultad de Música de la unam, proyecto que la autora desarrolla con Rubén Gil y Katya Tovar. Por otro lado, la intersección entre mirada y lenguaje, o lenguaje y experiencia, como se irá develando en la lectura.

La materia oscura alude a una clase de materia cuya existencia no ha sido comprobable en términos experimentales sino teóricos: se sabe de su existencia por los efectos gravitacionales que tiene sobre la materia visible. Quizá la materia oscura se refiera a aquello que se da en los intersticios del lenguaje, de su enunciación —materia visible—, y que constituye una especie de acción en sí, pero oculta, que solo se intuye en el gesto del lenguaje al dar cuenta de la materia visible. De cierto modo, el lenguaje en ambas piezas sirve para elaborar sobre una acción subjetiva: la observación. Se habla de lo mirado, sin miras a agotarlo. Es necesario sondear lo perceptible a los sentidos para conjurar lo inasible de la experiencia: “Para provisionarse ante lo pasajero habrá que sostener la mirada…”

La mancha ofrece a la vista un trasbordo de lo visible a lo invisible, y a la inversa, como principio de lo que es, o será o fue. Hilos y variaciones de nudos. Y su nombre era fuego, espesura de fondo, negrísimo trazo en el cielo de tiento obstinado.

La mirada remite a el que mira, registro que encontramos desde el primer fragmento del poemario y que habla también en el performance. Ahora bien, cabe notar que la única caracterización que tenemos de esta figura es el acto estativo, en cuanto a esencial, de observar. El acto como tal, solo se sugiere por las imágenes que se entretejen, a veces contrapuestas, en el texto, imágenes acendradas —sintéticas al reunir solo el trazo esencial de la mirada—, que al principio presentan resistencia y que, a fuerza de volver sobre ellas, develan movimientos expansivos, cuya clave se enuncia desde el epígrafe de Rothko sobre la naturaleza cinética de sus pinturas:

O bien se trata de superficies expansivas que se dilatan hacia el exterior en todas direcciones, o bien de superficies que se contraen y retraen hacia el interior en todas direcciones. Entre estos dos polos encontrará todo lo que tengo que decir.

En este sentido, el libro y el acto performático actúan como los polos de los que habla Rothko: su lectura paralela expande la interpretación, pero también puntualiza, retrae los sentidos. Más allá de esto, que  puede resultar evidente, interesan las divergencias fértiles entre ambas formas, que logran apuntar a líneas de lectura distintas, pero siempre instaladas en aquello que se escapa a la fijeza. Me parece que el performance toma un giro interesante que parte de una esquirla del texto y logra erigir todo un lenguaje de aceleración y golpe:

Cualquier mentira podría decirse mientras el país se desangra. Antesala de granito y cedros. De cualquier abedul podría colgarse un hombre. O una mujer. Se guarecen en tierra semillas de amapolas. Florecerán. No el pueblo que las ha plantado. Guirnalda.

En este punto el performance se articula como una interpelación a la violencia actual en México; parte de líneas del poemario que toman plasticidad al conjuntarse con el flujo voraz de imágenes que propone Rubén Gil y las distorsiones sobre la voz de Cerón que controla Katya Tovar. Por decir algo, el recurso de la enumeración que en el texto puede mantener cierta contenida resonancia, explota en el performance: “un muerto, dos muertos, quince muertos, cuarenta muertos, cientotreintayun muertos, cuatrocientosochentaycinco mil muertos, un millón de muertos”, se grita, se lanza la voz desde lo gutural, desde la interferencia y la estática de las pantallas.

Hasta ahí la divergencia, ahora el nudo. Ambas búsquedas formales se construyen, me parece, desde la perspectiva del lenguaje, entendiéndolo como el gesto que, lejos de ser una forma acabada, cifra constantemente la experiencia bajo inagotables capas:

Palabra follaje, brasas de sentido ante observante. Expansión de materialidades áuricas: Y su nombre era inocencia espacio aire visible notación espiral de signos instante surco. Arde, todo arde en el lenguaje.

Tanto en el poemario como en el performance, todo arde en el lenguaje. La llama ilumina, en cuanto da sentido, pero al tiempo arde, transforma la experiencia al nombrarla. Al final, termina por consumirlo todo, por consumirse en el acto.

“No todo lo que digo está en el poema”, me dice Cerón al concluir, refiriéndose a las diferencias entre el texto que desarrolla en el performance y el del poemario, la frase habla por todo lo que espero haber desarrollado antes: la poética de lo inasible, es, forzosamente, una poética de lo ausente, de lo que no está en el poema.

Las hojas de todo árbol –sílabas blancas– enuncian hacia tierra la ofrenda de la ausencia: lo visible, el objeto, la mancha que flota en el vacío.

Aquí el registro en video

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