Por Javier Ibarra

*Esta crónica está publicada en el libro «Una tragedia en tres acordes. Historias desde el moshpit», de Javier Ibarra, El Salario del Miedo 2019

 

 

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En 2009 los putos amos de la música caótica, Louise Cyphre, subían a su MySpace el nuevo diseño para la playera que venderían en el Cry Me a River Fest (CMAR). “SCREAMO IS DEAD!! long live louise cyphre”, se leía en la parte frontal. La frase contrastaba en una imagen de estilo japonés, donde una mujer y un hombre parecían gritar eso que se popularizó dentro de este subgénero del hardcore.

Aquel verano sigo considerándolo como lo mejor que he hecho en mi juventud. Tenía 22 años, había finalizado la Licenciatura en Administración de Empresas e intentaba hacer algo diferente, sabiendo que en cualquier momento iba a terminar enclaustrado dentro de un corporativo, vistiendo de traje y corbata.

Mi sueño era asistir al CMAR, el principal festival de verdadero screamo que existe en el mundo, y que se organiza en Versmold, Alemania.

La historia del CMAR se remonta a junio del 2000, cuando se realizó la primera edición del festival. En esa ocasión participaron siete bandas: Kobra Khan, June’s Tragic Drive y Cheerleaders of The Apocalypse destacaban en aquella época.

Su origen se debe a que, Versmold, no era una zona acostumbrada a tener “cultura alternativa”. Lars y su esposa Sabine, los creadores, para cambiar esa imagen comenzaron a invitar agrupaciones amigas de otras ciudades de Alemania y Europa, hasta que después de algunas tocadas, y por la nada, decidieron nombrar Cry Me a River a un show anual que derivó en festival.

Un año después de la primera edición del CMAR, Lars y Sabine, motivados por el crecimiento del movimiento underground que llevaban a cabo, crearon React With Protest Records. Su primer lanzamiento fue el compilado About life in a dead world, un vinyl de 12 pulgadas que salió en 2001. Contaba con los grupos destacados de la primera edición del festival, junto a otros que ya existían como Kate Mosh, The Apoplexy Twist Orchestra (banda de Lars), Gang o Lengo, Louise Cyphre, Houses in Texas, The Kinetic Crash Cooperation y Hatemate.

Entonces dos viejas personalidades como lo son Lars y Sabine, envueltas en esta música llena de pasión, hasta el día de hoy se encargan de organizar este festejo que transcurre en dos días de amistad y ruido durante el verano, a finales del mes de junio, manteniendo un pensamiento drug free youth. Por eso no se permite fumar dentro de la casa, en el área donde transcurre la tocada. Igualmente la organización promueve un estilo de vida vegano (Lars, en compañía de Sabine y su mamá preparan una especie de tacos árabes de papa, arroz y pimientos; o pizza boloñesa). Y en los flyers te encuentras con avisos que dicen:

Este es un festival DIY [Do it yourself]… No queremos gente estúpida, sexista, racista, violentos o fascistas… Pensamos que no es buena idea portar parches o playeras de Burzum… Aunque esta agrupación no tiene letras explicitas sobre racismo o fascismo, sus integrantes suelen aportar estas ideologías… En pocas palabras: FUCK NAZI SYMPATHY…

Dentro y fuera de una casa que está entre matorrales y una pequeña comunidad de moradas antiguas, se reúnen alrededor de trecientas personas de distintas partes del mundo, junto a las quince-dieciséis propuestas musicales –las más representativas del estilo– que tocan ahí.

Los asistentes afirman que son los únicos días donde se congregan las verdaderas personas que disfrutan de esta música que derivó del hardcore, y es, por completo, eso que los europeos definen como emo violence, al mezclar emoción, poesía y sutileza en las letras; como también ritmos musicales a destiempo.

En los dos días del CMAR imperan sus clásicos aplausos al aire y no existen bailes ridículos del machocore. En cambio, se agitan las manos como si se intentara invocar a Satanás, convives con las bandas y la gente envuelta en el screamo, mientras el sudor se evapora y arroja sentimientos de todo tipo, en un campamento donde se puede jugar mini-golf, nadar en un río ubicado a no más de 5 kilómetros, comprar vinilos y playeras; todo gracias a sellos independientes como Adagio 830, Ape Must Not Kill Ape, Moment of Collapse, Parade of Spectres, Sons of Vesta, React With Protest y, por supuesto, compartes borracheras y alimentos con conocidos que, en esa época de días enteros pegados al MySpace, solía ser común que uno tuviera amigos virtuales por todas partes del planeta.

