Piedras. Es todo lo que tengo en la cabeza. Piedras. Lo dice mi tutor del instituto, mientras papá asiente mientras vacía la ceniza del cigarro en el cenicero del ministerio de educación, completamente de acuerdo, responde, y mamá se lleva las manos a la cara y yo simplemente les miro a los tres con los ojos abiertos y los labios secos, secos como si tuviera la sed que se tiene a mitad de las películas cuando se han acabado a la vez las palomitas y la coca cola. En la película de mi vida.

Qué extraña esa escena en la que todos parecen tan preocupados por mí excepto yo mismo. Yo, que continúo sentado igual que había pasado la hora anterior en clase, y que por lo recta que tengo la espalda parezco la ilustración de un libro de buenos modales en la mesa.

Piedras, dice mi tutor, y mi voz en off al fondo piensa que tener piedras al menos es mejor que no tener nada ahí dentro, que tener la cabeza tan vacía como el párking del hipermercado un domingo por la tarde. Mejor que dejar que entre el viento por una oreja y que salga por la otra sin nada que llevarse al estómago. Poner cada mañana el piloto automático: encender el coche y conducir a un trabajo que se odia la vida entera, aguantar ocho horas, o diez, conducir después de vuelta a una casa que se maldice al menos una vez por semana. Y así recorrer un día y el siguiente sin siquiera mirar por el retrovisor. Las desgracias parecen más cerca por el retrovisor, lo dicen los fabricantes de espejos. Y entre tanto los días impares, sospechar que tu mujer se acuesta con cualquiera, soportar que llore en el retrete, tomar drogas que vienen selladas en recetas verdes y guardar en el fondo del cajón una foto de tu suicidio; mientras tanto, saber que tu hijo lleva el odio clavado en la frente y aún seguir preguntando a cualquiera menos a ti mismo qué fue lo que falló.

Todo eso o quizá nada. Simplemente ir de un lado a otro sin tener apenas desgracias que echarse a la boca. Hasta que llegue el día en que el vacío cerebral haga olvidar a las ocho y media de la mañana el significado del semáforo en rojo y entonces el rojo quede para el servicio de limpieza del ayuntamiento y el coche para el desguace y el cuerpo… el cuerpo para hacerle compañía a las piedras.

Mi saco de canicas cerebral hace un poco de ruido al levantarme de la silla.

Gracias, dice papá. Hasta luego, dice mamá.

Tendré que visitar al psicólogo una o dos veces al mes. Ni siquiera me he defendido, porque tampoco tenía muy claros los cargos. Cuando sujetaba la cabeza de Jan dentro del váter y la cisterna no dejaba de llenarse y de vaciarse y se confundían las burbujas de su respiración con la espuma del desinfectante, yo tenía a Paul en la puerta vigilando y nadie se dio cuenta. Cuando nos quedamos fumando después en el patio mientras el resto pasaban frío en la clase de gimnasia sólo llegó a casa una amonestación. Una amonestación. Puesta en un ring frente a un sobre lleno de las cartas del banco y de la compañía eléctrica, y esas que vienen con el membrete del abogado, tendríamos un combate entre un peso pluma y un pesado. Visto así, visitar al loquero de tanto en cuanto no me va a enviar a la lona antes de que papá sea placado por los cobradores del frac.

Pero tendré que hacerlo. Me han declarado culpable por miedo. Por peligro. Peligro de tener la cabeza llena de piedras. Bien pensado, pueden hacer mucho daño si sabes lanzarlas con la puntería adecuada, así que cuidado conmigo que tengo un montón de ellas dentro. Un montón de ellas y además un hermano en la cárcel para conocer a alguien allí cuando llegue y que no me dé por culo la soledad de las celdas.

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