Un relato de Sylvia Arvizu

¿Qué quieres que te cuente? ¿Cómo me hice marimacha o narcotraficanta?, me preguntó la Paty en tono inquisidor. Las dos cosas, contesté.

Bueno, a los seis años le robaba los juguetes y la ropa a mi hermano, a los siete le di mi primer beso a una niña de doce y a los trece hice el amor con una maestra de la secundaria a la que iba allá en Estados Unidos.

¿Trece?, pregunté asombrada. Trece. Se te van a salir los ojos, me dijo sonriendo.

Una vez, como a los diecisiete años, en una fiesta un vato me dijo que yo le gustaba y me dio un beso, pero a mí como que me dio asco, pa’ ese tiempo, todavía nadie sabía lo que yo era, y por mi amá trataba de ocultarlo bien, hasta me puse zapatillas y vestido en los quince de mi hermana menor con tal de que nadie me descubriera. Y vieras visto, triste Paquita la del Barrio a un lado de mí, con vestido de lentejuela que mi amá misma bordó. Por ahí debe de andar el video todavía, mi amá lo cuida como oro molido.

A los veintitrés años ya andaba yo de antro en antro con toda la bola de amigos gay; dos tres de ellos se vestían, y pues pa’ dar el show y aguantar noche tras noche frescos y alechugados, se daban dos tres líneas de coca, y yo por seguirles la cura también me las daba. Ahí empecé luego-luego en el negocio del narcomenudeo, poco a poco me fui metiendo y en pocos meses ya entregaba perico en la mayoría de los bares de Tucsón.

Tanto fui subiendo que al rato ya no me conformaba con eso, quería más, quería hacer un negocio en grande y me lancé de burrera, recogía cargamentos grandes, de los buenos, en el lugar que me dijeran, y lo entregaba igual donde me indicaran. Fue donde empecé a ver billetes a lo macizo.

También me casé. Conocí a Julia, el amor de mi vida. Tenía dos niñas que yo quería como si fueran mías, pero, como siempre hay un pero, ella estaba casada con un vato bien loco que me compraba perico. Un día ella había ido a buscarlo al bar donde yo me la llevaba y me preguntó por él. Desde que la vi me gustó y no le pude quitar la mirada de encima. Me acuerdo que en ese entonces los beepers andaban en todo su apogeo, y justamente le estaba diciendo a Julia que no lo había visto, cuando me llegó un mensaje de él pa’ que le llevara un pase. Se lo llevé, pero también le llevé a la morra, que lo agarró in fraganti con otras dos en un motel de ésos del ocho. Ya no volvió con él. Esa noche durmió en mi casa, pero nada pasó. Conforme pasaron los días me fui ganando con mucho esfuerzo su corazón, y ella con mucha astucia me fue ganando con la mercancía y los clientes.

Por eso mejor me vine pa’ México otra vez, aunque no me pasaba mucho vivir aquí, porque aquí una persona como yo no se puede desplayar a gusto, siempre está en la mira de todos y allá en el otro lado como que es más normal, sabe cómo… Como que a los gringos les vale madre si haces de tu culo un papalote.

Pero tenía que venirme, olvidarme de aquella morra y de su doble traición. Me tronó el corazón y la confianza. Y verás qué loco, cuando recién me vine, extrañaba más a las morritas de la Julia que a ella, me daba tristeza pensar si tenían hambre o frío o si irían a la escuela.

Ya viviendo acá también empecé a levantar una lana, cada vez entregaba más mercancía de un lugar a otro. Nomás les llevaba mi Tsurito doble fondo, ellos lo cargaban y yo me subía con mi música de los Temerarios o el grupo Indio y vámonos riqui ricón. Todo iba bien, hasta que me tronó.

Un sábado en la noche, el purito 14 de febrero, andaba por la calle de la amargura por no tener nadie con quién festejarlo, pero quería mantenerme ocupada, por eso ni la hice de pedo cuando el ruco me dijo que iba a entregar ese día. Todo el procedimiento se hizo igual que siempre, lo único que cambió fue el carro, esta noche no vas a usar el Tsuru, me dijeron, ya te cargamos aquel picapcito. Ya desde ahí, algo me decía que las cosas no iban a salir bien, pero eran tantas las ganas de agarrar carretera y no pensar ni en la Julia ni en nadie, que no le hice caso a mi intuición y me fui.

No te dejaré de amar, cómo me duele terminar, no te quiero ver llorar, dame un beso y dime adioooos, cantaba yo, cuando en la garita, luego-luego un soldado me hizo señas de párate ahí, hice como que di vuelta, hice como que me estacioné y luego hice como que huí, porque no pude, pa’ cuando quise meter reversa ya estaba rodeada por mil chotas.

Ya después, estando aquí adentro, me enteré que fui carnada, que mientras los militares estaban entretenidos conmigo, les pasó por las narices un tráiler hasta la madre de coca, y ellos ni en cuenta por estar agarrando a la marimacha narcotraficanta. Me dio mucho coraje no haberlo presentido cuando empecé a ver cosas raras.

Me dieron diez años de prisión. Ya llevo seis, soy encargada del taller de reciclado y tengo la cocina los fines de semana. Trabajo mucho, también estoy ahorrando pa’ no salir con las manos vacías, quiero poner un negocio aunque no sé de qué; quiero disfrutar a mi mamá que ya está mayor, y a mis hermanos y sobrinos, desde que llegué aquí no me he quejado, porque he aprendido a valorar todo lo que tengo y lo que me espera afuera; eso sí, no lo niego, de repente me pega el carcelazo y ni yo misma me aguanto, y en las noches de lluvia, cuando veo por la ventana las estrellas, nomás pienso: qué verga, carnada su chingada madre.

*Crónica incluida en el libro Mujeres que matan de Sylvia Arvizu, el cuál incluye, en tres segmentos, los doce relatos creados para su primer libro titulado Breve azul, más los relatos completos de Mujeres que matan. La autora recientemente publicó su tercer libro bajo el nombre Las celdas rosas, acreedor del premio Libro Sonorense 2017, en la categoría de Crónica. Ambos libros son publicados por Nitro/Press.

Mujeres que matan (Nitro/Press, 2013)

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