Un plano que señale el camino hasta el punto exacto en el que todo se fue a la mierda. Ése, y no cualquier otro, sería el mapa del tesoro para el noventa y nueve por ciento de la población de la Tierra.

Papá decidió que nos mudáramos.

Hay unas cuantas cartas del banco sin abrir en la entrada, junto al cesto de las llaves. También las hay del abogado, del gas y de la luz. Hay tantas que es obvio que no van a desaparecer con lo de la mudanza, pero por eso mismo es absurdo hacerlo notar. Además ni siquiera me han preguntado, así que no he podido decir gran cosa. De mí simplemente han tirado como de una marioneta, de esas que tienen la sonrisa pintada y no pueden borrársela ni aunque las arrojen a una chimenea encendida. Una marioneta de madera vieja, aunque en este caso el Pinocho sea papá, y no yo.

La casa nueva es anterior que la anterior. Creo que ya estaba aquí hace siglos y que hicieron la ciudad en torno a ella. La fachada es de ladrillo, parece que lleve años esperando a que alguien le dé un abrazo de pintura. El mismo tiempo que ha tardado la escalera en criar estas manchas indelebles que parecen cucarachas cuando vas subiendo los peldaños que llevan a nuestro tercero interior. Mi habitación da al patio y escucho a los vecinos discutir todos los días. Todos los vecinos, todos los días. En casa también, papá y mamá, y ya no tengo claro si empezaron ellos y les siguió el segundo piso entero y luego el edificio, o si fue entrar aquí y contagiarse. En invierno tendremos goteras y en verano seguro que no se puede ni dormir del calor.

Pero hoy, para variar, he soñado. He soñado con nosotros. He soñado que estábamos fuera los dos. Fuera de esta casa tan vieja como nueva, fuera de esta ciudad, en una de esas ciudades donde no hay sequía cada verano y las fuentes mantienen limpio el suelo de granito de los parques. He soñado que me venías a buscar en moto y que dábamos un paseo. Era invierno, pero íbamos abrigados sólo para la primavera. Tú llevabas un traje ligero y estabas muy guapo, tan guapo que daban ganas de hacerte fotografías y a la vez de que nadie te las hiciera. Las fotografías las puede ver todo el mundo. Pero todavía no se ha inventado la tecnología que consigue sacar los recuerdos de la cabeza, así que si nadie te hace fotos, si nadie te fotografiaba tan guapo en el sueño, nadie más que yo podría tener esa imagen.

He soñado que vivíamos en los sueños. Tendríamos que vivir en los sueños. O por lo menos poder decidir en qué lugar, aquí o allí. Las drogas que te mantienen dormido no funcionan todo el tiempo, y siempre hay que volver a este lado para comer, para beber y para enfrentarse a los empleados de los bancos y las aseguradoras, y también los abogados y toda la familia a la que se odia más o menos en secreto. Cuando podamos vivir de los sueños, la Humanidad habrá encontrado el camino de la felicidad y de la juventud eterna.

Mientras tanto quedarán las películas, que no son más que versiones de los sueños de otros. Ahora veo películas una y otra vez. No me cuentan más que lo que yo he estado viviendo durante la noche, pero tienen el mismo efecto que los cuentos que los niños ya se saben y aún así piden una y otra vez.

Ahora veo muchas películas, una y otra vez, excepto este par de días, que he estado escribiendo. Hay unas cuantas cartas sin abrir en la entrada, y luego ésta, sin cerrar. Escribirla ha sido tan sencillo como los golpecitos que dábamos a la pared por las noches, habitación con habitación, nuestro propio código morse. Cerrarla es otra cosa.

Ponerla en el buzón sería un principio. Y a lo mejor esto ha nacido para ser un final.

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