Compré mi vuelo redondo a Europa gracias a un sueldo mensual de 3 mil pesos, sumando algunos ahorros que ya tenía. El último semestre que cursaba la universidad estuve alternándolo con un trabajo que conseguí en una librería. Mi horario era de una de la tarde a nueve de la noche. Si tenía que ir en sábado o domingo, la hora de entrada y salida no cambiaba.

Las ocho horas que atendía clientes, acomodaba libros o me tocaba limpiar el baño, no era un trabajo extenuante. Solía esconderme entre los estantes para avanzar algún trabajo final de la escuela. El tiempo libre que me quedaba lo utilizaba para salir con mis amigos, sin gastar más de 100 pesos, porque seguía juntando cada moneda; o decidía permanecer en mi hogar, convirtiéndome en un ermitaño al que no le salía barba, sino barros y espinillas.

Meses antes de que abordara el avión con destino a Roma, Italia que primero me llevó –haciendo escala– al Aeropuerto de Madrid-Barajas, donde compartí asiento con la directora literaria de la Editorial Tusquets en México y me dio su tarjeta para que de regreso al país pasara a las oficinas por algunos libros de Haruki Murakami, podría afirmar que los planetas se alinearon. Hugo (ex guitarrista de los chicos de Colima y Manzanillo, Garrick), quien se convirtió en un buen amigo gracias a la gira de Semana Santa que hicimos Zarathustra Has Been Killed in The 70’s (grupo donde yo tocaba la batería) y Arcadhianonstabian por algunos lados de la República Mexicana, se encontraba de intercambio escolar en Barcelona, España. Juntos comenzamos a idear la travesía para llegar al CMAR que se celebró el viernes 26 y sábado 27 de junio 2009.

Pero a todo esto se sumó la más grande casualidad que me pudo haber sucedido ese año. Mariana, una antigua amiga que conocí cuando ella tenía 15 años y yo unos 18; y de quien afirmaba “estar enamorado” –después me percaté que en mi cabeza había una obsesión por ella–, durante una noche que salimos a tomar café a un Sanborns, me confesó que el mismo verano viajaría a Europa, todo porque el ahora esposo de su hermana mayor, también se encontraba de intercambio; pero en Turín, Italia.

Así fue como mi travesía por el CMAR no sólo se limitó en un deseo que me provocaban los videos en YouTube de los festivales anteriores. Hasta la fecha no puedo olvidar los diez minutos de intensidad por parte de Am I Dead Yet, en la edición de 2006, que precisamente fue el primer video que vi. De ahí siguió el clásico tema “Your punk rock, our friendship” de Louise Cyphre, interpretado ese mismo año, en un íntimo ambiente que ya quería sentir de cerca. E igualmente, las dos partes del set de June Paik en 2007, que al primer instante me parecieron el lado más oscuro, profundo y representativo del evento que crearon Lars y Sabine.

Estos cuatro videos son los que más me hicieron proponerme a lograr algo que veía muy lejano, ya que jamás había salido de México. Al final, en el itinerario de mi viaje que duró un mes, con 400 Euros en mis bolsillos, me alcanzó para llegar a tiempo al hostal que ya tenía reservado en Roma, gracias a que tomé un taxi –estaba perdido–, donde dormí por una noche.

A la tarde del día siguiente me encontré con Hugo, quien, junto a su amigo de Manzanillo, Punki (repentinamente se sumó para ir al CMAR), ya habían comenzado a mochilear por otras partes de Europa. Mientras que Mariana ya no pudo despegar de la Ciudad de México por algún problema en el aeropuerto, ocasionando que no pudiéramos encontrarnos en el mismo sitio donde me hospedé, para organizar la ruta al festival.

Sin embargo, a lo largo de ese mes, tampoco me pude negar a la invitación de tres chilangos-fresones de Satélite que conocí en el hostal, para acudir al Vaticano. También visite el Coliseo Romano y el Olímpico de Roma; donde Hugo, Punki y yo dormimos en un bosque. Freeganear comida en basureros y mercados de la confusa Venecia; en esa ocasión Hugo, Punki y yo pasamos la noche a la entrada de una terminal de trenes infestada por drogadictos que no nos dejaron dormir. Ver a La Quiete en la ocupa Cox 18 de Milán; otra vez Hugo, Punki y yo dormimos juntos, sólo que para ese momento del viaje lo hicimos dentro de la biblioteca anarquista de ese lugar. Unirme a dos argentinos en Turín que hacían malabares en los semáforos de las avenidas italianas, ganándose así la vida mientras recorrían el mundo. Caminar sin un rumbo fijo por París y charlar con vagos, africanos, árabes e incluso emborracharme con un colombiano en medio de las luces de la Torre Eiffel que destellan al anochecer, y donde, me insistía el parcero: una Guerra del Narco, similar a la de su país, ocurría en mi nación.

