Estábamos subidos en la cornisa de un barco para turistas

camino de un islote

casi como si fuéramos los dueños,

sobre nuestras cabezas lucía el cielo ciego y enorme de tu Turquía acuática;

tú sacabas los modales de girlscout abusona para conseguir un sitio solitario

sobre las colchonetas calientes,

no desterremos nunca la violencia, amor,

no perdamos nunca el ansia por volver al hotel a darnos nuestro merecido

ni por los autobuses de lujo en Turquía que nos salvan de la asfixia:

en otro punto del mundo, en la pantalla del teléfono,

supermercados asaltados y el rímel corrido de las cajeras

y sus lágrimas de miedo al dique seco

y esa foto increíble de mis piernas blancas y tu cabeza apoyada

navegando el mar Egea y las redes al instante,  milagros felizmente siameses,

que traes el frío de los mares para que no me abrase

y que me prestas tus brazos pacientes como manguitos,

siempre firme sobre tus pies duros e ilimitados, siempre hacia delante.

Tus besos son un dragón marino dormido en el fondo del mar.

Y yo pensaba, hacía números (ya me conoces)

con la atrofia de los músculos alrededor de la boca y

la incapacidad de enseñar correctamente los dientes de quien

come con hambre los alimentos que huelen a furgoneta.

Y con el agua al cuello te dije que me estabas enseñando el paraíso

de los empeines quemados y del esfuerzo dulce en la espalda

de quien nada de nuevo.

 

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Autor imagen: Jonay Hdez, Flickr, Creative Commons.

 

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