TXT: Elías Pimentel @eliasonfire

Foto: Aurea Agency  (Galería) y  Marilyn Castillo.

 

El pasado sábado 27 de enero se llevó a cabo la primera edición de “Pachuca En Tus Oídos”, mejor conocido como “MangoFest”. Esto sucedió a un costado del Centro Cultural del Ferrocarril a partir de las 11:00 a.m. y terminó a las 2:00 a.m. del otro día.

Ese sábado, más o menos a las 6 p.m. me disponía a deambular por las calles del centro de Pachuca, como es mi costumbre cuando voy a ensayar. Realmente dentro de mis planes no estaba el asistir al evento que reuniría a proyectos independientes (según) locales y nacionales, pues aunque siempre celebraré todo tipo de iniciativa que involucre nuevas propuestas culturales y una buena borrachera, uno llega a cierta edad (mental) en la que se debe hacer un balance y decidir si es conveniente ir sí sólo hay interés por una o dos bandas. Balance que ignoré por completo cuando una amiga se quedó con un boleto extra y, como siempre, me extendió su gentileza y me animé a entrar.

La primera (mala) sorpresa fue enterarme de que URSS Bajo El Árbol (una de las bandas que quería ver) no se podría presentar a las hostilidades. Realmente quería verlos, pues aparte de ser buenos amigos, su propuesta siempre me ha parecido de las más interesantes del país, haciendo un uso muy cremoso de la psicodélica setentera, el trip-hop de los noventas y una embarradita de free-jazz mexicano. Ni hablar. Sería en otra ocasión.

Para cuando me logré instalar en una posición favorable para mi espalda (recargado en una contención), Rey Pila comenzaba su presentación, misma que de primera instancia recibí con desconfianza, pues la flojera que siempre me causaron Los Dynamite terminaba por eclipsar mi curiosidad a la hora de entrarle a esa banda, pero al momento fui descubriendo que entre sus filas hay gente de proyectos muy chingones como The Volture, Dirty Karma y Chikita Violenta, cosa que me hizo abrir mi corazón, que después de 2 canciones ya estaba totalmente contagiado por la buena onda que se cargan estos jóvenes (la edad se lleva en el corazón). Su turno terminó con mucha euforia por parte del respetable. Momento curioso fue cuando el vocalista mandó saludos a las simpáticas señoras que estaban asomadas desde su cocina en la casa de a lado. Todo chingón con Solórzano y sus secuaces.

La segunda sorpresa (muy grata) fue que Pastilla (otros a quienes quería ver) tocaría antes de Little Jesus, cosa que me pareció maravillosa, pues hasta ese momento mi intención era retirarme a mis aposentos lo antes posible. Fue ahí cuando descubrí la finalidad de que existieran 2 escenarios, pues en cuanto terminó la actividad en uno, en cosa de minutos comenzaron a tocar Víctor Monroy y compañía (desconozco los nombres de pila o apodos de la alineación actual), logrando así una tierna división de edades, pues soltaron muchos de los macanazos que los llevaron a ser parte de la vida de muchas personas de mi generación. “Ensenada”, “Tatú”, “Baúl”, “Amor Metal”, “Bi” y “A-marte” (entre otras), mientras algunas criaturas más jóvenes no tenían ni idea de lo que estaba sucediendo. Guiño y detalle emotivo para el organizador del evento que se subió a tocar y a cantar con ellos para cerrar la presentación. Lástima que duró, según yo, menos de una hora.

Uno trata de ir por la vida con el corazón abierto, y aunque Little Jesus jamás ha sido santo de mi devoción (me resultan sumamente aburridos), la eterna fila para entrar a los baños y la falta de cerveza que me orilló a tomar mezcal con agua de limón (¡¿?!) fueron elementos clave para que pudiera  escuchar a estos muchachos con lujo de detalle. A estas alturas (y esto es algo que yo no dimensionaba) Little Jesus es una suerte de fenómeno entre las masas adolescentes ávidas de música de guitarras (pero no tantas) y de voces dulces (según) haciendo coros bonitos. Me queda claro que llevan alegría a la vida de las personas y que sus canciones serán motivo de recuerdos con sonrisas agridulces. Todo eso me da muchísimo gusto, pero a mí realmente me dieron ganas de no existir.

Aquí ya era tiempo de retirarme, pues realmente lo que seguía era un joven rapero de nombre Tino el Pingüino, y finalmente el señor Silverio. También porque la cerveza brilló por su ausencia durante un lúgubre lapso de más de una hora y para ese entonces ya me había desesperado un poco; así que ya me encaminaba a la grácil huida, pero justo ahí los beats de Tino y la buena nueva de que ya había juguito de cebada me hicieron calmar mis adentros y decidí quedarme un rato más.

5 cervezas de a kilo y 4 mezcales después, mi alma nocturna se encontraba en un momento cumbre y poco le importó quedarse a ver a Silverio, pues a estas alturas secretamente lo que yo buscaba era un after con sillones para llegar a descansar el costal de huesos. Asumí que si me fumaba la actuación esto podría rendir frutos.

He visto este show en más de 3 ocasiones y siempre ha sido meramente circunstancial. Soy muy fan de lo que hace Julián Lede en Titán, pero este proyecto de calzones rojos y electro callejero me es completamente indiferente, pero esta vez se dejó escuchar sin mayor obstáculo e incluso logró mantener mi espíritu de fiesta. Aunque finalmente la cordura retomó al timón del barco y emprendí la retirada para ir por unos buenos tacos.

Al principio de esta crónica mencioné que celebro las iniciativas, las propuestas y las nuevas ideas, principalmente en esta ciudad en la que todos nos quejamos pero pocos hacen algo. Celebro absolutamente la intención de Mango Fuentes (músico y promotor) y de todo su equipo, quienes estuvieron en labor de parto durante semanas, y aunque hubo descalabros, parece que la intención de seguir pariendo queda latente. Habrá que trabajar más en la coordinación de los transportes de las bandas, en el abastecimiento de bebidas y la comunicación (y capacitación) entre el personal encargado de venderlas. Habrá que asegurarse de que los dos escenarios suenen igual de bien. Habrá que seguir trabajando para no dormirse en los laureles, porque de verdad espero que este festival dure muchos años.

 

Comentarios

Comentarios