Me lo encontré tumbado en mitad de una larga noche de lumbalgia. Cada vuelta en la cama era un pequeño homenaje a los Niños Mártires de Tlaxcala. Estaba tranquilo y sonreía tan roto y torcido como siempre.  Dormía y despertó en el terror de las figuras errantes de su habitación de postestudiante hasta el final. Me sabía cerca y habló así:

“El amor ha terminado para mí”. “Coseché  tequieros que sobrevolaron, algunos, las grandes y felices jaquecas, los altos y viejos fuegos artificiales, las anchas y profundas camas de matrimonio de mentirijillas, las sexuales y enterradas canciones que algo significaron”.

Se ahogaba y fue a por un yogur a tientas. En el frigorífico todas las imágenes antológicas de los viajes desaparecidos. Respiró y lamió la etiqueta 0,0. Algo estaba a punto de ocurrir. Continuó:

“He  dejado de beber y estoy redescubriéndome, no recordaba la profundidad del pozo, no recordaba cómo llegué a todas aquellas palabras que balsearon la veintena”.

Mordía una manzana:

“Dormí una vez en un coche tras una noche espantosa en una ciudad desconocida, escribí un poema ergonómico sobre aquello, reía mucho. Varios años después regresé a causa del Gran Motivo,  e intenté estar a la altura de la bahía bebiendo Ballantines con  Red Bull hasta que se hizo de noche. Fuera de sí le dije frente al mar cualquier tontería de maniaco y me sirvió un encierro de recena. Miraba al techo y leía los libros con el corazón desencajado. /Monchito, qué bueno eres en cagarla, qué bueno.  Qué extraño y divertido don el tuyo/.  Después lo que ocurrió fue como la vida tras el infarto de Nate en A Dos Metros bajo Tierra. Una oportunidad incomprensible, resplandeciente y aterradora.  Amé la paradisificación de la luz y del café. Me dejaba llevar de su mano por las callejuelas, sonaban Chirigotas y comprendí el amor solemne de las mil lenguas de sol. Desde entonces no he vuelto a echarme a la vida de la misma forma”.

“En Madrid, poníamos una vela y cenábamos con un quinto de Mahou o dos; bebía del mío coquetamente. Cuando desfilábamos al dormitorio y nos tendíamos en la nube pequeña y dulce de la cerveza, yo pensaba en su anterior novio que hacía surf e inhalaba cocaína. Nadie se acuerda de él, decía el ángel.  Yo me preguntaba cómo sería aquello si esto ya hinchaba mi corazón como un globo aerostático”

Hacía por sonreír, de verdad, pero era obvio que le faltaba práctica y un modelo de rol desde hacía una década:

“Regresé otra vez a la Bahía para conocer los aplausos y los confetis en  la Noche de Reyes, las crónicas poéticas de futbol y la clandestinidad brillante del amor pleno, el no va más de los cuerpos. Sabía que estaba a punto de terminar”.

¿Qué extrañas? pregunté en este punto:

“Los cuerpos tendidos, la ingravidez doméstica y la desesperación”.

Eran las despiadadas 4.55 y volvió a dormir.

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