También no puedo dejar atrás –y olvidar ahora con una risa nerviosa– que subí junto a Mariana ese emblema mundial de la cursilería, el cual se terminó de construir en 1889 por Alexander Gustave Eiffel, y no me atreví a externarle todo lo que sentía por ella. Aun así, existen muchas cosas más que ya no recuerdo. Algunas, quizá las más importantes, deben permanecer en la memoria de mi maltratada computadora que dejó de funcionar, igual que en el DVD que Sean (bajista de Dolcim) realizó de la novena edición del CMAR.

Jos, uno de mis amigos virtuales, un día antes de que iniciara el CMAR nos recibió en el aeropuerto de su natal Essen, Alemania a Mariana, Hugo, Punki y a mí. Fue raro: en su MySpace sólo tenía una foto donde portaba una máscara de luchador y apuntaba al lente con una pistola de agua. No sabía cómo era. Pero rápido, en la sala de arribo del aeropuerto, un hombre alto con barba, rubio y playera del grupo Antitaiment, se acercó a nosotros y me preguntó por mi apodo: “Are you Yazz?”.

Su hogar era lindo y acogedor. Como agradecimiento de recibirnos, dejarnos dormir esa noche y al día siguiente irnos con él en carro al CMAR, le hicimos una taquiza vegana con lo más prudente que encontramos en un supermercado.

Después de hablar de lucha libre, música, literatura y ediciones anteriores del festival, no dijo mucho: exclamaba que ya lo viviríamos en carne propia. Abrió la puerta de su habitación y todo el suelo se veía atiborrado de libros, apuntes y ensayos de Albert Camus, de quien hacia su tesis. Hojeamos algunas cosas sin entender nada. Salimos a conocer la ciudad y Jos dejó de ser un amigo virtual.

La mañana siguiente era todo lo que había soñado. El roadtrip a Versmold no pudo iniciar de mejor forma. En un semáforo vimos cruzar la calle a un llamativo skinhead con su perro pastor alemán. Fue algo que nos hizo reír mucho por el “cliché nacionalista” que nos creamos en nuestras mentes de mexicanos. Posterior a eso, quedamos atrás de un camión amarillo que en sus placas decía EMO; como si ese carruaje fuera con destino al CMAR. Pero la situación que se salió de todo lo posible, ocurrió cuando Jos, quien traía sonando la radio, dijo de repente, con la seriedad que lo caracterizó desde el primer instante, en el aeropuerto: “Michael Jackson is dead”.

En la sede del CMAR me encontré con Sina, otra amiga virtual. Me puse nervioso por su belleza y la confianza con la que me hablaba en inglés. Todo era real. Las personas que sabía gustaban de esa música se les podía ver ahí, intentando ingresar a la casa de color café que contrastaba con el área verde que existe a sus alrededores. Era impresionante: ese paisaje se había adecuado para hacer toquines, convirtiéndose en el lugar perfecto para la expresión musical.

Comenzaron a juntarse chicas y chicos que llegaban en camionetas, carros o caminando. Había muchas caras conocidas de MySpace debido a que el screamo era algo muy pequeño y vivía su tercera-cuarta ola. Lars preguntaba los nombres a la entrada: los tenía apuntados en una lista, para que todos pudieran ingresar. Asimilé que haberme convertido en un ermitaño valió la pena. Estaba al otro lado del mundo a punto de ver a muchas de mis bandas favoritas y que marcaron mi adolescencia, con algunos de mis amigos que había hecho gracias a la música y, también, en lo que parece haber sido la comedia romántica que protagonizamos Mariana y yo.

Lars dice que el CMAR comenzó con treinta personas en el 2000. Pero todo este tiempo ha variado el número de asistentes: se dan ediciones con quinientas personas, y otras con cincuenta.

Tanto Lars como Sabine están conscientes de que el festival tomó más fuerza entre 2006 a 2012, periodo con las ediciones más populares, siempre abarrotando la casa de Versmold.

Lars sabe bien –de una manera modesta– que el CMAR es el festival más importante de verdadero screamo en todo el mundo, siempre, bajo la ética del DIY.

“Sé que somos pioneros, pero siempre se ha tratado de mantener en un plan íntimo. Mientras más gente acude al Cry Me a River, sentimos que ya no parece el encuentro de alguna secta”, dijo Lars».

Cuando ingresé a la casa, lo primero que te recibe es una añeja barra donde venden bebidas alcohólicas, refrescos y agua embotellada. En la parte de en medio, un jardín, se colocan mesas plegables para vender la mercancía de las agrupaciones y sellos. Y hasta el fondo del hogar, se aprecia una pequeña tarima con un equipo básico de sonido.

