Estamos sentados en un sofá blanco, y bebemos leche y hablamos con palabras extranjeras y nos reímos sólo con la parte izquierda de la boca, como si la parte derecha estuviera ocupada en tramar algo más gracioso aún y se estuviera reservando para las carcajadas de verdad. Manu se levanta, se pone de frente a nosotros y traza un contorno con las manos, trabajando igual que un alfarero. Nos reímos al instante con el noventa sesenta noventa que le había tenido la noche anterior a cubierto. Nos reímos muy alto; brindamos muy fuerte por ello y por repetir en unas horas; levantamos nuestros vasos con el blanco de la leche camuflándose contra el blanco de las paredes para luego beber de una manera bastante elegante hasta terminar el vaso. Por la parte izquierda de la boca. Un rato después, se levanta de nuevo. El número de Manu y su bombín y su bastón. Bailando y haciendo círculos a lo Fred Astaire por todo el local, un clásico. Su bombín o su chistera, en mi cabeza va cambiando la forma porque no he visto La naranja mecánica más que una vez, el año pasado, pero Manu baila con el mismo disfraz subido a nuestra mesa, y después a la mesa de al lado, y luego brincando encima de la barra para terminar allí la actuación mientras el bar enloquece de repente. Con el bastón de noria dando vueltas y vueltas y el sonido inconfundible de sus tacones sobre el mármol.

Casi en los títulos de crédito aparecen ellas cuatro, de cuero negro de pies a cabeza. Sirven un par de filas de chupitos que bebemos de un trago codo con codo antes de salir disparados hacia la puerta de la calle para ver la llegada de las estrellas a la fiesta.

Hay una, guapísima, que no me quita los ojos de encima mientras sus amigas la arrastran en una dirección distinta a la nuestra. Fundido en negro.

Estamos donde el Checo. Muy borrachos, y algo más. Tenemos dinero para unos cuantos litros en el banco del fondo, ron o similar, y pegar el culo a los restos de la noche anterior, y soltar una carcajada detrás de otra hasta terminar en un agujero negro. Lo de siempre. Los de siempre: Andrés, Manu, Marcos, Paul y yo. Manu se lo ha montado con una universitaria gorda y volvemos a la conversación a ratos, y se levanta para abarcar la mesa entera con las manos y describírnosla. Luego bebemos. Un hidalgo, dos quizá, que los vasos son de los pequeños. Todo da vueltas, como si nos hubieran golpeado en la cabeza con un bastón y luego nos la hubieran tapado con un sombrero demasiado grande. Sé que Manu se levanta de nuevo, al rato, y saca de algún sitio unas bolas de hacer malabares. Sube a nuestra mesa con una nariz de payaso, la que siempre lleva, y trata de hacer el número una vez. Dos quizá. Hasta que se le escapan las bolas, dando vueltas de noria, y él sale corriendo detrás de ellas. Las coge, intenta el mismo número en la mesa de al lado, y en la de más allá, y encima de la barra por fin, hasta que le perdemos de vista y al momento siguiente el crack de los cristales rotos nos saca el bombín de la cabeza y nos destapaba los oídos.

Entran ellas casi al final del sainete y se quedan mirando con la boca abierta. De repente Manu agarra una botella cualquiera y les sirve cuatro chupitos como si las conociera. Y cuatro a nosotros, que hemos ido a rescatarle. Así que cuando el Checo viene de recoger los cristales rotos, rojo y enfadado, no nos queda más remedio a todos que salir disparados a la puerta de la calle para no ver las estrellas al final de la fiesta.

Hay una, guapísima, que no me quita los ojos de encima mientras sus amigas la arrastran en una dirección distinta a la nuestra. El Checo me engancha por la espalda. Ahora comprendo el vistazo. Fundido en ojo morado.

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