Hubo un tiempo en el que Luis Miguel era todo lo que una persona decente debe odiar. Entonces la palabra mirrey no existía y utilizábamos adjetivos como junior, fresa o hijo de papi para referirnos al tipo de persona que ejemplifica el cantante naturalizado mexicano. Un personaje inflado por la televisión, que cantaba baladitas simplonas y que abiertamente presumía el mundo de privilegios que la corrupción y el México más obscuro e influyentista de los años 80 y 90 podía engendrar. Todo mundo lo veíamos bailando como hoy bailan los tíos en las bodas, mostrando su blanca dentadura y conquistando jovencitas con solo pronunciar un par de palabras. No se le exigía más, porque no era necesario y porque lo que deslumbraba no era precisamente su elocuencia, ni su brillantez; Luismi era un niño guapito que cantaba bien y que explotó y fue explotado por todo un sistema que creaba ídolos de probeta en el México mágico de aquellos tiempos.

Hoy el mundo se ha transformado y la posibilidad de tener a todo el país sentado frente a su monitor un domingo en la noche, como en los tiempos de Siempre en Domingo, era prácticamente imposible. Los sistemas de streaming y algunos productos creados por el propio Netflix, nos habían generado la ilusión de que era posible elegir cosas interesantes qué ver para no caer en el hoy lejano, estancado y aburrido mundo del entretenimiento que ofrece la televisión abierta. Pero todos caímos en la trampa.

Cuando alguien me preguntaba si me interesaba la serie que Netflix preparaba sobre El Sol de México yo contestaba que sí. Mi interés por Luis Miguel como un fenómeno del entretenimiento mexicano tiene que ver con la construcción de su figura como el primer mirrey del país, con las cosas sucias que hay detrás de eso, con el padrinazgo del Negro Durazo, de Andrés García, con el Acapulco de los años 80 y los personajes turbulentos que se fueron apoderando de él. Debo confesar que me hizo ilusión ver a Mickey y sus amigos derrochando drogas y alcohol en el Baby ‘O, quería enterarme de los detalles, de quién era su dealer en esos tiempos, que salieran los negocios sucios del papá de Jaime Camil, quiénes son los familiares incómodos de Roberto Palazuelos y por qué su amiguito Fede utilizaba el avión presidencial para viajar por el mundo. Me interesaba saber por qué a alguien que se autodenomina El Diamante Negro, le puede parecer “picudo” el hijo del presidente que no hace nada más que beneficiarse del mundo de privilegios que tenía a su disposición. Me hacía ilusión que gracias a Luis Miguel conociéramos más a fondo las pezuñas del viejo PRI. Tal vez eso nos ayudaría a desenmascarar el pensamiento mirrey, de ese mirrey, el que no se da cuenta cuando está bebiendo en su yate y portando una Polo rosada, en la montaña de mierda en la que está sentado.

Confieso que en algún momento tuve la esperanza de que Netflix lograra ensuciar un poco a Luis Miguel como personaje, mostrar sus claroscuros, echarle grasa al ídolo, ponerle seriedad a la psicología del personaje. Ponerlo como ese ser aparentemente egoísta, atormentado y depresivo que es. Aclaro que no me molestan los memes, ni el TT de todos los domingos, no me importa que los programas y las revistas de chismes retomen el tema durante toda la semana porque además no consumo ese tipo de productos; es más, puedo decir que no me cae del todo mal Luis Miguel, en alguna fiesta he encontrado que los arreglos de varias de sus canciones son bastante interesantes, descubrí que me gusta su versión de “Inolvidable”, recordé que en casa hubo algunos de sus discos. Con lo que no puedo es con descubrir que mis expectativas eran demasiadas y que Netflix, en lugar de aprovechar esa oportunidad de oro que tuvo para mostrarnos directamente en la cara el tipo de personaje que nos gusta idolatrar en el México mágico, la utilizara descaradamente para crear un versión Walt Disney de la vida del Sol. Me desilusiona un poco que un producto tan mal hecho, tan vacío y tan pasteurizado como ese, no solamente funcione para tenernos atentos todos los domingos, sino que además sirva como detonante para revivir la carrera de un personaje que se ha encargado él mismo de tirarla por la borda.

No me explico por qué si todos vemos con claridad que la construcción de un personaje como el de Luisito Rey es tan burda, como si fuera un villano de Carla Estrada o de Juan Osorio, caigamos en la trampa de hacerlo icónico. No me imagino a alguien que crea que Luismi en verdad es tan ñoño y bien portado. Quiero pensar que es la nostalgia de recordar aquellos años, que se trata de un enorme chiste colectivo que no acabo de comprender, pero sospecho que va mucho más allá. Cada que los vea portar con orgullo la playera de #LuisRey, que los escuche hablar de la gloriosa, eso sí, Camila Sodi, y que los sorprenda tecleando en Youtube las palabras “Culpable o no”, me limitaré a resignarme y pensar que es eso: nos encanta Walt Disney, no lo hemos podido superar. Pero no es hate, prometo que a mí también me pone triste tener que esperar tanto para ver la segunda temporada.

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