Esperando a que la novena edición del CMAR comenzara, se podía sentir cierta camaradería entre ingleses, italianos, asiáticos, gringos, rusos, belgas, checos, holandeses, franceses, españoles, una chica sudafricana, nosotros cuatro mexicanos y un sinfín de alemanes portando playeras de Orchid, Reversal of Man, Portraits of Past, Tristan Tzara, Yaphet Kotto… Todos armaban sus tiendas de campaña, acomodaban sus bolsas de dormir y bebían sus botellas de vino. La atmósfera era única, por lo que Lars concuerda en que todo aquel que asiste al festival está 100% involucrado.

“Cada edición chicas y chicos se ofrecen como voluntarios para lavar platos, limpiar los baños o recoger la basura. Gracias a ellos es la razón por la que podemos mantener con vida el Cry Me a River después de tantos años”, explicó Lars.

No obstante, esto no deja afuera a las bandas que tocan. Entre ellas se dividen tareas para colaborar en el CMAR, no únicamente haciendo música. Algunos se encargan del equipo de sonido. Otros están al tanto de todo lo que ocurra dentro y fuera de la casa. Igualmente hay a quienes sirven la comida junto a la familia de Lars.

En relación con la selección de los grupos que tocan –se volvió común que proyectos emergentes hicieran llegar Demos, pidiendo la oportunidad para presentarse–, dijo Lars:

“Para ser honesto, tiende a ser difícil que alguien que no forma parte de la familia toque. Sabine y yo podríamos parecer egoístas, porque de cierta forma utilizamos el Cry Me a River para reencontrarnos con gente del pasado, a quienes no podemos ver con regularidad, sintiéndonos dentro de un ambiente que amamos. Así que las agrupaciones que tocan con frecuencia casi siempre son las mismas; claro, en dado caso que sigan con vida o tengan nuevas propuestas”.

En años recientes, desde las imágenes y videos que se pueden encontrar en Internet de las últimas ediciones del CMAR, me atrevo a decir que el festival no tarda en dejar de existir. Lars, recientemente subió más de veinte fotografías a su Facebook, donde seguimos en contacto, después de conocernos en persona.

Sobresale Orchid tocando en 2001 por su gira europea, junto a otras de The Apoplexy Twist Orchestra, Louise Cyphre, Kobra Khan, La Quiete, Cheerleaders of The Apocalypse y The Flying Worker.

Esto me hizo recordar la edición del CMAR a la que asistí. Me hizo recordar las épicas presentaciones que vi por parte de Hammers, Alpinist y Me and Goliath; como la revelación de ese año. La efusión de Trainwreck, Danse Macabre y The Third Memory. La violencia ensordecedora de Graf Orlock, Ghostlimp y Zann. La nostalgia de quienes jamás pudimos ver a Cease Upon The Capitol, pero existían las cenizas de ese grupo en el set de Dolcim. La parte más lóbrega y de mis favoritas, gracias a Battle of Wölf 359 y June Paik. Y también esa inolvidable última vez en vivo y directo de Louise Cyphre, seguido del reunion show de las leyendas vivientes del emo violence europeo, Shikari, con quienes incluso se fue la luz un par de canciones antes de que finalizara su presentación, siendo el cierre del festival.

“Sabine en varias ocasiones me ha dicho que ya no haremos otra edición más del Cry Me a River, pero al final nos damos cuenta de que hay algunos cuantos que esperan esta fecha como algo especial”, dijo Lars.

Invadido por una ráfaga de melancolía, ahora sé que el CMAR es una especie de leyenda dentro del hardcore. En el festival que inició en el 2000 se han visto a bastantes agrupaciones disolverse; como a Battle of Wölf 359, Louise Cyphre, Danse Macabre, A Fine Boat That Coffin…

Sinceramente, hablar con Lars, siendo Mariana, Hugo, Punki y yo los primeros mexicanos en asistir al festival, por todo lo que significa el CMAR para algunas personas en el mundo, no podía evitar la estúpida pregunta sobre el lema que Louise Cyphre dejó plasmado en su playera, y que ahora a muchos nos hace sentirnos parte de algo inalterable, cuando presenciamos su last show.

“Ellos siempre tiene toda la razón”, respondió Lars. “Pero screamo es una estúpida etiqueta a un estilo musical; por lo tanto, no debería estar muerto. Lo que sí es importante, es el espíritu y entusiasmo que existió en la primera oleada de bandas, la intensidad que mostraban tocando en vivo”.

Siguen pasando los años, yo seguiré recordando esos dos días de verano en Versmold, y cada vez más me quedó con el mensaje privado que Lars me dejó en Facebook, una semana después de nuestra charla nostálgica sobre su festival: “¡Hola, punk! Después de hablar contigo pensé en muchas cosas del pasado… Sí el screamo está muerto… KEEP IT VIOLENT!”.

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