Al final ocurrió lo que tenía que pasar, y me metí con gesto decidido en una tienda Juteco. Las tiendas Juteco también tienen un aire denso y cajeras sobremaquilladas pero no es la nave espacial de los Sephora. Los Juteco se conoce que son la evolución natural de las droguerías de Maruja de toda la vida. Los Sephora quiren ser el Ikea del buen olor. No lo sé.
Había descuentos, esto es así. Si comprabas dos botes en vez de uno el segundo te salía a precio de pescadilla. Tentador. Te juro que me acordaba de lo que había escrito y miraba con ojos fijos mis marcas de confianza: Polo Ralph Lauren y Only the Brave.  Pero quieres ir siempre más allá y probé olores, busqué el futuro. Hay una tal Kenzo que me seduce porque sé que la lleva uno de mis escritores favoritos, Manuel Vilas, pero el olor que tiene es un nifunifa muy funcionario de la Administración.
Ya cuando estaba decidido a gastar los consabidos 60 talegos en mi colonia de confianza,  se me revela, como agazapado en una esquina, un bote en forma de cuerpo humano. Aquí ya empezamos con temas antropológicos, te aviso. Un cuerpo humano estiloso, la cabeza es el difusor, ligeras rayas marineras horizontales. Eso es una solicitud de beso más grande que una montaña.  Y así fue. Joder, qué olor más hermoso desde el primer microsegundo. Esto es un tema también interesante: hay colonias que en su primer contacto con napia, se sienten como agresivos, como alcohol de mala familia. NO era el caso de la colonia Jean Paul Gaultier (me ha costado un rato aprender a escribirlo, ojo) Le Male, el hombre, nada menos. (Hay Antropología aquí.)
Esta colonia huele a llamamientos con la mirada. La estrené en la feria del libro del Parque del Buen Retiro. Hacia frío y también calor. Hacia un tiempo de regate en una baldosa. Hacia un tiempo que desafiaba la planificación en la vestimenta. En mi pueblo te dirían que hacía tiempo de costipao. Ora sudor, ora fresquibiris. Hablar del tiempo en mitad de los libros, ahora voy de eso, parece. Y con mi olor me senté una vez más en la hierba a leer. No era Withman pero sí Lorca. Vaya Nueva York el de Lorca, qué oscuro, qué de besos clandestinos en los bares subterráneos le imaginaba yo a Lorca. Cuanta fricción de barba de 2 o 3 días. Yo buscaba besos en la hierba, claro que sí. Eran otros tiempos, apenas el cine existía..  El cine como arte y como establecimiento. Compré un libro especial y lo regalé en el acto. En la firma me acordaba de Lorca, claro, “cuando tus ojos eran dos muros, cuando tus manos eran dos países”. No conservo ninguno de mis libros favoritos y eso me hace sentir bendito.

Comentarios

Comentarios