Por Rodrigo Islas Brito

No hay peor mentira cinematográfica que aquella que pretende catalogar a Marilyn Monroe como la encarnación de la rubia tonta y sin cerebro hollywoodense. Norma Jeane Baker quien este primero de junio cumpliría 92 años, de no haber ingerido cuarenta cápsulas de Nembutal la noche del cinco de agosto de 1962 en su casa de Los Ángeles, California, fue y es una actriz que demostró en muchas de sus películas una calidad interpretativa que no puede soslayarse ni siquiera con la etiqueta de “bomba sexual” que la ha de acompañar por la siguiente eternidad.
Nunca fui santa (Bus Stop, 1956) dirigida por Joshua Logan y basada en la obra de teatro del costumbrista William Inge, representa la que tal vez sea la mejor interpretación de su carrera en la piel de una cantante sin fortuna que en la búsqueda de fama termina perseguida por un vaquero de rodeo enamorado y un poco bruto (Don Murray) que no sabe que la gente en realidad no se casa en las iglesias. Monroe aplica aquí ese don que le venía de muy dentro para detrás del deseo despertar una arrasadora ternura que deviene en aflicción por un universo dónde nunca las ha de traer todas consigo.
Marilyn en sus filmes no sólo tenía esa belleza externa de calendario de pared de chico virgen y preparatoriano, sino que lograba mostrar una compleja riqueza interna por la que valía la pena llegar hasta el final de sus atolondrados ojos. Formada en el Actor’s Studio de Lee Strasberg de donde también egresaron monstruos actorales de la indómita postguerra como James Dean, Paul Newman y Marlon Brando y donde el actuar solo era cuestión de descarapelar y llegar a las razones del simple comportamiento, Marilyn enfrentó su primer papel realmente complejo en Niebla en el alma (1952) del inglés Roy Ward Baker, donde dio neurosis a una joven niñera con un pasado de abuso sexual traumático que una noche de cuidar a la hija de millonarios emperifollados , regresa por ella, a lo cual un metiche de buen corazón (Richard Widmark interpretando extrañamente a un hombre amable) tendrá que interponerse entre Marilyn y el abismo de la sangre que se acongoja en los límites de una suite de la Quinta Avenida.
También fue una mujer de pasado poco claro en Niágara (1953) en registro más de femme fatale y en donde Joseph Cotten en el papel de su esposo cornudo y victima perfecta termina siendo más justiciero que Charles Bronson para eso de voltearle el ataúd a la muerte inevitable.
“ Nunca me mido… La gente es la que me mide…”, dijo la propia Marilyn cuando le preguntaron sus medidas en su visita a la Ciudad de México. Ya como bomba sexual rubia Monroe fue la mejor, la única. Ya sea como esa chica corista que ama a los diamantes y sobrevive pérdida en un crucero, ayudada en su intento por escapar de una escotilla por un niño de ocho años que le deja claro que solo la va auxiliar por la sencilla razón de su enorme e inevitable encanto animal , en Los caballeros las prefieren rubias (1952) del padre de todos los géneros Howard Hawks, que como el objeto de los esfuerzos donjuanescos de un millonario francés ladrón de chistes (Yves Montand) en Adorable pecadora (1960) del manierista y clásico George Cukor, y en donde nadie jamás se ha visto mejor en una pantalla portando tan solo un suéter de lana.
A las que se suman los papeles que interpretó bajo la dirección del caustico y humanamente misántropo Billy Wilder. La comezón del séptimo año (1955) y su papel de sexy e ingenua nueva vecina de hablar sutil y sueños líquidos , de un tipo recto pero algo extraviado (Tom Ewell) que contiene aquella ya mítica secuencia de Marilyn levantado su falda arriba del ventilador de un metro, que la propulsó a los anales de la historia del sex symbol .
Y por supuesto Una Eva y dos Adanes (1959) obra maestra de Wilder donde Marilyn interpreta a Sugar Kane Kowalczyk, cantante itinerante de buen corazón e ilusiones que van por la tercera vuelta que se ve contra su voluntad compartiendo persecución con dos músicos buenos para nada que huyen de una matanza de la mafia de Chicago y que para pasar desapercibidos se disfrazan de mujeres en una orquesta de rectas señoritas (Jack Lemmon y Tony Curtis) Desde su juguetona interpretación de “I wanna be loved”  hasta su alocada fuga en una lancha de repuesto con el mantra impreso en el aire de que nadie es perfecto, Marilyn es el motor definitivo de esta desfachatada oda a la felicidad y el superar esos complejos fuertes pero nimios donde algunos prefieren quemarse.
También es de destacar su papel de vaquera fugitiva que no está para creer ni apoyar a su novio pistolero psicópata (Rory Calhoun) al que termina enfrentando en un duelo en Río sin retorno (1954) de Otto Preminger, su confección de una cortesana rebelde y respondona en El príncipe y la corista (1957) donde incluso le robó escena a su director y prestigiado y teatral interprete, Laurence Olivier, con la ferocidad de una naturalidad que supera y se significa en el desborde, y su última interpretación completa en la pantalla como una mujer que trata de rehacer su vida en las posibilidades del polvo en Los inadaptados (1961) canto de amor desesperado del inmenso humanista John Huston, a los vaqueros citadinos que nunca han de alcanzar ni al caballo, ni al sol , ni al cobrizo horizonte.
Si hay algo más grande que las películas que Marilyn Monroe protagonizó, son los innumerables biopics, cintas, miniseries y documentales que sobre su vida se han hecho. En donde hemos podido ver una y otra vez detalles de su vida como su imposible relación con una madre ausente y e incluso esquizofrénica que la llevó en su infancia a ir de aquí para allá en hogares adoptivos donde fue coleccionando tristeza , malos tratos y abusos sexuales, la fotografía que en 1944 le tomaron mientras desempeñaba su trabajo de técnica en motores en una fábrica de municiones y le dio su boleto a Hollywood, su deseo desesperado ya como estrella de cine por ser madre que se vio roto por abortos continuos que terminaron por hacer de su psique una hecatombe, sus romances con hombres poderosos pero despiadados como el crooner Frank Sinatra o el presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy e incluso sus desastrosos pero felices matrimonios con el devoto pero híper celoso beisbolista Joe Di Maggio y el onanista y genial dramaturgo Arthur Miller , quien años antes de morir declaró honesto sobre el encanto que en el mundo sigue ejerciendo más de cincuenta años después de muerta, la mujer que fue su esposa durante cinco años:
“No creo que alguien pueda explicar por qué el recuerdo de Marilyn sigue tan vivo en la memoria de los Estados Unidos y de tanta otra gente. Es un romance misterioso que yo, especialmente yo, no puedo aclarar. Hasta los jóvenes hablan de ella con una familiaridad asombrosa. Es probable que todavía siga ejerciendo alguna influencia en mi obra, no estoy seguro. Alguna vez escribí que Marilyn fue más allá de lo que la psique colectiva de los norteamericanos estaba dispuesta a tolerar en aquellos años. Marilyn fue la prueba de que la sexualidad y la seriedad no podían convivir en la misma persona”
Dentro de los biopics sobre la vida y la pasión de Norma Jean Baker debe destacarse espacial y especialmente la cinta Insignificancia (EUA, 1985) de Nicolas Roeg , metafórico encuentro ente el símbolo sexual y cultural, su marido Joe Di Maggio, el senador icono oscurantista y cazador de comunistas Joseph McCarthy y el científico premio nobel-mente del universo Albert Einstein. Theresa Russell interpreta aquí uno de los retratos más veraces y entrañables de Monroe, presentándola como un ser lleno de luz pero perseguida por las sombras de una fama caníbal y una nostalgia por el sentirse mal que nunca pudo realmente sortear. Es de recordar la escena donde la Monroe de Russell le explica a Albert Einstein (Michael Emil) punto y seña de la Teoría de la Relatividad con una convicción de física nuclear que solo podía venir de un ser que amaba inmensamente al mundo y la vida.
Marilyn Monroe es hoy un símbolo de feminidad, vulnerabilidad, glamour e incluso seducción. Una figura trágica dueña de un elixir de teorías e interpretaciones que sobre su existencia y su ser no se han de acabar nunca. Las especulaciones sobre su muerte, sobre la escena alterada de la habitación donde fue encontrada que sugerían que la actriz pudo morir en circunstancias diferentes al suicidio oficial, se mantendrán siempre.
Pero también lo harán sus películas, sus guiños, sus bailes, sus cantos, su “Happy Birthday Mr President”, su fuego haciendo erupción en su melena. Su alegre melancolía en fotos playeras portando un primoroso suéter de Chinconcuac, sus vestidos, sus abrigos, su amor y promoción que el cinco de agosto de 1962 en la Ciudad de México (vestida nada más que con un vestido amarillo) hizo sobre los poderes del Channel número cinco, su descenso por unas escalinatas en las que les canta al placer, al amor y al chance de buscarlos siempre, su belleza exorbitante complementada por una gracia que trascendió incluso a su dilatado viacrucis emocional. Su orfandad, su cercanía, su voz que se iba como un maullido tierno. Su hermosa infelicidad.

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